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martes, 14 de noviembre de 2017

Te veo más tarde, ya regreso.

Llevábamos un tiempo hablando de tener un perro, no necesariamente uno de los dos, pero de tener "nuevos hijos". Él me propuso un chihuahua pero para mí, ¡no es un perro! Demasiado pequeños, demasiado delicados, demasiado chillones. Yo necesitaba un perro fuerte, cazador, aventurero, con elegancia y espíritu de pantera. Me moría por un rottweiler.

En mi casa teníamos una cocker cruzada con setter, negrita llamada Phoebe Anne, nuestra fiel compañera, una señorita que disfrutaba pasar las tardes echada en la cama de mi papá sirviendo de mesita de noche (mi papá le ponía el control remoto en el lomo, ¡y ella no se movía para nada!) Tocaba la puerta para salir, se sentaba cruzando las patitas... era simplemente hermosa. Necesitaba un amigo y yo no lograba convencer a mis papás de llevar un nuevo perro.

Un buen día Brian se apareció con el chihuahua. Su nombre es Che y es argentino, viteh. Yo dije, un hijo nuevo, jugaré con él todo el tiempo, lo amaré con todo mi ser, seremos los mejores amigos y viviremos mil y un aventuras... El perro simplemente me odiaba, desde que me vio se escondió debajo de la cama y no paraba de ladrar, al extremo que me tuve que ir de la casa para que el pequeño Che saliera de su escondite y se callara. Han pasado más de 10 años y me sigue odiando.

Entonces, la situación me pareció completamente injusta. Phoebe ya había pasado su etapa juguetona, si bien era mi compañera, yo quería un pequeñito que también disfrutara jugar conmigo, además de darme nuevos bebés. Ese día convencí a Brian de ir por un nuevo perro.

Yo no tenía ni un puto sol, así que bajo la sabia utilización de mis encantos convencí a Brian de prestarme la plata para comprar el perro. Nos fuimos a la tienda y no podía esperar las horas para tener a mi rottweiler conmigo. La verdad no me importaba si mis papás me decían que no, es que claro, mi casa no es tan grande como para un perrote que necesita espacio para correr y destruir, mi Phoebe era enana, ¡cómo los iba a cruzar! No había planeado nada pero no me importaba, mi perro macho alfa lomo plateado cazador de venados estaba esperando por mí.

No tenemos rottweilers señorita. Así me recibieron en la veterinaria. ¿Y ahora? ¿Qué se suponía que iba a hacer? Los que me conocen saben que si algo se me metió en la cabeza no paro hasta conseguirlo, si yo tenía ya planeado comprar un perro ese día, LO IBA A COMPRAR. Brian me dijo que busque otras opciones, además que un rott me salía carísimo y él no tenía tanta plata para prestarme (ni yo para devolverle) así que empecé a ver a los perros... mismo mercado, viéndolos, eligiendo, comparando, mirando precios.

De pronto nuestros ojos se cruzaron; era una cosa gorda llena de pelo con unas orejas increíbles negras y patas blancas. Tenía la mirada triste y la cabeza hacia abajo, arrinconado en su cajón como una persona que, además de sentirse sola, todos la han rechazado. Hola, perrito. ¿Cómo estás? Parecía que alguien había encendido el switch y su cola empezó a moverse de manera histérica; el perro literal saltó a mí. Fue amor a primera vista.

Milko era el nombre de mi nuevo hijo, un cocker americano gorrrrrrdo, color vaca y lleno de pelo. Desde el momento en que tocó mis brazos supe que sería amor por siempre. Me besó, me mordió la nariz, la manga de la blusa, su ropa nueva, la correa, la cartilla de vacunas... puta madre mordió todo lo que había en el mostrador, hasta la boleta de su compra. La mejor compra que hice.

Mis papás casi se desmayan cuando llegué con el bebe, sobre todo cuando al día siguiente le dije a mi mamá me voy a trabajar acá te quedas con la criatura. Destruyó la sala, mis zapatos, meó toda la alfombra del comedor, rompió todo lo que había a su paso y cada vez crecía y comía más. Era definitivamente un Yataco.

Los años pasaron, Phoebe y él se convirtieron en padres dos veces. De la primera camada nos quedamos con Blondie Marie (totalmente blanca y con orejas rubias) y de la segunda nos quedamos con Junior (más conocido en mis historias como "Perro Tonto"). Phoebe se sentaba en la escalera de la lavandería, cruzaba sus patas y tomaba sol. Abajo, Milko mordía una botella de plástico por el pico y corría de un lado a otro con sus cachorros, ¡les enseñaba a jugar! Adoraban correr por todo el patio con sus botellitas de plástico en la boca. Un padre ejemplar, obviamente supervisado por la madre ejemplar, que luego los llamaba para comer y limpiarlos.

Phoebe nos dejó y al poco tiempo llegó Axel. Se convirtió en el mejor amigo de Milko, le encantaba dormir sobre su cuerpo gordo y peludo y morderle las orejas hasta hartarlo. Blondie creció y se hizo pareja con Junior, por lo que tuvimos que separar a los machos para evitar peleas territoriales y amorosas.

Milko enfermó, empezó a tener problemas del hígado. A la par, Blondie también estaba enferma, tenía un tumor y a pesar de la operación y los cuidados de mis papás no se curaba, la diabetes que tenía por ser gorda no le permitía cicatrizar la herida. No entendíamos cómo de pronto dos de nuestros perros estaban tan enfermos y no mejoraban... ya sabíamos lo que un día iba a pasar.

Morena, los perros ya no dan más, por favor llama a tu amiga y dile que estamos en camino. Llamé a la prima de una amiga que es veterinaria y tiene un hospedaje de perritos en Pachacamac. Nos dio la opción de poder llevarlos ahí, despedirnos y ahí mismo enterrarlos. Mi mamá no quería cremarlos y era imposible que caváramos en el jardín. No quedaba otra que llevar a los bebes a un mejor lugar.

El viaje se hizo eterno, los dos estaban en sus jaulitas completamente alterados y nerviosos, no se calmaban con nada. Cuando llegamos les pusimos las correas y no sabía qué hacer, qué esperar, cómo sería el proceso.

Nunca he conocido a alguien tan humano, Sonia nos explicó que los perros se alteran por no conocer el lugar así que nos llevó a conocer todo el hospedaje para que los bebes se relajen. Caminamos, vieron a otros perritos, corrieron un poco y de pronto estaban tranquilos, calmados y hasta sonrientes. El momento había llegado.

Nos sentamos en unas banquitas y yo los sostuve para que les pusieran la primera inyección, un calmante para que puedan dormirse. Nos explicaron que se iban a marear y de repente vomitarían, a causa del mareo. Milko vomitó un hot dog. Papá, ¿por qué Milko ha vomitado un hot dog? Es que le di un premio, para despedirlo de la casa y por haber sido un gran perro...

Todos rompimos en llanto. Los dos estaban echados en la tierra ya dormidos. Mis papás se despidieron y se fueron al carro a esperarme, no podían ver lo que iba a pasar. Tomé a mi Blondie en los brazos y le aplicaron la inyección, se quedó quietita y la acomodé nuevamente en el suelo con su juguete. Luego me acerqué a mi hijo y puse su cabeza en mis piernas, estaba bien flaco, se bajó muchísimo de peso y su semblante no era el mismo. Me acerqué a su orejita y le dije lo que siempre le decía cuando me iba y lo dejaba detrás de la reja: te veo más tarde perrito, ya regreso. Sonia le puso la inyección, mi gordo dio un intenso suspiro y se fue.

Ya no trajimos más perros, nos quedamos con Junior y Axel que se odian... luego gemelo malvado llegó con dos perros pero lógicamente no son bienvenidos por mí... Ningún perro se podría comparar a mi gordo, ni a mi rubilinda. Nos quedan los mejores recuerdos, las mejores aventuras y travesuras que alguien puede tener.

Hoy Facebook me recuerda este Halloween del 2010, cuando mi gordo se disfrazó de diablo y asustó a todos los niños del condominio. Te extraño un montón perrito, ya nos veremos pronto para jugar con una botella de plástico.


domingo, 16 de abril de 2017

Un cuento, una camisa y una taza de chocolate

Nunca logré descifrar el por qué, qué lo causaba, por qué me sentía así.. ¡es más! Ni siquiera me acuerdo cómo comenzó. Solo recuerdo que me sentaba en la escalera, metía mi carita llorosa por las barandas y gritaba ¡papá!.

El primer recuerdo que se me viene a la mente es cuando tenía 5 años; uno de mis hermanos dijo "ay no, otra vez la negra está llorando". Mi mamá gritaba desde la cocina "Cinthya María, baja. No te quedes sentada en la escalera" pero yo no quería bajar, y me senté ahí con mi cara de poto escondida entre las piernas, con mis colas horrendas y mis medias cubanitas, abrazada de la camisa beige que mi papá me había regalado.

"¿Qué pasa, Morena? ¿Por qué no quieres bajar?" Mi papá siempre subía las escaleras y se sentaba conmigo. Qué tanta huevada le debo haber dicho, seguro que alguno de mis hermanos me pegó o no querían jugar conmigo o me quitaron mi muñeca, en fin... tantos dramas que podemos vivir a los 5 años. Pero eso no importaba, mi papá siempre subía y me hacía la misma pregunta. 

Después de mis largas quejas -siempre acompañadas de un llanto incontrolable- mi papá me cargaba, me llevaba a mi cuarto y me decía que lo espere. Si el roche fue con mis hermanos entonces mi papá hacía que les gritaba y se pegaba en la pierna y ellos gritaban "au, au, no papá, au"... luego se cagaban de risa, ¡y yo los escuchaba! Si era con mis hermanas él solo decía, "es la más chiquita..."

Luego subía con una taza de chocolate caliente; esperaba que me la tomara, acomodaba mi mantita a mi lado y sacaba del primer cajón un cuento. "¿Qué cuento toca hoy, Morena?" Pinocho siempre fue nuestro favorito, lo leíamos una y otra vez... Esa era la única forma de sacarme de las escaleras y hacerme dormir. Al día siguiente siempre todo estaba mejor.

Los viejos hábitos son difíciles de quitarse, ¿no? Ya no hay mantita ni chocolate, tampoco le cuento mis dramas existenciales a mi papá, nos encanta pasar tiempo juntos pero nos decimos muy poco, solo cantamos canciones del ayer en el carro y rajamos de los demás. Aún así, a veces, un cuento ayuda a combatir esas noches de insomnio, esas donde los pensamientos y "las voces" te acosan. Un cuento siempre viene bien. 

Tal vez ahora no me siente en las escaleras esperando que alguien me rescate, pero ese feeling de vacío a veces regresa y sigo sin explicarme el por qué. Lo que he aprendido, 30 años después, es que siempre viene bien tener alguien cerca que te abrace, te escuche y sin importar el motivo, siempre llegue con una taza de chocolate o un cuento para dormir... así sea por teléfono o mensaje.

Gracias tú, por estar siempre ahí. ¿Qué cuento toca hoy?

jueves, 20 de octubre de 2016

Los miércoles usamos rosa.

Ayer, miércoles 19 de octubre, no fue un día normal. Desde temprano me sentí extraña, más sensible de lo habitual, llorosa totalmente, con ganas de quedarme en mi cama tapada y abrazando a mi perro. Ayer fue un día terrible.

Desde temprano las noticias nos indignaban con muertes absurdas e injustas, me la pasé revisando cada actualización, cada detalle, qué pasaba, qué novedades tenían. Tres personas murieron en un incendio, un incendio posiblemente ocasionado. Mi mañana empezaba de la peor forma, yo que ando moqueando por todo, no sé, lo sentía demasiado mío.

Entre cosas del trabajo se te distrae la mente así que pensé que mi día mejoraría un poco; riendo con todos en la oficina, comiendo uno que otro chocolatito -bueno está bien, tragando azúcar a montones- y enfocando mi concentración en cosas buenas. Hasta que Facebook me recordó mis memorias...

En el 2009 ingresé a trabajar a una agencia de medios como practicante. Los que me conocen saben que al inicio es muy difícil para mí adaptarme a nuevas personas, nuevos ambientes... en general a hacer amigos. Un buen día decidí invitarme a almorzar con dos chicas; con una tenía más trato porque estábamos en el mismo piso, con la otra casi nada. Igual aceptaron ir conmigo y nos fuimos al típico menú de la cuadra donde te peleas por una silla y siempre pides más maracuyá.

Ellas conversaban cosas que no entendía, yo seguía comiendo y de tanto en tanto trataba de seguir la conversación, pero era extraño. De pronto una -la que no conocía bien- comentó de la enfermedad de su mamá. ¿Qué tiene tu mami? pregunté con intriga y con ánimos de unirme al tema y de repente aportar con algún remedio casero porque obviamente pensé que seguro la señora tenía gripe, qué sé yo. -Tiene cáncer de mama.- Me quedé helada, no sabía exactamente cómo reaccionar. ¿Qué podía decir? Lo siento mucho, pucha qué feo, en qué etapa está, cómo así... No había nada que yo pudiera decir o hacer para que ella se sintiera menos mal. Imposible que se sintiera bien.

A las pocas semanas su mamá falleció. Ambas seguíamos sin ser cercanas aunque ya habíamos conversado un poco más, pero solo por temas de trabajo. Lo sorprendente fue lo que pasó cuando fui al velorio; ella me vio, sonrió, me abrazó fuerte y me dijo gracias por estar conmigo. Nos volvimos inseparables.

Almorzábamos siempre con toda la mancha, a veces bajaba a su piso y nos quedábamos conversando, éramos las pinky friends y era irónico porque ella criticaba mi obsesión por el rosado pero me imitaba cuando me ponía en plan niñita-fresa-rosa-princesa-escarcha. Chateábamos, nos llamábamos por teléfono y obviamente rajábamos de todo el mundo. Aprendí a conocer bien su trabajo, era una periodista reconocida no sólo por su desempeño, sino por su calidad de persona. La admiraba muchísimo.

Un día nos contó que ella también tenía cáncer, que lo esperaba por el tema de su madre pero que no pasaba nada. Con una frialdad y fuerza indescriptible nos explicó lo que tenía, qué iba a hacer, cuál era el plan, los pasos a seguir y que bueno, nada, le tengamos paciencia cuando vaya a trabajar de mal humor. ¿Trabajar? Yo nunca había tenido un acercamiento con esa enfermedad, todo el tiempo pensaba a mí nunca va a darme... Nunca me informé, nunca busqué más datos, pero lo que tenía claro era que la quimioterapia te tumba, tiene muchos efectos negativos en el cuerpo y te hacía bastante daño; entonces, cómo esta mujer pensaba venir a trabajar después de la quimio, era absurdo.

Su explicación era la siguiente: si estoy en mi casa me voy a aburrir y desesperar. Así que ahí la teníamos, entrando de madrugada para monitorear las noticias de diarios, dirigiendo a su equipo, cumpliendo con todo y con todos, de mal humor ¡Ja! pero ahí estaba ella. Todos cuidábamos lo que comía, si estaba abrigada, cómo se sentía, tratar de animarla, de acompañarla. Nunca perdió la sonrisa, en ningún momento.

Después de un tiempo me pidió un favor, quería que la acompañe a que se corte el cabello para que le hagan una peluca. Ella era una morena hermosa y como se imaginan tenía un montón de cabello, crespo y negro; precioso. Me dijo para ir con otras dos chicas de la oficina y luego salir a celebrar comiendo algo rico. Puta madre qué respondes a eso. Solo dije que sí y nos metimos todas a mi carro. Yo manejaba en silencio pero tratando de no revelar mi cara de confusión, creo que ha sido unas de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Entramos, ella se sentó y yo estaba con la cámara lista, ella quería que le tome fotos y yo cumplía con cada deseo. Yo pensé que le harían una trenza y cortarían y le dejarían el cabello corto, pero ella dijo "Desde arriba, todo, que me quede pelona". Y así fue.

Una señora que llegó la miraba atentamente. ¿No tienes ganas de llorar?, le dijo. Vieja de mierda pensábamos con mis amigas, cómo se le ocurre preguntar algo así. Pero ella solo sonreía y decía que no, que era solo cabello y que pronto le iba a crecer. Vi caer hasta el último mechoncito de rulo y luego empezamos a buscar una peluca provisional. Creo que con esta me parezco a Beyoncé. ¡Y nos quedamos con ésa! Luego terminamos la celebración comiendo tacos en Mi Carcochita, entre muchas risas y bailando Crazy in Love.

Pasamos juntas muchas quimios, almuerzos en el menú, en mi casa, en su casa. A veces discutíamos por el trabajo y luego entendía que ella se sentía mal pero lo ocultaba... otras veces era difícil ocultarlo, ella no estaba bien. 

Ése día ella subió a mi piso, no recuerdo con exactitud qué me dijo pero no tenía buena cara, había bajado de peso, tenía su clásico pañuelo la cabeza con su peluca en una trencita; la noté triste pero tratando de sonreír para su pinky friend. Lo que necesitas es un abrazo. Ella me extendió los brazos, nos abrazamos súper, súper, súper fuerte, la apachurré lo más que pude, tratando de que en mí ella encontrara algo de consuelo, así sea el mínimo. Ésa fue la última vez que la vi.

No fue a trabajar al día siguiente, sabíamos que estaba en la clínica pero pensamos que era solo un malestar y que se recuperaría pronto. Luego en la noche me llamaron y me dieron la noticia. Salí en mi carro a comprar cigarros, no sabía qué hacer, quería gritar de desesperación, era simplemente imposible de creer.

Y así, pasaron los días en la oficina, le hicimos misas, fiestas, recuerdos, todo... tratando siempre de no olvidarnos de ella, de no perder el contacto. El cáncer se llevó a mi amiga en 1 año.

Así que ayer, miércoles 19 de octubre, en el día contra el cáncer de mama, Facebook me jugó un mal rato recordándome esta foto y es extraño porque la foto fue tomada en diciembre del 2009 ¿Por qué me apareció ayer? Para que no me olvide de ella, para que no me olvide que a cualquiera le puede pasar, para que no me olvide de autoexaminarme siempre, de quererme y de cuidarme. Gracias por todo, porque sé que todavía sigues conmigo, pinky friend.


viernes, 14 de febrero de 2014

¡Alerta! La hermanita menor quiere jugar.

Ser la última de seis hijos no es fácil, sobre todo cuando tus hermanos te llevan muchos años de diferencia. Mis pobres hermanos mellizos, que me llevan sólo ocho años, fueron los que más sufrieron con mis juegos de Barbies y la cocinita. Cuando yo tenía 5 años, los mayores tenían 21, 20 y 18 entonces por obvias razones no querían jugar conmigo. Pero los mellizos tenían 13, lo que significaba, que por "dedocracia", les tocaba jugar conmigo.

Yo era insoportable. Bueno, creo que a veces todavía lo soy ¿No? Entraba corriendo al cuarto de ellos y me tiraba en la cama con mi overall de jean, mis zapatillas de Punky Brewster y mis colas horrendas... ¿Qué hacen? era la típica pregunta odiosa que les hacía y ellos, volteando los ojos, decían "Queti". Entonces, el drama de la hermana menor choteada llegaba y en la casa se escuchaba su dolor a viva voz... ¡Mamá! y las lágrimas corrían por mis cachetes gigantes mientras preparaba el paso para aterrizar en los brazos de mi madre comprensiva que les gritaría por molestarme. Pero como son mellizos, se organizaban para detener mi escape; uno en la puerta y otro atrás jalándome del overall. No digas nada negra odiosa. Y como arte de magia, mis lágrimas se convertían en una risa malévola, manipuladora, chinchosa a la potencia máxima. Y siempre terminaban contándome realmente lo que estaban haciendo.

Sin embargo, todo en esta vida tiene un precio y siempre terminamos pagando caro. Era tan espesa que ellos tuvieron que idear un plan para librarse de mí. Cada vez que yo les preguntaba si podía jugar con ellos me decían Ya, pero nosotros jugamos a las peleas. Yo molesta les decía que no, que teníamos que jugar con mis Barbies o ir al parque a montar bicicleta y ellos, atrincherados en el sillón, repetían una y otra vez... Nosotros jugamos a las peleas. Mis llantos ya no funcionaban, mi mamá estaba harta y me decía que no moleste, mi papá les gritaba y luego se cagaban de risa los tres de mí. Era un complot.

Un día me armé de valor y decidí jugar a las peleas con ellos. ¿Qué era lo peor que podría pasar? Los ojos de Martín brillaron cuando les dije que sí quería jugar. Mi hermano Pepe se sobaba las manos y contenía la risa. Los dos se pararon y literalmente... me sacaron la mierda.

¡Mamá! Se escuchó nuevamente por toda la casa. ¿Qué dijo mi madre? Para qué te pones a jugar a las peleas pues. No era justo, yo quería jugar con mis hermanos y ellos me abollaban de la peor manera. Ustedes me conocen, ¿Creen que yo iba a dejar eso pasar? ¡Jamás! Entonces al día siguiente volvía, valiente, decidida, odiosa. Y un día me dijeron que ya no jugarían nunca más conmigo porque yo siempre lloraba y los acusaba con mi mamá; complot N° 2. Yo les juré que no diría nada y que sería valiente como ellos -claro pues, qué les iban a doler mis golpecitos ridículos- y la única condición que pusieron para que me dejaran jugar era no llorar y yo acepté.

En silencio, apretando mis ojitos llorosos, aguantando el dolor y las náuseas, yo aguantaba las dobladas de brazo, los puñetes, jaladas de colitas, apretadas de estómago y puestas de cabeza. Cuando veían que ya no daba más me dejaban darles unos cuantos manotazos y después volvían al ataque. Una vez terminado el juego, donde obviamente yo perdía, me iba a mi cuarto a sobarme callada mientras los inmundos se reían en la sala.

Esta crónica no es para hablar de maltrato infantil, de bullying o de abuso, es para recordar esas historias que te marcan la vida y que ahora, cuando nos sentamos en la mesa familiar todos viejos y gordos, morimos de la risa recordando mis colas horrendas y las sacadas de mierda que me daban. Mi mamá dice que no se acuerda de eso, mi papá se ríe calladito y luego dice Era más odiosa la morena

Todavía cuando me ven en la cama se tiran encima mío, me tiran un puñete en el hombro (sin respetar que tengo uno malo) o me jalan el cabello para "comprobar si tengo extensiones o no". Yo siempre seré su hermanita menor la odiosa, y ellos serán siempre mis hermanos mayores a quienes idolatro. Y siempre, pase lo que pase, siempre querré jugar a las peleas con ellos. Feliz cumpleaños hermanos mellizos. Más tarde los llamaré para preguntarles ¿Qué hacen?