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martes, 3 de mayo de 2016

Mamá por un día

Esta crónica la escribí el 12 de mayo, 2012 y ahora la comparto por aquí con todos. 


El embarazo siempre fue una pastilla difícil de tomar. Nunca he sido una persona maternal y me gustan los niños de lejos. Tengo muchas amigas con niños pero siempre he mantenido mi distancia, sobre todo cuando son pequeños. Si son hijos de extraños peor aún. No soporto estar en lugares donde hay mucha bulla, niños corriendo, niños llorando. Detesto las rabietas, los vómitos, los "no me gusta", "no quiero comer", "no me quiero lavar los dientes". 

Muchos piensan que estar cerca de los 30 ha activado mi chip maternal y que es por eso que últimamente me han escuchado hablar de pañales, babitas, biberones y donantes de semillitas. Lo que muy pocos saben, y es la primera vez que me atrevo a contarlo abiertamente, es que hace unos 6 años aproximadamente yo estaba más que segura, más que lista y más que decidida, a ser mamá.

Mi mamá cursaba el último año de psicología y tenía que hacer sus prácticas en una casa hogar para niños que quedaba en La Molina y un buen día me pidió que por favor fuera a ayudar a una niña que estaba en 5to de secundaria e iba a jalar inglés en el colegio. Mi respuesta fue rotunda: NO. Como dije al inicio, no me gustaban los niños y menos si eran ajenos. Pero me acosó tanto que terminé aceptando y recuerdo muy bien que un miércoles que no tenía que trabajar, subí al carro y llegué a la casa amarilla.

Desde afuera se escuchaba el griterío de niños jugando y eso me ponía muy nerviosa. Si bien iba como voluntaria y no tendría por qué tener relación mayor con ellos, no quería estar con mala cara o que se sintieran rechazados por mi poco feeling maternal. Tenía en claro que eran niños que habían pasado por abuso, por tristezas, por traumas y no podía venir yo con mi burbuja anti critters a hacerlos sentir peor. Respiré profundo y me abrió la puerta la Señora Luisa. Me abrazó tan fuerte que me dejó sin palabras y con una sonrisa agradeció que yo estuviera ahí.

Crucé el patio que tenía unos columpios y pelotas gastadas. Al ver el suelo vi dibujado con tiza el clásico juego de "mundo" que me hizo acordar cuando estaba chiquita y lo jugaba con mis amigos de la cuadra. Mirando al cielo, en las ventanas veía ojitos asustados que me miraban fijamente y se escondían al encontrar mi mirada, que también estaba asustada. Algunos niños corrían alrededor mío, yo trataba de mantener una sonrisa "natural" y que mi corazón acelerado no delatara mi nerviosismo e incomodidad.

Cuando entré me presentaron como la Miss Fátima, quien iba a ayudar a Luz Elena con sus clases de inglés una vez a la semana. Por suerte, la niña tenía 17 y como a los 18 años debía salir de la casa hogar, estaba preocupada por no jalar el curso y que pierda el año escolar. Una señorita linda, morenita, con una trenza y muy ordenada. Con mucha educación me saludó y me dijo que me iba a mostrar el salón donde estudiaríamos. Cuando quise avanzar escuché un "hola" muy agudo que venía del suelo. Al voltear, una nena de 4 años jalaba a duras penas un banquito hacia mí; se subió en él y con sus ojos gigantes preguntó mi nombre. Le respondí y le pregunté el de ella. Se llamaba Carina y tenía la sonrisa más linda que he visto en el mundo. Se bajó del banquito y se fue.

A las dos horas salí del salón y me despedí de Luz Elena, quedando en verla la próxima semana. En las escaleras me esperaba Carina y muy triste me preguntó si ya me iba. Le contesté que sí pero que volvía la próxima semana y me preguntó si yo era profesora de otra cosa, porque a ella no le enseñaban inglés, entonces, cómo podía ella estar conmigo si no hablaba inglés. Me mató. Me reí y le dije que encontraríamos algo para hacer juntas. Una oración tan simple, que de repente en ese momento la dije por compromiso, la dije por decir, salió y ya, no me la tomé en serio. Una oración que le hizo la vida a una niña, que feliz se fue saltando a jugar y que cuando llegó el siguiente miércoles, la hizo sentarse en la puerta a esperar a que yo llegara.

A pesar de mi antipatía por los niños, Carina y yo nos hicimos amigas. Siempre corría a abrirme la puerta y cuando me iba me miraba por la ventana muy triste. Poco a poco nos acercábamos más. Yo misma le pedía que me dé un beso o que me abrace, era como si quien necesitaba cariño fuera yo y no ella, pensaba en ella cuando no iba, la extrañaba. A veces trataba de ir más temprano para poder jugar un ratito antes de empezar la clase, para que me enseñe la única muñeca que tenía y que, sin embargo, cada semana tenía un nombre diferente y se ponía más linda.

Dos años después me pidieron ser su madrina de bautizo y sin dudar acepté. A ella no la podían adoptar porque en algún lugar del mundo tenía una abuela, que no se decidía a recuperarla o dejarla ir. Ella veía que los niños regresaban a casa, que otros eran adoptados y venía un papá y una mamá y estaban tiempo con ellos y luego, se iban a casa, felices. Ella no tenía eso y se daba cuenta que mientras más pasaba el tiempo, los niños más grandes no tenían a un papá o una mamá que se los lleve a casa; sabía que mientras más crecía, menos posibilidades tenía de ser adoptada.



Todavía me emociona pensar en ese día de mayo cuando llegué al hogar. Corrió a mis brazos, la cargué, la llené de besos y cosquillas, entramos de la mano a la casa, almorzamos juntas, luego hicimos tareas, le llamé la atención por no portarse bien y luego vimos un rato dibujos con los demás niños en la sala común. Cuando era tarde y me tenía que ir muy tímida me dijo que quería decirme algo pero a solas, así que nos fuimos a la cocina. Me senté y me dijo: yo no tengo mamá, pero tú eres lo que yo conozco como mamá, así que quiero saber, si puedes ir a mi actuación del día de la madre y ser mi mamá por un día.

¿Cómo explicar lo que sentí en ese momento? Yo, la cero niños, me sentí la persona más bendecida en el mundo entero. Había alguien que me admiraba, que quería que yo sea su familia, ese pedazo que faltaba en su vida, así sea por un día, estaba frente a mí con tan solo 6 años. Por supuesto que acepté la invitación y ese día de mayo, estuve en primera fila, aplaudiendo a mi nena en su actuación, escuchando la poesía mil veces con mi cartulina en forma de corazón hecho por fideos codito, conociendo a su profesora, el lugar donde ponía su lonchera, el lugar donde se sentaba, a su mejor amiga, a su mejor amigo, a la señora del kiosco, al señor que cuida la puerta. Yo recién los conocía pero todos ellos me conocían porque ella no dejaba de hablar de mí y de las ganas que tenía que yo fuera su mamá todos los días.

Por más que luego su abuela la dejara apta para adopción, por más que presenté papeles y por más que sustenté que yo era la persona indicada para ella, no la pude adoptar. Y cómo es la vida, si bien yo hubiera podido darle un buen futuro, ella ahora vive en España, con unos padres maravillosos que le pueden dar un futuro 7 veces mejor al que yo le hubiera dado. Y aunque no hemos vuelto a hablar y la despedida fue muy triste, siempre pienso en ella y conservo la foto que le tomé en secreto un día -porque estaba prohibido- la llevo siempre conmigo en un lugar donde nadie la puede ver. 

Esta crónica va para todos los que tienen una mamá; biológica o de cariño o madrastra o tía o abuelita que los cría. Mamá al fin y al cabo, que los quiere, que los cuida, que les deja la comida servida, que les manda taper al trabajo, que les plancha la camisa, que les da la bendición cuando salen, que siempre piensa en nosotros. Abrácenla, porque no tienen idea de lo importante que es tener una cerca. Que tengan todas sus mamás y sobre todo la mía por soportarme, un excelente día el domingo.

martes, 2 de diciembre de 2014

Querido Santa

Parece que la navidad este año ha llegado revolucionaria; con catálogos nórdicos, con clima que todavía no se decide, chocolate para taza 10% cacao - 90% cualquier cosa y panetón con nombre recién salido del closet. Prefiero utilizar mi carta comodín que me exonera de comentarios y apreciaciones sobre lo antes expuesto, mejor prefiero hablar sobre mi percepción de la navidad.

Es automático. Llega diciembre y yo ya tengo en mi celular todas las versiones de villancicos clásicos que puedan existir, por supuesto, con uno de los grandes encabezando la lista. El impecable Frank Sinatra que me susurra un "have yourself a merry little christmas" y un cercano Michael Bublé que quiere que la navidad sea blanca. Así me gusta pasar mi diciembre, escuchando ese tipo de música y sin embargo, las personas no usan su carta comodín y me juzgan de "anglo" ¿Por qué? ¿Porque no escucho Los Toribianitos o las versiones de Thalía o José Feliciano? ¿O porque no estoy de acuerdo en que los peces beben y beben y vuelven a beber?

Vamos a relajarnos un poquito. No entremos tampoco en discusiones religiosas. Todos sabemos qué se celebra y todos celebramos de distintas formas dependiendo de nuestras creencias y yo aplaudo el respeto a la diversidad. Más allá de eso ¿Qué es para mí la navidad?

Las familias no son perfectas, siempre culpamos a los padres de nuestras desgracias, de nuestras malas decisiones. "Mis padres no me ayudaron" "No me supieron entender" "Mis hermanos me maltrataban psicológicamente" y no sé qué tanta cosa. Nos olvidamos del significado de familia, de alegría, de celebración, no recordamos lo que es el amor. Para mí, navidad es decorar el árbol con mi mamá y no pelear. Es que ella me pregunte ¿Qué tal si ponemos lazos en vez de bolas? y que yo le diga ¡Ya pues! y nos ponemos a colgar cada uno de los lazos que ella misma hace. Ya, ok, ella los cuelga y yo me siento a comer panetón mientras la miro, pero estamos juntas. Terminamos el nacimiento y luego prendemos todas las luces. Nos abrazamos, miramos todo, nos tomamos fotos y nos sentimos contentas.

Navidad para mí es ir a misa con mis padres y no sentir que tengo-que-ir-porque-así-lo-dice-mi-religión. Vamos juntos, oramos juntos, agradecemos juntos y celebramos juntos que en nosotros, renace la esperanza de que las cosas sí pueden cambiar si en nuestros corazones tenemos humildad, paz y amor. Y si eso les parece recontra cursi ¿Entonces por qué siguen leyendo mi crónica? 

Es el alboroto de juntarnos todos y donde cada uno prepara algo para la cena. Mi mamá hace el pavo y le mete papas en rodajas en el fondo de la fuente para que se cocinen con el jugo. Yo preparo un puré de camote con marshmellows y queso parmesano de la chesumai y ensalada de fideos con pimiento y mayonesa. Mi papá pasa por ahí "verificando que todo esté bien" y robándose alguna cosita de la cocina. Es preguntarle a mi mamá si mi sazón está bien y que ella me pregunte si la de ella está bien. Es vestirnos elegantes, de repente con algo rojo, acomodar la mesa, acomodar los regalos, darle una pastillita a los perros para que no sufran con los fuegos artificiales y ponerle a Axel su disfraz de santa. Recordar cuando mis sobrinos eran peques y mi hermano se disfrazaba de Santa y de la nada ¡Oh Sorpresa! alguien tocaba la puerta y ellos emocionados la abrían y sus caritas de emoción eran invaluables. Es recordar la nieve caer por la ventana, bien abrazada de mi hermana mayor medio llorosas por estar lejos del hogar. Navidad es tomarnos mil fotos, cenar juntos, disfrutar juntos y al menos -por esa noche- perdonarnos, abrazarnos y desearnos nada más que felicidad.

Si cada uno de nosotros, tiene un concepto de navidad distinto al del resto ¿Respetemos no? Total... ¿No se supone que la navidad es amor y respeto? Seguiré celebrando, en inglés, que ya llega una blanca navidad. Mamá, saca los lazos... que yo corto el panetón.