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jueves, 15 de febrero de 2018

Esta vez le toca a mamá

La mayoría de mis aventuras son con mi papá, es más, por él nació el nombre de este blog; no suelo escribir mucho sobre mi mamá. Creo que hoy es una buena oportunidad para hacerlo. Les voy a contar de Juanita.

Cuando me preguntan cuál es el primer recuerdo que tengo de mi mamá siempre voy a responder: mis cumpleaños. Es por ella que yo amo tanto celebrar mi cumple, ese afán de querer hacer algo super bonito, de decorar, de la torta, los complementos, la planificación. ¡Ella es la causante! 

La preparación empezaba meses antes; ella iba guardando los conos de papel higiénico y los vasitos de yogurt Milkito. Como es una destroyer tejiendo, se ponía a armar fundas para los conos, que luego se convertían en curiosos cocodrilos y los vasitos tomaban la forma de perritos, conejos, ratones y gatitos. Yo la ayudaba a pegarle los ojos y las lenguas. Una vez listos los llenaba de golosinas y esas eran las sorpresas para los invitados. También hacía mini carteritas y las colgaba todas en una canasta de mimbre a la salida de la casa, para que al irse, los invitados se lleven una.

Algunos años fueron más ajustados que otros pero yo siempre tenía un vestido nuevo ese día. ¡Mi mamá me lo hacía! Obviamente estaba lleno de bobos y encajes, pero yo resaltaba, me lucía, era la princesa del cumpleaños. Con mis medias rojas cubanitas y mis zapatos de charol con correita. Con mis dos colas y mi cerquillo horrendo. La felicidad total a los 5 años.



Pero el tema no terminaba ahí; toda la comida que se servía era preparada en casa. La gente ya no se acuerda cómo era antes, ahora simplemente contratas un catering que compra Sublimes, les quita la envoltura y les pone una nueva con el nombre del critter y su personaje favorito. ¡No señores! Antes toda la familia se juntaba para preparar TODO. 

Se preparaba gelatina, mazamorra, arroz con leche, chicha morada -de verdad, no de sobre-, y a los adultos se les ofrecía comida: bien podía ser un escabeche, arrocito con pollo, ají de gallina o ravioles en salsa roja. Las únicas cosas que se compraban eran: Chizitos -que antes tenían tamaño decente-, arrocillo, marshmellows de colores, chupetes Picolines, canchita preparada en olla con aceite y galletitas Miami. ¡No había gaseosa! Todo lo preparabas o te ibas al Mercado Central a comprar todo a granel, al por mayor, sin miedo de pensar que podían venir con salmonela o con algún virusillo.

La torta también era preparada en casa y siempre de chocolate, ¡obvio! Lo típico era ponerle coco rallado encima, ése era un "upgrade", el toque de clase que diferenciaba tu torta de cualquier otra. Pero este cumpleaños fue distinto, entre mis hermanas mayores me prepararon una torta alucinante: era una casita hecha de dulces, ¡como la de Hanzel y Gretel CSM!



Mi mamá dirigía: tú la torta, tú la chicha, tú limpia aquí, tú pon los globos, tú decora... todo tenía que salir perfecto y así era, porque todo lo hacía mi mamá.

Mi mamá se aprendía las coreografías que pasaban en Yola para enseñármelas. Me llevaba a mis clases de natación, baskett y computación. Se la pasaba conmigo en los juegos, en la piscina del club, comíamos helado en La Vaca Jacinta y mientras ella regaba yo paseaba con mi bicicleta de esquina a esquina. Mi mamá siempre, siempre, estuvo ahí. Gracias, má.

lunes, 20 de junio de 2016

Hola, soy Fátima y yo... robaba comida

No me estoy presentando ante un grupo de comedores compulsivos anónimos, tampoco estoy tratando de justificar mi obsesión por la chatarra; simplemente, hoy, comparto con todos ustedes algo "curioso" de mí. Yo robaba comida.

Creo que todo comienza con el tan recordado grito de mi madre "¡Cinthya María!" que se escuchaba por toda la casa, pero no era cuando me portaba mal o estaba fastidiando a mis hermanos, era cuando faltaba comida en la olla. 

Mi madre siempre decía: ya sé cuántos pedazos de pollo he dejado, tu plato está servido, ya no hay más, por favor no me toques la olla. Y no estoy hablando de mi época adolescente o de adulta... Yo tenía menos de 10 años cuando mi mamá se llevaba la olla de ají de gallina a su cuarto después de almorzar, para que yo no pase por ahí como choro y del mismo cucharón con el que ella servía, yo sacaba como puré y me lo metía todo a la boca. Luego ¡A correr!

Al principio yo pasaba desapercibida, de chica era flaquita porque en el colegio valoraban mucho la educación física así que me tenían en forma, lo lógico era tirarle la culpa a mis tres hermanos mayores, porque comían como unos salvajes. Pero cuando me cambiaron de colegio y me EXPANDÍ, lo más obvio era tirarle la culpa a la gordita.

Si faltaba pan... fue Cinthya María. Faltaban hot dogs... fue Cinthya María... faltaba un 1/4 de pollo a la brasa... fue Cinthya María. ¡Pobre de mí! ¿Si olía a pedo también le tiraban la culpa a la gordita? No pues, no podía ser posible, así que yo tenía que mejorar mis tácticas de sobrevivencia. Si era ají de gallina primero le ponía un chorrito de leche para que suelte y así podía sacar más cucharadas y la cantidad parecía la misma ante los ojos de la comandante. Si era hot dog, lo cortaba en varios pedazos, cosa que así era imposible saber cuántos había originalmente. ¿Chocolate? cortaba pedacitos pequeños como si se hubiera roto y si se trataba de pedazos de pollo, los deshilachaba para suponer que se habían deshecho por pasarse de cocción. ¿Qué tal pendeja no?

Hubo una época donde, por el cargo profesional de mi papá, nos llegaban a la casa muchas canastas navideñas... MUCHAS. La sala estaba llena de canastas y en esa época recién estaban de moda las Pringles, los panetones Perugina y las cajas de galletas de mantequilla. La comandante se encargaba de vigilar a muerte las canastas, abría una y no abría nada más hasta que se acabara lo que ésa tenía. Lo típico: ketchup, duraznos en conserva, atún, sardinas, de repente el champagne pero siempre el chocolatito caliente Sol del Cuzco. ¿Cómo iba a chorearme las Pringles?

Pasos para chorearte las Pringles de una canasta navideña sin que se den cuenta:
  1. Busca en tu cocina algo de la misma altura, no necesariamente dimensión, pero sí altura. Pueden ser 2 latas de leche por ejemplo o varias latas de conserva.
  2. Ten una tijera muy afilada o una cuchilla si es posible.
  3. Consigue cinta adhesiva transparente y que sea del mismo tamaño que la usada en la canasta.
  4. Busca la unión del papel celofán, porque siempre en las canastas un pliego no alcanza, entonces hay que pegar dos.
  5. Corta con muuuuuuucho cuidado esa unión siguiendo el sentido del papel. No la cagues cortando en otro sentido.
  6. Saca las Pringles.
  7. Mete el elemento falso.
  8. Junta el celofán pegando exactamente igual como lo encontraste.
  9. ¡CORRE HUEVÓN!

Así fue como me tragué todas las cositas ricas que estaban en las canastas. Pero claro, a la comandante no se le podía engañar. Primero ¿Cómo iba a deshacerme de la evidencia? Yo era chiquilla, mi mamá todavía entraba a mi cuarto a limpiar, todavía revisaba mi mochila y mis cajones, dónde se suponía que iba a ocultar tantas latas y cajas y envolturas. Mmmmm... había que mejorar la táctica.

Una buena mañana me la quise dar de Misión Imposible y decidí sacar un panetón. La cosa era cómo iba a igualar algo tan grande. No solo en altura, si no en dimensión, además un panetón se nota. Era muy peligroso. Honestamente no sé qué metí ahí, creo que dejé la caja vacía y corrí sin mirar atrás a mi cuarto. Me tragué medio panetón sola.

Esa tarde una tía fue a casa con sus hijas de visita. Mi mamá siempre ayudaba a su familia con víveres o en general con lo que se pudiera y qué mejor idea navideña que armarle una súper canasta sacando cosas de todas las canastas. PUTA MADRE. 

Yo sudaba frío desde la escalera. "Cinthya María, ¿No vas a bajar a saludar a tu tía?" Bajé, saludé y me encerré en mi cuarto, esperando, impaciente, ansiosa, temerosa. Me iban a sacar la mierda.

Lo lógico y estoy segura que lo que están esperando es el grito de ¡Cinthya María! pero no, no fue así; mi mamá no gritó, no hizo un escándalo. Fue algo peor: el silencio. No se escuchaba absolutamente nada... me acerqué despacito a la puerta y cuando la abrí ahí estaba ella, con los brazos en la cintura y su cara de grumpy cat. "¿Dónde está la comida?" -Qué comida mamita ☺-

De un chancletazo me sacó del camino y empezó a buscar; cajones, ropero, tacho de ropa sucia, debajo de la almohada, en el closet de mi hermana... nada. -¿Qué pasa mamita, se perdió algo?- Hasta que de pronto lo escuché, ahora sí queridos lectores, ahora sí viene... ¡CINTHYA MARÍA DE FÁTIMA! (puta madre mi nombre completo). Y sacó la bolsa de panetón y las 20 latas de Pringles que estaban debajo de mi cama, estratégicamente protegidas por mis muñecas.

Y así fue como las medidas de seguridad se volvieron extremas en casa. Yo seguí gorda, pero había aprendido mi lección. Ya cuando crecí y tenía dinerillo me compraba mil Pringles y varios panetones y mucho más ricos y me lo comía con mi papá ¡Ja!

Espero que esta historia haya alegrado un poco sus vidas. Yo, me iré a comer mi ensalada de lechuga tomate y pepino, porque tanto panetón y papitas ahora me cobran factura. Buena suerte, y buen provecho. Cierren su refri cuando los visite.

martes, 3 de mayo de 2016

Mamá por un día

Esta crónica la escribí el 12 de mayo, 2012 y ahora la comparto por aquí con todos. 


El embarazo siempre fue una pastilla difícil de tomar. Nunca he sido una persona maternal y me gustan los niños de lejos. Tengo muchas amigas con niños pero siempre he mantenido mi distancia, sobre todo cuando son pequeños. Si son hijos de extraños peor aún. No soporto estar en lugares donde hay mucha bulla, niños corriendo, niños llorando. Detesto las rabietas, los vómitos, los "no me gusta", "no quiero comer", "no me quiero lavar los dientes". 

Muchos piensan que estar cerca de los 30 ha activado mi chip maternal y que es por eso que últimamente me han escuchado hablar de pañales, babitas, biberones y donantes de semillitas. Lo que muy pocos saben, y es la primera vez que me atrevo a contarlo abiertamente, es que hace unos 6 años aproximadamente yo estaba más que segura, más que lista y más que decidida, a ser mamá.

Mi mamá cursaba el último año de psicología y tenía que hacer sus prácticas en una casa hogar para niños que quedaba en La Molina y un buen día me pidió que por favor fuera a ayudar a una niña que estaba en 5to de secundaria e iba a jalar inglés en el colegio. Mi respuesta fue rotunda: NO. Como dije al inicio, no me gustaban los niños y menos si eran ajenos. Pero me acosó tanto que terminé aceptando y recuerdo muy bien que un miércoles que no tenía que trabajar, subí al carro y llegué a la casa amarilla.

Desde afuera se escuchaba el griterío de niños jugando y eso me ponía muy nerviosa. Si bien iba como voluntaria y no tendría por qué tener relación mayor con ellos, no quería estar con mala cara o que se sintieran rechazados por mi poco feeling maternal. Tenía en claro que eran niños que habían pasado por abuso, por tristezas, por traumas y no podía venir yo con mi burbuja anti critters a hacerlos sentir peor. Respiré profundo y me abrió la puerta la Señora Luisa. Me abrazó tan fuerte que me dejó sin palabras y con una sonrisa agradeció que yo estuviera ahí.

Crucé el patio que tenía unos columpios y pelotas gastadas. Al ver el suelo vi dibujado con tiza el clásico juego de "mundo" que me hizo acordar cuando estaba chiquita y lo jugaba con mis amigos de la cuadra. Mirando al cielo, en las ventanas veía ojitos asustados que me miraban fijamente y se escondían al encontrar mi mirada, que también estaba asustada. Algunos niños corrían alrededor mío, yo trataba de mantener una sonrisa "natural" y que mi corazón acelerado no delatara mi nerviosismo e incomodidad.

Cuando entré me presentaron como la Miss Fátima, quien iba a ayudar a Luz Elena con sus clases de inglés una vez a la semana. Por suerte, la niña tenía 17 y como a los 18 años debía salir de la casa hogar, estaba preocupada por no jalar el curso y que pierda el año escolar. Una señorita linda, morenita, con una trenza y muy ordenada. Con mucha educación me saludó y me dijo que me iba a mostrar el salón donde estudiaríamos. Cuando quise avanzar escuché un "hola" muy agudo que venía del suelo. Al voltear, una nena de 4 años jalaba a duras penas un banquito hacia mí; se subió en él y con sus ojos gigantes preguntó mi nombre. Le respondí y le pregunté el de ella. Se llamaba Carina y tenía la sonrisa más linda que he visto en el mundo. Se bajó del banquito y se fue.

A las dos horas salí del salón y me despedí de Luz Elena, quedando en verla la próxima semana. En las escaleras me esperaba Carina y muy triste me preguntó si ya me iba. Le contesté que sí pero que volvía la próxima semana y me preguntó si yo era profesora de otra cosa, porque a ella no le enseñaban inglés, entonces, cómo podía ella estar conmigo si no hablaba inglés. Me mató. Me reí y le dije que encontraríamos algo para hacer juntas. Una oración tan simple, que de repente en ese momento la dije por compromiso, la dije por decir, salió y ya, no me la tomé en serio. Una oración que le hizo la vida a una niña, que feliz se fue saltando a jugar y que cuando llegó el siguiente miércoles, la hizo sentarse en la puerta a esperar a que yo llegara.

A pesar de mi antipatía por los niños, Carina y yo nos hicimos amigas. Siempre corría a abrirme la puerta y cuando me iba me miraba por la ventana muy triste. Poco a poco nos acercábamos más. Yo misma le pedía que me dé un beso o que me abrace, era como si quien necesitaba cariño fuera yo y no ella, pensaba en ella cuando no iba, la extrañaba. A veces trataba de ir más temprano para poder jugar un ratito antes de empezar la clase, para que me enseñe la única muñeca que tenía y que, sin embargo, cada semana tenía un nombre diferente y se ponía más linda.

Dos años después me pidieron ser su madrina de bautizo y sin dudar acepté. A ella no la podían adoptar porque en algún lugar del mundo tenía una abuela, que no se decidía a recuperarla o dejarla ir. Ella veía que los niños regresaban a casa, que otros eran adoptados y venía un papá y una mamá y estaban tiempo con ellos y luego, se iban a casa, felices. Ella no tenía eso y se daba cuenta que mientras más pasaba el tiempo, los niños más grandes no tenían a un papá o una mamá que se los lleve a casa; sabía que mientras más crecía, menos posibilidades tenía de ser adoptada.



Todavía me emociona pensar en ese día de mayo cuando llegué al hogar. Corrió a mis brazos, la cargué, la llené de besos y cosquillas, entramos de la mano a la casa, almorzamos juntas, luego hicimos tareas, le llamé la atención por no portarse bien y luego vimos un rato dibujos con los demás niños en la sala común. Cuando era tarde y me tenía que ir muy tímida me dijo que quería decirme algo pero a solas, así que nos fuimos a la cocina. Me senté y me dijo: yo no tengo mamá, pero tú eres lo que yo conozco como mamá, así que quiero saber, si puedes ir a mi actuación del día de la madre y ser mi mamá por un día.

¿Cómo explicar lo que sentí en ese momento? Yo, la cero niños, me sentí la persona más bendecida en el mundo entero. Había alguien que me admiraba, que quería que yo sea su familia, ese pedazo que faltaba en su vida, así sea por un día, estaba frente a mí con tan solo 6 años. Por supuesto que acepté la invitación y ese día de mayo, estuve en primera fila, aplaudiendo a mi nena en su actuación, escuchando la poesía mil veces con mi cartulina en forma de corazón hecho por fideos codito, conociendo a su profesora, el lugar donde ponía su lonchera, el lugar donde se sentaba, a su mejor amiga, a su mejor amigo, a la señora del kiosco, al señor que cuida la puerta. Yo recién los conocía pero todos ellos me conocían porque ella no dejaba de hablar de mí y de las ganas que tenía que yo fuera su mamá todos los días.

Por más que luego su abuela la dejara apta para adopción, por más que presenté papeles y por más que sustenté que yo era la persona indicada para ella, no la pude adoptar. Y cómo es la vida, si bien yo hubiera podido darle un buen futuro, ella ahora vive en España, con unos padres maravillosos que le pueden dar un futuro 7 veces mejor al que yo le hubiera dado. Y aunque no hemos vuelto a hablar y la despedida fue muy triste, siempre pienso en ella y conservo la foto que le tomé en secreto un día -porque estaba prohibido- la llevo siempre conmigo en un lugar donde nadie la puede ver. 

Esta crónica va para todos los que tienen una mamá; biológica o de cariño o madrastra o tía o abuelita que los cría. Mamá al fin y al cabo, que los quiere, que los cuida, que les deja la comida servida, que les manda taper al trabajo, que les plancha la camisa, que les da la bendición cuando salen, que siempre piensa en nosotros. Abrácenla, porque no tienen idea de lo importante que es tener una cerca. Que tengan todas sus mamás y sobre todo la mía por soportarme, un excelente día el domingo.

sábado, 27 de junio de 2015

¿Escuela para mujeres?

Por muchos años mi madre me persiguió para que aprendiera a cocinar, decía que una mujer completa tiene el deber sagrado de saber cocinar. ¿Cómo vas a sostener la casa? Era la típica pregunta cada que me llamaba para ver cómo preparaba el arroz con pollo, estofado o ají de gallina. Yo le decía ¿Y qué pasa si tengo a alguien que cocine o si a mi esposo le gusta cocinar? Y su respuesta determinante y tajante era "Si tú no sabes, te van a dar cualquier cosa"

Hasta ahí entendía el punto; me podían dar rata y como yo no sabía... pues iba a comerla buenazo como si fuera pollito asado. Pero ya después de muchas batallas perdidas y de mostrar mi poco interés por saber en qué momento están listos los frijoles, mi madre tuvo que sacar la artillería pesada: a un hombre, se le conquista por el estómago.

Haciendo una pausa, debo comentar primero que soy la última de 6 hermanos, mi madre fue ama de casa toda su vida, entregada 24/7 a sus hijos y su esposo. Mi padre siempre me engrió y la verdad es que nunca tuve que aprender a hacer nada. Teníamos una empleada (que sudaba la gota gorda ordenando mi cuarto) tenía chofer, nunca tuve que subir a un micro, cuando mis padres viajaban eran mis hermanas las que se encargaban de la cocina y aunque algunas cosas no había, lo que siempre tuvimos fue comida, techo y toneladas de amor. Yo era una completa inútil.

En los años siguientes, ya adultos y más independientes, comprendí eso que mi madre decía, esa cojudez de que a un hombre se le conquista por el estómago... y después de haber sido causante de varias infecciones estomacales, aunque suene increíble, aprendí a cocinar. Le empecé a agarrar el gusto cuando vivía con mi hermana en USA (porque ella de una cachetada me quitó lo inútil) y cuando volví a Lima y empecé una relación, simplemente comencé a comprender ese pensamiento de esposa de los 50's que mi madre tenía. ¡Decirle a tu pareja "ya está la comida" abre muchísimas puertas! Si está rico te ganaste porque te va a engreír y a "agradecer" muchísimo y puedes aprovechar en pedir esa cartera mostra que viste en Guess o ese viajecito a la playa que en algún momento mencionaron. Si cocinas feo te jodiste porque el viajecito será al chifa más cercano.

Y así mis técnicas culinarias fueron mejorando. Ya sabía lavar ropa también, pasar aspiradora, ordenar, usar bien los productos de limpieza y cómo diferenciar el culantro del perejil. Me había zafado a mi madre de encima ¡Ganadora! Pero luego empezó el tema de cómo ser madre... ¿Ahora cómo me zafo de esta?

Hace unas semanas mi mamá se fue de viaje y yo quedé como ama y señora de la casa al cuidado de mi papá. A las 9.30 me debo levantar para que el desayuno esté listo máximo 10.15: jugo de papaya, avena con un poco de leche, pan caliente en el hornito y algún acompañante: jamón, queso, aceitunas, salchicha o palta. Luego de lavar todo debo ver qué hay para cocinar, pero no solo eso, debo preguntarle a él si eso le parece bien. Si preparo pollo, en cualquiera de sus formas, debe estar frito; si preparo carne, debe estar delgada y muy suave. La comida no puede ser dulce ni agridulce; salada tiene que estar. Si no hay gaseosa tengo que acompañarlo con una limonada o naranjada o lo que sea. Si es pasta no puede ser tornillo, si es arroz que tenga choclo y si es huevo que la yema esté líquida pero no cruda y si es duro, que esté dorada no amarilla. ¡Por la %$$%&%$&/%/%&"#$/&! ¿Tantas cosas tienen que aprender las esposas? 

Ayer me quedé toda la tarde encerrada en mi oficina terminando la segunda temporada de #OITNB y cuando el hambre atacó y fui hacia la cocina para asaltarla, me di con la sorpresa que mi padre no estaba en la casa. Eran las 10.30 de la noche y el celular estaba enchufado cargando, no habíanllamadas perdidas cercanas a esa hora. Mi hermano con quien siempre habla no tenía idea de dónde estaba el señor padre. ¿A dónde iría sin avisar a esa hora y dejando el celular en la casa?

Una hora después se apareció con cara de arrepentido "Morena, me olvidé mi celular, tuve una reunión de trabajo" ¿Cuál fue mi respuesta? ¡Por qué no avisas que vas a salir! Cómo sales y dejas el celular y no me dices "hija estoy saliendo voy a estar en tal lugar, regreso a tal hora". Una acá preocupada porque no sé dónde andas... Y mientras lo mandaba a su cuarto castigado, yo, sentada en el mueble con mi cara de culo tratando de recuperar el aliento, entendí, comprendí y valoré todas esas noches cuando al llegar a casa -sea la hora que sea- encontraba a mi mamá en el mueble con su cara de culo respirando hondo y diciendo "Muchacha dónde estabas... ya llegaste. Me voy a dormir" ♥ Qué jodidas son las mamás... hasta que nos convertimos en una... así sea por un mes.