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jueves, 23 de julio de 2020

Cuando pase el tren

Hace un tiempo que vengo pensando bastante en mi ansiedad. Algunos días la pendeja pasa a saludarme. Se asoma a joderme la paciencia un rato. Es difícil vivir con ansiedad y ha sido aún más difícil poder manejarla durante esta cuarentena.

Pero me he concentrado más en pensar lo afortunada que soy de tener un buen sistema de apoyo. Muchas veces he hablado sobre los entornos tóxicos; las relaciones, las amistades, la familia... cualquiera que te rodee y no te aporte, ¡o encima que no te aporte, te joda! Hablé ya muchas veces de limpiar a la gente, de no tener miedo de decir no quiero esto, no tener miedo de irte. Pero luego, ¿con quiénes te quedas? Y ahí siempre, siempre, pienso en mi familia, mis amigos y mi flaco.

Tengo un team que ufff... ¡sí que la han sufrido conmigo! Son de esos que se turnan para "monitorearte" cuando no tienes un buen día, que te llaman, te escriben, te pasan memes, le dan like a tus Tik Toks (después del bullying necesario). No te juzgan, te escuchan pero sobre todo, están ahí antes, durante y después. 

Una vez en una reunión salió el tema de la ansiedad y un tipo dijo ¿pero qué es ansiedad, qué sientes? ¿no puedes simplemente animarte? ¡Ah bueeeeeeeeeeeeeee! ¡Animarme! No se me había ocurrido... imbécil. Y por ahí la gente trataba de explicar qué era, cómo se sentían. Yo escuchaba, pero me dejó la duda de cómo explicarle a alguien cómo me siento, cómo hago que los demás al menos puedan hacerse una idea de cómo estoy.

¿Alguna vez han vivido frente a una estación de tren? Yo no, jajajaja pero estaba viendo una película donde un tren pasaba obviamente a gran velocidad frente a una casa y la sacudía por completo, como un fuerte temblor y todos dentro tenían que simplemente sostenerse y esperar. Así es cuando tienes ansiedad. Hay cosas que la empeoran, cosas que tú sabes que pueden desencadenar en un ataque de ansiedad, por ejemplo el trabajo, esperar una noticia, comenzar algo nuevo, no tener una respuesta de algo, en fin... pero muchas veces la ansiedad solo llega. Estás bien y de pronto, ¡buenasssssssss! Llegó a joder y te desestabiliza, esa es la palabra, la ansiedad es ese tren de mierda que viene a velocidad y tú eres la casa que se vuelve inestable, que se mueve de un lado a otro, que no está quieta, que se puede destruir en cualquier momento y no puedes hacer nada, NADA al respecto. Y de ahí... el tren se va y tú vuelves a estar estable.

Una amiga muy cercana me preguntó hace unos días ¿qué puedo hacer para ayudarte cuando tienes ansiedad? Y no solo me acordé del tren, sino de quiénes estaban dentro de la casa; cómo se abrazaban, se daban la mano, se alentaban y solo esperaban, esperaban que pase el tren. Y así es mi nuevo entorno; ahí están conmigo solo esperando que pase, sin decir algo, solo están. Me abrazan, me dicen ya va a pasar, me recuerdan que respire, me hacen reír, me distraen y solo están aguantando conmigo hasta que pase el tren. ¿Ven qué importante es tener a GENTE SANA EN TU VIDA?

Anoche pensaba en una amiga que no la está pasando bien y me pregunté si ella tenía a alguien que le diera la mano cuando pase su tren. Espero que sí y si no, solo quiero que sepa que la entiendo y que aquí estoy, y en general a cualquiera que sienta que su día no está tan bueno, aquí hay alguien que los acompañará cuando pase el tren. Algunos demorarán 5 minutos, media hora... otros tal vez años, ¡pero ánimo! Porque va a pasar y todo va a estar bien. 

martes, 26 de mayo de 2020

Compra Calzones

Una de las cosas más importantes que he aprendido durante este aislamiento social ha sido el ahorro. Soy bien conocida por mi desmedido consumo de comida chatarra, entonces, claro, estos 2 meses sin delivery le han hecho muy bien a mi billetera.

Al principio fue difícil. Yo vivo sola alquilando un cuarto. Tengo las cosas básicas de la vida para sobrevivir pero no tengo una cocina, entonces desde el inicio fue súper complicado poder comer comida "normal". De lunes a viernes yo almorzaba en menú, en las noches comía cualquier cojudecita o salía a cenar. Fines de semana pues delivery obviaaaaaa, entonces ahora me encontraba en casa, sin poder salir, sin poder comprar lo que quería, con mi lata de atún y mi bolsa de fideos lista para hacerse en microondas. Fue difícil.

¡Pero el humano se amolda! Hasta panqueques he aprendido a hacer en un mini grill que canjeé con millas. Las recetas para cocinar en microondas son mis nuevas amigas. Mi refri cambió totalmente, ahora hasta fruta hay dentro. Bajé de peso, me desintoxiqué de tanta chatarra, empecé a tomar mis vitaminas de nuevo, todo bien, todo perfecto.

Ah, pero esa gracia divina duró unas semanas... después de tener que lavar 37 veces el mini grill al día para poder preparar otra cosa (¡que viene en el mismo plato!) ya estaba cansada y aburrida. Mis almuerzos empezaron a ser papitas con helado hasta que... ¡Comenzaron los deliveries de nuevo! Lógicamente me pedí una pizza, pollo a la brasa, pollo broaster, hamburguesa... Todo. Pero ahí vi mi billetera y dije OE KHÁ, NO. No puedo volver a gastar así, tengo que ser más consciente y cocinar en casa.

Entonces a la mañana siguiente me alisté para cocinarme y me di con la sorpresa de que se me había vencido muchas cosas. Abrí la refri y me golpeó el olor a pollo muerto. ¡Fuck el pollo que compré! A la mierda la media pechuga que había sacado del freezer para hacer sanguchitos. Un paquete de chorizo parrillero, vencido. El pan, vencido. Lata de choclitos dulces, vencida. Puta madre, Fátima... ¿Por qué eres así?

Claro pues, la floja de mierda, primero habla del ahorro, de no desperdiciar, de la billetera gordita pero deja tirada la comida... ¡por floja! Estaba asada... Asada y hambrienta, qué horrible combinación. Terminé comiendo fideos con ají y tomando manzanilla (en mi copa rosada de gin porque la taza no la lavé, por floja de mierda).

Y aquí viene un twist interesante en esta historia... Subí este mismo relato a mis historias de Instagram, cerrando el episodio contando que al día siguiente iría a comprar y que sería mucho más responsable, junto al botón de pregunta: ¿Qué no me puede faltar en mi shopping responsable? Cualquiera pensaría que las respuestas serían tipo mantequilla, atún, arroz, fruta, pan... en fin. Pero hubo una respuesta que simplemente me cagó y me sacó totalmente de cuadro: compra CAL ZO NES. ¿A quién mierdaaaaaa se le ocurriría comprar calzones como insumo principal de consumo ante una pandemia? 

Mi sobrina, Alejandra "Pelu" Yataco, a puertas de los 23 años, es mi gran compinche. Me celebra todas las cojudeces, comparte mis historias, participa en todo lo que hago y es mi gran fan. Es una chica cool, cague de risa, muy noble e inteligente... un poco leeeeeeenta a veces... pero más que lentitud, tiene una habilidad para crear lógicas irrazonables.

Nota mental: lógica irrazonable = compra calzones en pandemia

¡Hasta lo del papel higiénico lo podría entender! ¿Pero calzones? Luego me puso compra chompitas... Yo seguía anonadada mirando la pantalla y tratando de entender. Luego volvió a escribir -emocionadísima- tía compra joggers para que estés cómoda. Entonces hice la pregunta... QUÉ CHUCHA HABLAS. Y me puso bueno no sé, es esencial en la vida, ¿no? 

Hoy me levanté temprano y como nunca se me antojó un cafecillo con mi pucho. Me puse a pensar en esa huevada y a reírme. Me dio mucha nostalgia porque creo que lo primero que hubiera ocurrido es que, al llegar el domingo familiar, al momento de estar listos para almorzar un chifaza, yo habría contado esta historia a mi familia.

Mi papá, a la cabeza de la mesa, se hubiera atorado de risa pero también hubiera sido el primero en defender lo indefendible. ¡Nadie puede vivir sin calzones. Mi Pelu dio una brillante respuesta! Mi hermano Christian hubiera gritado ¡Andá! Y luego hubiera recordado alguna otra historia para seguir con el bullying. Dinka, mi cuñada blanquita, estaría llorando de risa pero tapándose la boca, como el emoji del monito. Mi mamá riéndose con toda libertad pero luego diciendo ya no la fastidien. Martín, su papá, le habría dicho ay, mija mejor almuerza nomás. Y todos, nos hubiéramos cagado más de la risa.

Cosas simples de la vida como un almuerzo familiar y bullying a la sobrina. ¿Cuánto se extraña, no? Hablo con mi familia todos los días, chismorreamos, nos mandamos memes, videollamamos y tratamos de siempre estar en contacto. Pero nada se puede comparar a estas grandes historias en el verdadero LIVE.

Y lo que más rescato de todo es que, quien se sopló todas mis historias de Instagram, una tras otra, se rió conmigo, fue parte de y se tomó la molestia de responder a mi pregunta recomendándome lo que -para ella- era esencial, fue mi gran fan. Mi sobrina Pelu. 

Recuerden, a veces el resultado final no importa, sino todo el cariño que hay detrás. ¡Feliz cumpleaños, hija hermosa! Esta historia es para ti. A penas podamos salir, te llevo a comprar calzones.

sábado, 28 de diciembre de 2019

AMOR

Hace unos días salí con mi papá; lo acompañé a hacer compras como siempre y luego nos sentamos en un cafecito por un postre. Honestamente, él y yo nunca hemos conversado de nuestras cosas íntimas, tal vez en algún momento, algo por ahí, muy superficial salió, pero es totalmente diferente a hablar con tu mamá, no sé. Pero me sorprendió que se pusiera a hablar conmigo sobre el corazón; mi corazón.

"Morena, tú tienes un corazón muy caliente. Deberías enfriarlo un poco. No que se congele, pero que esté fresco". ¡Ooooookkkkkk! Mi padre es un hombre extremadamente inteligente, pero no tan hábil para expresar sus emociones y dar consejos... Sin embargo me hizo reír y en el fondo, a su modo, tenía razón. Debo ser más calmada, más serena, menos pasional y un poco más racional. Después de un chocolate caliente, un mixto completo y un pastel de alcachofa, me dijo: "es que todo lo haces por amor". Y sí, siempre ha sido así.

Desde niña, siempre hice cosas por amor, pero por amor a los demás. Si mis hermanos me pedían algo, que de repente yo no estaba de acuerdo o no era lo mío, igual lo hacía solo por amor a ellos, solo porque ellos querían. Estudié Ingeniería Informática porque mi papá es ingeniero y por amor a él lo hice. Nunca me gustó mi carrera, la dejé.

Años después conocí a un chico y fue por él que empecé a estudiar comunicaciones y lo he contado en alguna de mis aventuras. Por amor a Brian fue que renuncié a mi trabajo, empecé a trabajar con él en producción y él me motivó a estudiar esa carrera. Lo maravilloso fue que la elección fue la correcta y amo con locura lo que hago. Pero, ¿ven? Nuevamente haciendo algo por amor a alguien.

He tenido muchos trabajos, he probado muchas cosas y siempre por alguien más, porque alguien más me lo pidió, porque alguien "me necesitaba" o por lo que sea externo, siempre ajeno a mi propio corazón. Saber decir NO es demasiado difícil para mí, porque, al final, ¿quién no quiere hacer algo y sentirse amado o sentir que su sacrificio de amor es lo que el mundo necesita? Algunos dirán que es altruista, otros dirán que es completamente estúpido.

Con mi ex mi amor llegó a puntos extremos... puse todo primero; cada necesidad, cada problema, cada cosa minúscula que parecía no tener solución. Yo lo solucionaba con "mi amor". Irónicamente algo que siempre él decía era "deberías ponerte a ti primero, si tú no estás bien, nadie va a estar bien". 

Este año ha sido extremadamente difícil, porque me di cuenta de algo importantísimo: me faltaba amor, a mí misma. ¿Qué puedo hacer al respecto? ¿Por dónde empiezo? ¿Cómo empiezo a quererme?

Mi trabajo actual es una de las cosas que más me gusta hacer, pero siempre me estuve cuestionando si era lo mío... Y cuando ese cuestionamiento comenzó a comerme por dentro, me cambiaron de área y conocí gente increíble. Fue como si todo empezara a acomodarse. Y ahí aprendí algo muy importante: empieza por elegir bien quién te rodea.

Dejé esa postura estúpida de no hablar con la gente, maté mi miedo a conocer nuevas personas, empecé a escucharlas. De pronto les caía bien, de pronto me empecé a sentir aceptada, empezaba a reírme, a disfrutar cada día de ir a trabajar. ¡Me ascendieron! Y cuando eso pasó me acuerdo que lloré horrible en el baño abrazada de una amiga porque sentía que estaba en el momento correcto de mi vida. Amo mi trabajo y cada cosita que hago ahí porque me hace bien, porque es PARA MÍ. 

Empecé a eliminar cada relación tóxica de mi vida; amigos, familiares, conocidos, parejas. Puta madre depuré todo porque entendí que yo no necesito eso, que mi corazón no necesita "acciones de una sola vía". Hice nuevos amigos, que me decían todo el tiempo "valórate, quiérete, así estás bien, mejora por ti no por los demás". Y de pronto una mañana me miré al espejo y dije mieeeeeeerda... tú misma eres el amor más grande que necesitas. 

Este año me enseñó a soltar, a cerrar ciclos, círculos tóxicos. Me enseñó que es mejor tener nada a tener a medias y mal pagado. Y es increíble cómo todo se acomoda, cómo el mundo te dice "¿ya ves, huevoncita?" Es la primera vez en mis 36 años que puedo decir que soy feliz, ¡puta madre por mí misma! Puedo decir que tengo a las personas correctas en mi vida, puedo darme el lujo de decir "no te quiero en mi vida", puedo sentirme tranquila.

Hay días malos todavía, claro que sí. Hay días en donde no quiero levantarme, pero ahí están mis amigos caminando conmigo, ahí está siempre mi familia que me da tranquilidad, esos ojos verdes que me iluminan la vida, ahí está el sabio consejo de mi papá... 

No voy a decir lárgate, 2019. Sino gracias, 2019. Por enseñarme el amor más bonito; el amor propio. Ahora al 2020 le toca enseñarme a tener un corazón, un poquito más fresco... 

jueves, 15 de febrero de 2018

Esta vez le toca a mamá

La mayoría de mis aventuras son con mi papá, es más, por él nació el nombre de este blog; no suelo escribir mucho sobre mi mamá. Creo que hoy es una buena oportunidad para hacerlo. Les voy a contar de Juanita.

Cuando me preguntan cuál es el primer recuerdo que tengo de mi mamá siempre voy a responder: mis cumpleaños. Es por ella que yo amo tanto celebrar mi cumple, ese afán de querer hacer algo super bonito, de decorar, de la torta, los complementos, la planificación. ¡Ella es la causante! 

La preparación empezaba meses antes; ella iba guardando los conos de papel higiénico y los vasitos de yogurt Milkito. Como es una destroyer tejiendo, se ponía a armar fundas para los conos, que luego se convertían en curiosos cocodrilos y los vasitos tomaban la forma de perritos, conejos, ratones y gatitos. Yo la ayudaba a pegarle los ojos y las lenguas. Una vez listos los llenaba de golosinas y esas eran las sorpresas para los invitados. También hacía mini carteritas y las colgaba todas en una canasta de mimbre a la salida de la casa, para que al irse, los invitados se lleven una.

Algunos años fueron más ajustados que otros pero yo siempre tenía un vestido nuevo ese día. ¡Mi mamá me lo hacía! Obviamente estaba lleno de bobos y encajes, pero yo resaltaba, me lucía, era la princesa del cumpleaños. Con mis medias rojas cubanitas y mis zapatos de charol con correita. Con mis dos colas y mi cerquillo horrendo. La felicidad total a los 5 años.



Pero el tema no terminaba ahí; toda la comida que se servía era preparada en casa. La gente ya no se acuerda cómo era antes, ahora simplemente contratas un catering que compra Sublimes, les quita la envoltura y les pone una nueva con el nombre del critter y su personaje favorito. ¡No señores! Antes toda la familia se juntaba para preparar TODO. 

Se preparaba gelatina, mazamorra, arroz con leche, chicha morada -de verdad, no de sobre-, y a los adultos se les ofrecía comida: bien podía ser un escabeche, arrocito con pollo, ají de gallina o ravioles en salsa roja. Las únicas cosas que se compraban eran: Chizitos -que antes tenían tamaño decente-, arrocillo, marshmellows de colores, chupetes Picolines, canchita preparada en olla con aceite y galletitas Miami. ¡No había gaseosa! Todo lo preparabas o te ibas al Mercado Central a comprar todo a granel, al por mayor, sin miedo de pensar que podían venir con salmonela o con algún virusillo.

La torta también era preparada en casa y siempre de chocolate, ¡obvio! Lo típico era ponerle coco rallado encima, ése era un "upgrade", el toque de clase que diferenciaba tu torta de cualquier otra. Pero este cumpleaños fue distinto, entre mis hermanas mayores me prepararon una torta alucinante: era una casita hecha de dulces, ¡como la de Hanzel y Gretel CSM!



Mi mamá dirigía: tú la torta, tú la chicha, tú limpia aquí, tú pon los globos, tú decora... todo tenía que salir perfecto y así era, porque todo lo hacía mi mamá.

Mi mamá se aprendía las coreografías que pasaban en Yola para enseñármelas. Me llevaba a mis clases de natación, baskett y computación. Se la pasaba conmigo en los juegos, en la piscina del club, comíamos helado en La Vaca Jacinta y mientras ella regaba yo paseaba con mi bicicleta de esquina a esquina. Mi mamá siempre, siempre, estuvo ahí. Gracias, má.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Para verla cruzar el puente

Todos saben que soy llorona, es algo natural en mi existencia, es algo que, podemos decir, me define. Lloro en los conciertos, lloro en las celebraciones, lloro viendo videos de UPSOCL, lloro viendo películas... ¡Lloré viendo Matrix! Es obvio que tengo problemas... pero el viernes, honestamente, lloré del recuerdo.

Me animé a ir al cine con mi amiga Sara y como nunca decidimos ir a una función de la tarde. La película elegida: Coco. Ya sabíamos que es una película emotiva y que habla de la familia, la tradición y del amor de un niño por la música. Y yo me preguntaba, ¿qué tanto tiene que ver esta señora viejita llamada Coco en la película, si en ningún trailer se le toma como "lo principal"?

Tranquilos, no voy a spoilearlos si es que no la han visto. Tampoco quiero escribir para contarles la película, sino, qué chiste tiene. Quiero dedicarle esta crónica a la Coco de mi familia; mi abuela Lala.

He tenido la bendición de crecer junto a ella y definitivamente mi infancia -y la de mis hermanos- está marcada por la presencia de María Eulalia Santillán, una mujer piurana que se rebeló ante la sociedad y sus creencias, juntó sus chivas, sus moneditas, agarró a su hija, dejó a su esposo y se vino a Lima. ¡Estamos hablando de hace 70 años! Y que se levantó sola a criar una familia. Luego vino mi abuelo y juntos formaron los más bonitos recuerdos que puedo tener.

Cuando ya se puso muy malita, nos esperaba sentada en su sillón con una mantita. Yo metía la cabeza por la reja de su casa y ella me veía por la ventana y sonreía feliz porque habíamos llegado. La abrazaba, le preguntaba cómo estaba y nunca me decía que estaba mal, siempre tuvo el ánimo arriba y siempre pensó en cómo hacernos sentir bien en su casa.

El último día de la madre que pasamos juntas le regalé un cuadro con una foto nuestra. Sus ojos se llenaron de lágrimas y lo abrazó fuerte. Me miró, me tomó la mano y suspiró. Luego puso el cuadro en la cómoda, junto a todas las fotos que guardaba con tanto cariño y nos abrazamos. No había necesidad de decir algo.

Coco me hizo acordar la importancia de mantener los recuerdos de los que ya no están con nosotros. No conocía la verdadera historia del Día de los Muertos ni qué significaba colocar una foto en este tipo de altar con ofrendas. No sabía que por una noche, los muertos pueden cruzar un puente hacia nuestro mundo para acompañar a sus seres queridos. Honestamente, no sabía que podía extrañar tanto a mi abuela.

Estas son unas cortas líneas, solo para decirle, que la pienso, que la extraño y que siempre la recordaré así, como en esta foto... una foto que nunca sacaré, que nunca botaré, ni guardaré... una foto llena de esperanza, para verla cruzar el puente y sentirla siempre junto a mí. Recuérdame, Lala. Donde sea que estés.


Y si quieres llorar conmigo, escucha esta canción de la película: Recuérdame.

martes, 14 de noviembre de 2017

Te veo más tarde, ya regreso.

Llevábamos un tiempo hablando de tener un perro, no necesariamente uno de los dos, pero de tener "nuevos hijos". Él me propuso un chihuahua pero para mí, ¡no es un perro! Demasiado pequeños, demasiado delicados, demasiado chillones. Yo necesitaba un perro fuerte, cazador, aventurero, con elegancia y espíritu de pantera. Me moría por un rottweiler.

En mi casa teníamos una cocker cruzada con setter, negrita llamada Phoebe Anne, nuestra fiel compañera, una señorita que disfrutaba pasar las tardes echada en la cama de mi papá sirviendo de mesita de noche (mi papá le ponía el control remoto en el lomo, ¡y ella no se movía para nada!) Tocaba la puerta para salir, se sentaba cruzando las patitas... era simplemente hermosa. Necesitaba un amigo y yo no lograba convencer a mis papás de llevar un nuevo perro.

Un buen día Brian se apareció con el chihuahua. Su nombre es Che y es argentino, viteh. Yo dije, un hijo nuevo, jugaré con él todo el tiempo, lo amaré con todo mi ser, seremos los mejores amigos y viviremos mil y un aventuras... El perro simplemente me odiaba, desde que me vio se escondió debajo de la cama y no paraba de ladrar, al extremo que me tuve que ir de la casa para que el pequeño Che saliera de su escondite y se callara. Han pasado más de 10 años y me sigue odiando.

Entonces, la situación me pareció completamente injusta. Phoebe ya había pasado su etapa juguetona, si bien era mi compañera, yo quería un pequeñito que también disfrutara jugar conmigo, además de darme nuevos bebés. Ese día convencí a Brian de ir por un nuevo perro.

Yo no tenía ni un puto sol, así que bajo la sabia utilización de mis encantos convencí a Brian de prestarme la plata para comprar el perro. Nos fuimos a la tienda y no podía esperar las horas para tener a mi rottweiler conmigo. La verdad no me importaba si mis papás me decían que no, es que claro, mi casa no es tan grande como para un perrote que necesita espacio para correr y destruir, mi Phoebe era enana, ¡cómo los iba a cruzar! No había planeado nada pero no me importaba, mi perro macho alfa lomo plateado cazador de venados estaba esperando por mí.

No tenemos rottweilers señorita. Así me recibieron en la veterinaria. ¿Y ahora? ¿Qué se suponía que iba a hacer? Los que me conocen saben que si algo se me metió en la cabeza no paro hasta conseguirlo, si yo tenía ya planeado comprar un perro ese día, LO IBA A COMPRAR. Brian me dijo que busque otras opciones, además que un rott me salía carísimo y él no tenía tanta plata para prestarme (ni yo para devolverle) así que empecé a ver a los perros... mismo mercado, viéndolos, eligiendo, comparando, mirando precios.

De pronto nuestros ojos se cruzaron; era una cosa gorda llena de pelo con unas orejas increíbles negras y patas blancas. Tenía la mirada triste y la cabeza hacia abajo, arrinconado en su cajón como una persona que, además de sentirse sola, todos la han rechazado. Hola, perrito. ¿Cómo estás? Parecía que alguien había encendido el switch y su cola empezó a moverse de manera histérica; el perro literal saltó a mí. Fue amor a primera vista.

Milko era el nombre de mi nuevo hijo, un cocker americano gorrrrrrdo, color vaca y lleno de pelo. Desde el momento en que tocó mis brazos supe que sería amor por siempre. Me besó, me mordió la nariz, la manga de la blusa, su ropa nueva, la correa, la cartilla de vacunas... puta madre mordió todo lo que había en el mostrador, hasta la boleta de su compra. La mejor compra que hice.

Mis papás casi se desmayan cuando llegué con el bebe, sobre todo cuando al día siguiente le dije a mi mamá me voy a trabajar acá te quedas con la criatura. Destruyó la sala, mis zapatos, meó toda la alfombra del comedor, rompió todo lo que había a su paso y cada vez crecía y comía más. Era definitivamente un Yataco.

Los años pasaron, Phoebe y él se convirtieron en padres dos veces. De la primera camada nos quedamos con Blondie Marie (totalmente blanca y con orejas rubias) y de la segunda nos quedamos con Junior (más conocido en mis historias como "Perro Tonto"). Phoebe se sentaba en la escalera de la lavandería, cruzaba sus patas y tomaba sol. Abajo, Milko mordía una botella de plástico por el pico y corría de un lado a otro con sus cachorros, ¡les enseñaba a jugar! Adoraban correr por todo el patio con sus botellitas de plástico en la boca. Un padre ejemplar, obviamente supervisado por la madre ejemplar, que luego los llamaba para comer y limpiarlos.

Phoebe nos dejó y al poco tiempo llegó Axel. Se convirtió en el mejor amigo de Milko, le encantaba dormir sobre su cuerpo gordo y peludo y morderle las orejas hasta hartarlo. Blondie creció y se hizo pareja con Junior, por lo que tuvimos que separar a los machos para evitar peleas territoriales y amorosas.

Milko enfermó, empezó a tener problemas del hígado. A la par, Blondie también estaba enferma, tenía un tumor y a pesar de la operación y los cuidados de mis papás no se curaba, la diabetes que tenía por ser gorda no le permitía cicatrizar la herida. No entendíamos cómo de pronto dos de nuestros perros estaban tan enfermos y no mejoraban... ya sabíamos lo que un día iba a pasar.

Morena, los perros ya no dan más, por favor llama a tu amiga y dile que estamos en camino. Llamé a la prima de una amiga que es veterinaria y tiene un hospedaje de perritos en Pachacamac. Nos dio la opción de poder llevarlos ahí, despedirnos y ahí mismo enterrarlos. Mi mamá no quería cremarlos y era imposible que caváramos en el jardín. No quedaba otra que llevar a los bebes a un mejor lugar.

El viaje se hizo eterno, los dos estaban en sus jaulitas completamente alterados y nerviosos, no se calmaban con nada. Cuando llegamos les pusimos las correas y no sabía qué hacer, qué esperar, cómo sería el proceso.

Nunca he conocido a alguien tan humano, Sonia nos explicó que los perros se alteran por no conocer el lugar así que nos llevó a conocer todo el hospedaje para que los bebes se relajen. Caminamos, vieron a otros perritos, corrieron un poco y de pronto estaban tranquilos, calmados y hasta sonrientes. El momento había llegado.

Nos sentamos en unas banquitas y yo los sostuve para que les pusieran la primera inyección, un calmante para que puedan dormirse. Nos explicaron que se iban a marear y de repente vomitarían, a causa del mareo. Milko vomitó un hot dog. Papá, ¿por qué Milko ha vomitado un hot dog? Es que le di un premio, para despedirlo de la casa y por haber sido un gran perro...

Todos rompimos en llanto. Los dos estaban echados en la tierra ya dormidos. Mis papás se despidieron y se fueron al carro a esperarme, no podían ver lo que iba a pasar. Tomé a mi Blondie en los brazos y le aplicaron la inyección, se quedó quietita y la acomodé nuevamente en el suelo con su juguete. Luego me acerqué a mi hijo y puse su cabeza en mis piernas, estaba bien flaco, se bajó muchísimo de peso y su semblante no era el mismo. Me acerqué a su orejita y le dije lo que siempre le decía cuando me iba y lo dejaba detrás de la reja: te veo más tarde perrito, ya regreso. Sonia le puso la inyección, mi gordo dio un intenso suspiro y se fue.

Ya no trajimos más perros, nos quedamos con Junior y Axel que se odian... luego gemelo malvado llegó con dos perros pero lógicamente no son bienvenidos por mí... Ningún perro se podría comparar a mi gordo, ni a mi rubilinda. Nos quedan los mejores recuerdos, las mejores aventuras y travesuras que alguien puede tener.

Hoy Facebook me recuerda este Halloween del 2010, cuando mi gordo se disfrazó de diablo y asustó a todos los niños del condominio. Te extraño un montón perrito, ya nos veremos pronto para jugar con una botella de plástico.


jueves, 8 de junio de 2017

"Menos mal, soy ingeniero"

Una mañana me levanté y fui a la cocina buscando comida. Usualmente me hago el desayuno antes que mis papás así que aproveché en sacar la papaya, calentar el pan y ver qué podía chorearme de la comida "premium" de mi señor padre. Sin embargo, a la mitad de mi batida de huevos y con la sartén bien caliente, noté que algo no estaba bien. Algo no estaba como siempre.

Silencio. La casa estaba en completo silencio. ¿Mamá? ¿Papá? Nada. Silencio. Ni siquiera los perros ladraban, ni siquiera la cosa para los bichos que ponen en el enchufe sonaba con ese ruido tan agudo espantoso que me rompe los oídos. (Nota mental: se supone que solo las ratas escuchan ese ruido y se alejan... Conclusión: soy rata)

Lo más extraño es que los pájaros no cantaban. Acompáñenme en este cuento de amor humano-animal... cuando yo entraba a la cocina en las mañanas una pareja de pajaritos negros, bautizados como LOS CUERVOS por mi padre, se paraba en el borde de la casa exactamente frente a la ventana de la cocina y empezaban a cantar de manera insistente. El chiste al principio era que venían a darme los buenos días, pero no, no señores; la verdad es que Los Cuervos llegaban a pedir su comida.

Mi papá bajaba apresurado ante este reclamo con tan dulce melodía y les ponía migajas de pan en el borde. Ésa era la rutina todas las mañanas y los putos pájaros no se callaban hasta que el señor saliera con sus migajas.

¡Pero en toda historia siempre hay un enemigo! Las pinches palomas. ¡Ah! Palomas del mal, todas grandotas metiéndose con la comida de unos pajaritos. Llegaban todas alborotadas y los botaban, se tragaban todo y luego; cuando les poníamos más comida, regresaban y así una y otra y otra y otra vez. Algo teníamos que hacer y necesitábamos la ayuda de alguien con una inteligencia súper extrema; necesitábamos a un ingeniero.

Volviendo entonces a esa mañana creepy. Ante el terrible silencio salí temerosa hacia la terraza a ver a mis perros. La escena que encontré fue alucinante.

"Morena, he ideado un plan infalible. Mira, en vez de ponerle la comida a Los Cuervos en el borde se la voy a poner al centro de esta repisa, PERO, primero voy a colocar una cartulina encima. Lo importante es que la dimensión de la cartulina debe ser mayor que la superficie de la repisa, debe superarla lo suficiente como para crear un piso falso. Pongo la comida al centro y luego rodeo la zona de alimento con botellas con agua. Tienen que tener agua porque si están vacías se las lleva el viento o las palomas las pueden botar. Otro punto importante es que deben estar muy juntas para que así, cuando las palomas bajen no puedan entrar entre ellas a coger la comida, ¡porque son gordas! La distancia entre las botellas debe ser proporcional a la dimensión del cuerpo de los cuervitos. Ahora, como las palomas no podrán simplemente agarrar la comida en el aire, querrán bajar y pararse en la superficie, pero como son estúpidas, se pararán en el borde y, ¡a la mierda! Al suelo porque la cartulina es doble piso. Jamás podrán agarrar la comida de mis cuervos. Menos mal, soy ingeniero".



Nunca me había cagado tanto de risa. NUNCA. "Eres un pavo, papá". Y con esa sonrisota en la cara, detrás de la ventana vi como iba cayendo paloma tras paloma, todas intentando siempre lo mismo: tomar la comida en el aire, botar las botellas, pararse en el borde. Misión imposible, todas desertaron y se fueron. Felices los amiguitos de mi papá bajaron y se dieron un gran festín.

Feliz día del ingeniero pá, qué bueno es tenerte. 

domingo, 16 de abril de 2017

Un cuento, una camisa y una taza de chocolate

Nunca logré descifrar el por qué, qué lo causaba, por qué me sentía así.. ¡es más! Ni siquiera me acuerdo cómo comenzó. Solo recuerdo que me sentaba en la escalera, metía mi carita llorosa por las barandas y gritaba ¡papá!.

El primer recuerdo que se me viene a la mente es cuando tenía 5 años; uno de mis hermanos dijo "ay no, otra vez la negra está llorando". Mi mamá gritaba desde la cocina "Cinthya María, baja. No te quedes sentada en la escalera" pero yo no quería bajar, y me senté ahí con mi cara de poto escondida entre las piernas, con mis colas horrendas y mis medias cubanitas, abrazada de la camisa beige que mi papá me había regalado.

"¿Qué pasa, Morena? ¿Por qué no quieres bajar?" Mi papá siempre subía las escaleras y se sentaba conmigo. Qué tanta huevada le debo haber dicho, seguro que alguno de mis hermanos me pegó o no querían jugar conmigo o me quitaron mi muñeca, en fin... tantos dramas que podemos vivir a los 5 años. Pero eso no importaba, mi papá siempre subía y me hacía la misma pregunta. 

Después de mis largas quejas -siempre acompañadas de un llanto incontrolable- mi papá me cargaba, me llevaba a mi cuarto y me decía que lo espere. Si el roche fue con mis hermanos entonces mi papá hacía que les gritaba y se pegaba en la pierna y ellos gritaban "au, au, no papá, au"... luego se cagaban de risa, ¡y yo los escuchaba! Si era con mis hermanas él solo decía, "es la más chiquita..."

Luego subía con una taza de chocolate caliente; esperaba que me la tomara, acomodaba mi mantita a mi lado y sacaba del primer cajón un cuento. "¿Qué cuento toca hoy, Morena?" Pinocho siempre fue nuestro favorito, lo leíamos una y otra vez... Esa era la única forma de sacarme de las escaleras y hacerme dormir. Al día siguiente siempre todo estaba mejor.

Los viejos hábitos son difíciles de quitarse, ¿no? Ya no hay mantita ni chocolate, tampoco le cuento mis dramas existenciales a mi papá, nos encanta pasar tiempo juntos pero nos decimos muy poco, solo cantamos canciones del ayer en el carro y rajamos de los demás. Aún así, a veces, un cuento ayuda a combatir esas noches de insomnio, esas donde los pensamientos y "las voces" te acosan. Un cuento siempre viene bien. 

Tal vez ahora no me siente en las escaleras esperando que alguien me rescate, pero ese feeling de vacío a veces regresa y sigo sin explicarme el por qué. Lo que he aprendido, 30 años después, es que siempre viene bien tener alguien cerca que te abrace, te escuche y sin importar el motivo, siempre llegue con una taza de chocolate o un cuento para dormir... así sea por teléfono o mensaje.

Gracias tú, por estar siempre ahí. ¿Qué cuento toca hoy?

sábado, 4 de abril de 2015

Quisiera ser tonta



Dicen que los tontos son más felices ¿No? algo así como los locos, los que viven en su burbuja, en su mundo y no se dan cuenta de la realidad. Y dentro de este estado mental encuentran equilibrio y se puede llegar a la conclusión de que son felices a su ritmo, a su modo. Lo escuché en una película, cuando la protagonista se encuentra en un punto decisivo de su vida, y dando vueltas frente a su casa conversando con un amigo, le dice "Quisiera ser tonta, y no darme cuenta de que existen cosas mejores y ser feliz con lo que tengo" Buscar la perfección cansa, agota.

Cuando eres inteligente tienes la capacidad de procesar información, decodificarla, entenderla y tienes el poder de decidir qué hacer con eso. Cuando eres tonta no. La información llega, se da una vueltita por tu cerebro y como no encuentra qué carajo hacer, simplemente se va... No se detiene, no se sobre piensan las cosas, no se analiza hasta lo que no hay. No se lee entre líneas.

Cuando eres inteligente las palabras duelen. Eres capaz de entender su procedencia, reconoces la ira con la que vienen, las dejas entrar y te hacen trizas. Por más que te hagas la fuerte... te empiezas a dar cuenta de por qué esas palabras salieron, por qué te las dijeron a ti. Reconoces culpa (si la tienes) o simplemente te la echas. Lloras. Sufres. Cuando eres tonta no. De repente te duele un poquito -¿A quién no le dolería que le dijeran tonta?- ¡Pero eres tonta pues! Entonces simplemente pasa y solo fue un pequeñito mal rato.

Cuando eres inteligente no tienes límites, siempre te dicen que puedas dar más y más y más ¡Y MÁS! No importa si estás cansada, si te tienes dolor de cabeza, dolor de cuerpo, si no duermes, si no comes o si comes mucho... siempre puedes dar más. Conformarse no es suficiente. Todos te presionan, todos te piden cosas, todos te escriben preguntándote cómo llegar a un lugar, dónde venden un objeto, cuánto cuestan las entradas para el evento tal... porque claro, como eres inteligente, sabes un poquito de todo, entonces te conviertes en el Google de tus amigos. Te conviertes en una fuente, un pilar que siempre debe estar disponible y fuerte como roble. .

A los inteligentes no se les permite equivocarse ¿Cómo te vas a equivocar en esto, si eres tan inteligente? Los inteligentes siempre deben ser inteligentes. Es como "zapatero a su zapato" entonces inteligente a la inteligencia, no a la brutalidad. Si te equivocas, eres una bestia, no vales, eres una decepción o eres un desperdicio de inteligencia. Y lo peor, es que como eres inteligente (y lo dije antes) logras comprender el significado de esto. Y duele.

Tal vez, en realidad, quisiera ser más tonta de manera intelectual y más inteligente de manera emocional... procesar las cosas de distinta manera, vivir en mi mundo rosado de cuentos de hadas, de príncipes azules y de torres altas pero seguir siendo el Google andante que todos quieren. Darme cuenta de que sí, puedo dar más, pero al final, decidir yo hasta dónde y que si no te gusta, pues que se de una vueltita por ahí y se pierda. Creo que ser un poco tonta a veces es bueno ¿O no?

martes, 2 de diciembre de 2014

Querido Santa

Parece que la navidad este año ha llegado revolucionaria; con catálogos nórdicos, con clima que todavía no se decide, chocolate para taza 10% cacao - 90% cualquier cosa y panetón con nombre recién salido del closet. Prefiero utilizar mi carta comodín que me exonera de comentarios y apreciaciones sobre lo antes expuesto, mejor prefiero hablar sobre mi percepción de la navidad.

Es automático. Llega diciembre y yo ya tengo en mi celular todas las versiones de villancicos clásicos que puedan existir, por supuesto, con uno de los grandes encabezando la lista. El impecable Frank Sinatra que me susurra un "have yourself a merry little christmas" y un cercano Michael Bublé que quiere que la navidad sea blanca. Así me gusta pasar mi diciembre, escuchando ese tipo de música y sin embargo, las personas no usan su carta comodín y me juzgan de "anglo" ¿Por qué? ¿Porque no escucho Los Toribianitos o las versiones de Thalía o José Feliciano? ¿O porque no estoy de acuerdo en que los peces beben y beben y vuelven a beber?

Vamos a relajarnos un poquito. No entremos tampoco en discusiones religiosas. Todos sabemos qué se celebra y todos celebramos de distintas formas dependiendo de nuestras creencias y yo aplaudo el respeto a la diversidad. Más allá de eso ¿Qué es para mí la navidad?

Las familias no son perfectas, siempre culpamos a los padres de nuestras desgracias, de nuestras malas decisiones. "Mis padres no me ayudaron" "No me supieron entender" "Mis hermanos me maltrataban psicológicamente" y no sé qué tanta cosa. Nos olvidamos del significado de familia, de alegría, de celebración, no recordamos lo que es el amor. Para mí, navidad es decorar el árbol con mi mamá y no pelear. Es que ella me pregunte ¿Qué tal si ponemos lazos en vez de bolas? y que yo le diga ¡Ya pues! y nos ponemos a colgar cada uno de los lazos que ella misma hace. Ya, ok, ella los cuelga y yo me siento a comer panetón mientras la miro, pero estamos juntas. Terminamos el nacimiento y luego prendemos todas las luces. Nos abrazamos, miramos todo, nos tomamos fotos y nos sentimos contentas.

Navidad para mí es ir a misa con mis padres y no sentir que tengo-que-ir-porque-así-lo-dice-mi-religión. Vamos juntos, oramos juntos, agradecemos juntos y celebramos juntos que en nosotros, renace la esperanza de que las cosas sí pueden cambiar si en nuestros corazones tenemos humildad, paz y amor. Y si eso les parece recontra cursi ¿Entonces por qué siguen leyendo mi crónica? 

Es el alboroto de juntarnos todos y donde cada uno prepara algo para la cena. Mi mamá hace el pavo y le mete papas en rodajas en el fondo de la fuente para que se cocinen con el jugo. Yo preparo un puré de camote con marshmellows y queso parmesano de la chesumai y ensalada de fideos con pimiento y mayonesa. Mi papá pasa por ahí "verificando que todo esté bien" y robándose alguna cosita de la cocina. Es preguntarle a mi mamá si mi sazón está bien y que ella me pregunte si la de ella está bien. Es vestirnos elegantes, de repente con algo rojo, acomodar la mesa, acomodar los regalos, darle una pastillita a los perros para que no sufran con los fuegos artificiales y ponerle a Axel su disfraz de santa. Recordar cuando mis sobrinos eran peques y mi hermano se disfrazaba de Santa y de la nada ¡Oh Sorpresa! alguien tocaba la puerta y ellos emocionados la abrían y sus caritas de emoción eran invaluables. Es recordar la nieve caer por la ventana, bien abrazada de mi hermana mayor medio llorosas por estar lejos del hogar. Navidad es tomarnos mil fotos, cenar juntos, disfrutar juntos y al menos -por esa noche- perdonarnos, abrazarnos y desearnos nada más que felicidad.

Si cada uno de nosotros, tiene un concepto de navidad distinto al del resto ¿Respetemos no? Total... ¿No se supone que la navidad es amor y respeto? Seguiré celebrando, en inglés, que ya llega una blanca navidad. Mamá, saca los lazos... que yo corto el panetón.

viernes, 14 de febrero de 2014

¡Alerta! La hermanita menor quiere jugar.

Ser la última de seis hijos no es fácil, sobre todo cuando tus hermanos te llevan muchos años de diferencia. Mis pobres hermanos mellizos, que me llevan sólo ocho años, fueron los que más sufrieron con mis juegos de Barbies y la cocinita. Cuando yo tenía 5 años, los mayores tenían 21, 20 y 18 entonces por obvias razones no querían jugar conmigo. Pero los mellizos tenían 13, lo que significaba, que por "dedocracia", les tocaba jugar conmigo.

Yo era insoportable. Bueno, creo que a veces todavía lo soy ¿No? Entraba corriendo al cuarto de ellos y me tiraba en la cama con mi overall de jean, mis zapatillas de Punky Brewster y mis colas horrendas... ¿Qué hacen? era la típica pregunta odiosa que les hacía y ellos, volteando los ojos, decían "Queti". Entonces, el drama de la hermana menor choteada llegaba y en la casa se escuchaba su dolor a viva voz... ¡Mamá! y las lágrimas corrían por mis cachetes gigantes mientras preparaba el paso para aterrizar en los brazos de mi madre comprensiva que les gritaría por molestarme. Pero como son mellizos, se organizaban para detener mi escape; uno en la puerta y otro atrás jalándome del overall. No digas nada negra odiosa. Y como arte de magia, mis lágrimas se convertían en una risa malévola, manipuladora, chinchosa a la potencia máxima. Y siempre terminaban contándome realmente lo que estaban haciendo.

Sin embargo, todo en esta vida tiene un precio y siempre terminamos pagando caro. Era tan espesa que ellos tuvieron que idear un plan para librarse de mí. Cada vez que yo les preguntaba si podía jugar con ellos me decían Ya, pero nosotros jugamos a las peleas. Yo molesta les decía que no, que teníamos que jugar con mis Barbies o ir al parque a montar bicicleta y ellos, atrincherados en el sillón, repetían una y otra vez... Nosotros jugamos a las peleas. Mis llantos ya no funcionaban, mi mamá estaba harta y me decía que no moleste, mi papá les gritaba y luego se cagaban de risa los tres de mí. Era un complot.

Un día me armé de valor y decidí jugar a las peleas con ellos. ¿Qué era lo peor que podría pasar? Los ojos de Martín brillaron cuando les dije que sí quería jugar. Mi hermano Pepe se sobaba las manos y contenía la risa. Los dos se pararon y literalmente... me sacaron la mierda.

¡Mamá! Se escuchó nuevamente por toda la casa. ¿Qué dijo mi madre? Para qué te pones a jugar a las peleas pues. No era justo, yo quería jugar con mis hermanos y ellos me abollaban de la peor manera. Ustedes me conocen, ¿Creen que yo iba a dejar eso pasar? ¡Jamás! Entonces al día siguiente volvía, valiente, decidida, odiosa. Y un día me dijeron que ya no jugarían nunca más conmigo porque yo siempre lloraba y los acusaba con mi mamá; complot N° 2. Yo les juré que no diría nada y que sería valiente como ellos -claro pues, qué les iban a doler mis golpecitos ridículos- y la única condición que pusieron para que me dejaran jugar era no llorar y yo acepté.

En silencio, apretando mis ojitos llorosos, aguantando el dolor y las náuseas, yo aguantaba las dobladas de brazo, los puñetes, jaladas de colitas, apretadas de estómago y puestas de cabeza. Cuando veían que ya no daba más me dejaban darles unos cuantos manotazos y después volvían al ataque. Una vez terminado el juego, donde obviamente yo perdía, me iba a mi cuarto a sobarme callada mientras los inmundos se reían en la sala.

Esta crónica no es para hablar de maltrato infantil, de bullying o de abuso, es para recordar esas historias que te marcan la vida y que ahora, cuando nos sentamos en la mesa familiar todos viejos y gordos, morimos de la risa recordando mis colas horrendas y las sacadas de mierda que me daban. Mi mamá dice que no se acuerda de eso, mi papá se ríe calladito y luego dice Era más odiosa la morena

Todavía cuando me ven en la cama se tiran encima mío, me tiran un puñete en el hombro (sin respetar que tengo uno malo) o me jalan el cabello para "comprobar si tengo extensiones o no". Yo siempre seré su hermanita menor la odiosa, y ellos serán siempre mis hermanos mayores a quienes idolatro. Y siempre, pase lo que pase, siempre querré jugar a las peleas con ellos. Feliz cumpleaños hermanos mellizos. Más tarde los llamaré para preguntarles ¿Qué hacen?