miércoles, 22 de agosto de 2012

¿Por qué no comprar en Wong un domingo a la 1pm?


Cuando mis padres están fuera del país yo me quedo como dueña y señora de la casa y debo velar por mi bienestar, el de mi hermano y nuestros cuatro perros. Pero claro, no podemos hacernos los locos y pasar por alto mi pasión desenfrenada por los deliverys, el hecho de que sólo sé cocinar 3 platos y que me llega cocinarle a mi hermano. ¿Cómo haríamos para sobrevivir? Esa mañana me levanté diferente, me dieron ganas de cocinar, de comprar cositas para la casa, de limpiarla. Esa mañana, me decidí a ir a Wong.

Mi auto aún estaba vivo, pero moribundo como siempre. La noche anterior lo había dejado en la parte de arriba del estacionamiento, y al bajar la pequeña subida dejé el parachoques colgando sólo de un tornillo (son cuatro). No me quedaba otra que agarrar masking tape y tratar de sostenerlo como mejor pudiera. Sí, masking tape. Y era color beige. Además, los que me conocen saben que no me peino, tenía el cabello mal amarrado, me puse el jean roto y un polo cualquiera. No era el look preciso para ir a Wong de La Planicie a la 1:00 de la tarde.

Mi pequeño auto se perdía entre las RAV y las Land Rover; parecía que en ese momento tener un auto de marca y deportivo no importaba. No estaba lavado, había masking tape beige en el parachoques y la chofer despeinada. Pero aun así con la cabeza en alto, logré pasar por el callejón oscuro hacia el estacionamiento; me abrí paso entre la gente, tomé mi carrito y entré.

Hay tres tipos de familia que van a Wong los domingos: los regios, los semi regios y los no tan regios. Empecemos con los regios: mamá tiene una cintura envidiable, su rostro se mueve difícilmente pues el botox y las cremas rejuvenecedoras no se lo permite, no pasan de los 45 años, busto y derriere en su lugar (o más arriba) vestidas como si fueran a una fiesta o un almuerzo en algún club; botas hasta la rodilla, jeans de marca con pedrería, cinturón ancho y blusa o polo de algodón lycrado dentro del pantalón. ¡O sea, te refriegan en tu cara que no tienen ni un gramo de grasa! Lentes oscuros, rubias bronceadas o trigueñas con iluminación. 

Así va la cadena: ellas adelante con la cartera Dior en el codo y el blackberry en la mano. Detrás la cocinera -ojo, es diferente a la nana- quien lleva el carrito y la lista de cosas para comprar. Detrás la hija mayor versión mini de la mamá, luego la nana y luego los otros 2 ó 3 critters gritando en inglés. Porque ellos no hablan español, obviamente. ¿Y papá dónde está? Comprando la carne para la parrilla dominguera en casa de los Romero Berckemeier.

Yo avanzo como puedo entre la gente, tengo un celular en la mano pero no es un blackberry, mi cartera es de "gamarrein couture", no uso polos lycrados ni cagando y no uso correa porque no encuentro una que me quede. Soy trigueña de cabello negro y ese mes no pude comprar mis lentes de contacto de color. Soy común. No me queda otra que sonreír y poner pan en mi carrito.

Los semi regios están constituidos por madres que dejan a sus crías en casa con el marido, quien obviamente los deja desatendidos y la pobre y desamparada madre debe hacer las compras, sola. Ella recibe constantes llamadas en su blackberry sobre temas de coyuntura nacional: no pegarle el chicle a la hermana, cuadras las vacaciones en Cancún antes de las vacaciones en Grecia, no mandar a los hijos a casa del amiguito con porcina. Ellas también me miran mal y creen que soy la hermana de alguna de sus 20 nanas todo porque saliendo del carro me puse una chompita blanca.

Los no tan regios son los peores, los padres que creen que domingo significa ¡Vamos a pasear a Wong! Van con los 4 hijos, la mamá, la suegra, la prima o primo -que se queda el fin de semana- y de paso se ofrecieron a cuidar al vecinito. Papá va adelante con sus bermudas blancos y sus medias hasta la canilla. Mamá viene detrás comprando todo y eligiendo sólo las ofertas. Ella tiene más de 40, sus cremas rejuvenecedoras son Nivea y está un poco gordita; vestida en jean y un blusón. Mientras tanto, los engendros quieren que compre cereal Cocoa Puffs, pero ella compra cereal Ángel. Se pelean por comer el queso Bonlé que invitan, el vino, la jamonada y el tamal. ¡Encima piden dos! Por si fuera poco, de la manera más conchuda también me miran de manera rara; todo porque no distingo el culantro del perejil.

Las cajas están llenas y pareciera que todos se conocen, todos se saludan y hablan de las parrilladas a donde irán, a las que fueron y obviamente las que planean en ese momento. Por fin es hora de pagar y salgo de ahí corriendo. Las miradas aún me crucifican hasta que, por fin, saco mi auto del estacionamiento y veo las letras Wong desaparecer en mi retrovisor, me siento libre. Lamentablemente la paloma que me dejó un regalo en el parabrisas no pensó lo mismo.




miércoles, 15 de agosto de 2012

Adiós Hernán, que te vaya bien.


Acabo de decirle adiós después de 8 años de compañía, complicidad, aventuras y escapes. Lo miré irse por la calle sin mirar atrás, con solo una palmadita de despedida y un “que te vaya bien". Sinceramente, esperando que alguien más pueda cuidarlo mejor y pueda hacerlo correr como se lo merece. Hernán se fue y la próxima vez que lo vea será para firmar su partida definitiva. Hoy, se llevaron mi carro a vender.

Lo compré cuando regresé de mi último viaje de trabajo a Virginia, no tenía idea de qué tipo de carro quería, sólo que quería uno y que sea bonito. Reconozco que no sé absolutamente nada de carros y mi hermano mayor tuvo que explicarme todo. Mi mecánico es la persona con más trabajo en el mundo porque siempre algo me pasa y él debe ir a mi rescate. No sé cambiar una llanta, ver el aceite o medirle el aire. Yo le pongo gasolina, le echo refrigerante y ocasionalmente lo mando a lavar.

Esa mañana mi hermano Martín me dijo que había encontrado algo interesante por Chorrillos y que vayamos a verlo. Primero me entrenó diciéndome que no me vaya a emocionar de inicio, que no acepte nada, que sólo diga que lo vamos a conversar y luego respondemos. Nos metimos el viaje inter provincial y ahí estaba, paradito en la puerta, brillante. Yo no podía probarlo porque no tenía brevete, pero se sentía tan suavecito cuando nos subimos a él y qué rico corría el condenado. Fue amor a primera vista y una vez que nos despedimos y volteamos la esquina, mi hermano y yo nos abrazamos de felicidad porque había encontrado mi primer carro y sobre todo, porque lo estaba comprando con mi propio dinero. Era especial.

Le puse Hernán una noche con mi amiga Stephie, porque lo vimos y dijimos ¿Cara de qué tiene? Pues de Hernán, y así bauticé a mi compañero. ¡Qué no hemos pasado en ese carro! Toda mi época de practicante de producción fue en ese carro, corriendo de un lado a otro llevando a los chicos a sus clases de canto, a comprar vestuario, dejarlos en sus casas, recorrer en hora punta la ruta surco – pueblo libre en 25 minutos para que puedan llegar a tiempo a las grabaciones. Todas las bajadas de llanta en la madrugada, los choques (que debo recalcar siempre fue culpa del otro, nunca mía) el volumen alto con Guns ‘n’ Roses hacia Lunahuaná, el aire acondicionado malogrado en verano camino a Huaral con mi hermano. La ropa en la maletera. La llave rota.

Siempre te recordaré Hernán. No creo que tenga carro en algún futuro cercano porque el tráfico de Lima es demasiado para mi estrés. Pero sí espero que quien te adopte te sepa cuidar, aprenda que la bocina está al costado izquierdo y que el capot debe cerrarse presionando desde encima hacia abajo y no desde adelante hacia atrás. Que si pasas los 100 km/h vas a empezar a toser y que no te gusta escuchar bachata. Que te llega que dejen el techo abierto y que detestas el ambientador con olor a fresa. Espero que tu nuevo dueño te ponga muy bonito. Cuídate Hernán, buen viaje.

domingo, 5 de agosto de 2012

Amores Perros


La verdad no me importa si me juzgan. Yo no juzgo a nadie pero tampoco puedo esperar que no lo hagan conmigo. Trato de no hacer cosas que sean posiblemente juzgables para evitar pasar malos ratos de explicaciones y de hacer cara a otras personas; pero cuando vas a una tienda de fiestas y pides cajas, platos, servilletas y juguetes para la celebración del cumpleaños de tu perro, es muy difícil que no te juzguen. Pero como dije al inicio, la verdad, no me importa.

Soy lo suficientemente consciente para entender que algo así es difícil de entender por muchos. El sólo hecho de vestirlos, tratarlos como personas o tener un trato preferencial con un animal es poco entendible. Yo me pregunto por qué. Un perro, o cualquier animal doméstico, es un ser vivo, con necesidades como todos; tienen hambre, tienen frío, tienen que orinar, tienen que ejercitarse, se resfrían, se deprimen. Se les tiene que poner ropa, qué tiene de malo ponerle una camiseta de tu equipo de futbol favorito, ¿A caso nosotros no nos ponemos camisetas a veces en vez de un polo? O bueno ya, si les ponemos un polo, qué de malo tiene ponerle uno que tenga dibujitos o frases “perrunas”. No creo que una celebración de cumpleaños sea un tema para el programa Tabú de NatGeo.

El menor de los perrunos, y digamos que mi hijo, se llama Axel y el viernes cumplió 4 años. Es un Jack Russell Terrier cruzado que está algo gordito –bueno, qué esperan, es Yataco- y es más inteligente que yo. Dicen que las mascotas se parecen a sus dueños, pues sí, Axel es alérgico a los olores fuertes y a veces le salen ronchas en la piel, constantemente anda yendo al veterinario para que le den medicina, o su abuelo le limpia sus heridas en la piel. No come de todo, le gustan sólo ciertas cosas. Le encanta dormir hasta tarde y cuando está de mal humor se encierra en el baño y no quiere hablar con nadie. Es resentido, pero perdona rápido.

Cuando entro a casa y miro a la derecha para saludarlo, lo veo saltando por encima de la reja, moviendo su cola y llorando desesperado por entrar a la casa conmigo. Abro la reja y corre hacia la puerta de la cocina. Cuando entramos, lo primero que hace es sentarse, porque sabe que voltearé hacia la caja de galletitas y le daré un premio. Una vez devorada la galleta correrá hacia mi cuarto –que es su cuarto- y se meterá a la cama empujando todo lo que está en ella. Y me mirará con esos ojos marrones grandotes que a veces realmente pienso que me están diciendo algo. Me llenará de besos y se dormirá en mis brazos mientras le doy palmaditas en el lomo para que se duerma rápido. Él sabe que soy su mamá, sabe quién es su abuela, dónde queda el cuarto del abuelo, dónde está la oficina y sabe lo que es vamos a dormir, quédate quieto y pórtate bien.

El viernes se fue a la veterinaria para su acicalamiento cumpleañero y me fui con mi asistente a comprar todo para la celebración. Palitos de tocino, galletitas de cordero, pelotas de colores, cajas de Doki y obviamente para los felices padres compré olé olé, chizitos, galletas y mandé a hacer unos cakes de chocolate y vainilla que decían Axel en la envoltura. Estoy segura que a este punto se están riendo o están diciendo ¡esta chica está loca! Pero perdón, ¿a tus hijos no les celebras cumpleaños? ¿Tú no celebras tu cumpleaños? Ya pues, el perro también nació en una fecha y luego de 365 días cumple 1 año más ¿por qué no lo vamos a celebrar?

El sábado todos felices nos fuimos al Parque Raimondi, que les cuento, que si quiero hacerle un cumpleaños a lo grande y llevar una mesa para poner los bocaditos, tengo que pagarle a la Municipalidad de Miraflores S/ 500.00, claro está, una vez enviada mi carta al organizador de eventos municipal. O sea, no estoy llevando un estrado, juegos mecánicos, carritos sangucheros como para decir que estoy haciendo un “evento”. Pero así es, si quiero llevar una mesa ridícula de 2 x 2 para poner la torta de mi perro debo pagar S/ 500.00 así que como buena peruana llevé todas sus sorpresas y la alimentación dentro de una maletita que puse debajo de la banca del parque.

Llegaron mis amigos con sus hijos perros, que también estaban vestidos para la ocasión, con regalos perros para mi hijo perro y felices recibieron sus sorpresas perras en cajita de Doki el perro. Y nos dedicamos a correr por el parque, tomar agua de plato, no alejarnos de la vista de nuestras madres y no morder a nuestros amigos. Fuimos perrunamente felices y nadie nos juzgó, porque todos los que estaban en el parque eran padres perros paseando y celebrando con sus hijos perros.

Si bien mi hijo perro, como cualquier niño, se marea en el carro y me vomitó todas las galletas en el brazo y el vestido, no importó todo el drama cuando lo vi caer rendido en mis brazos de regreso a casa. Despacito entró al cuarto y se echó en la cama con la cabeza en la almohada, me miró y se durmió. Feliz, después de haber disfrutado su fiesta de cumpleaños perruno. Ahora, júzgame pues.

domingo, 15 de julio de 2012

¿Cuánto cuesta mi salud?


El invierno me recibió con varias compras en la farmacia de pastillas para la alergia. Es terrible abrir los ojos y tener que tomarte una sólo para poder salir de la cama. Y no suficiente con eso, cada vez el cuerpo se hace más inmune, tienes que pasar a algo más fuerte y tu bolsillo también se ve afectado. Este invierno no tengo plata y enfrento la pobreza, enferma.
Ahora que soy independiente no tengo seguro médico, no puedo pagarlo, es la verdad, mi realidad y la de muchas personas. No confío en Essalud pero cuando estas cosas pasan me veo obligada a ir a la posta médica de La Molina, donde la consulta cuesta S/ 7.30 y cada último viernes del mes, el laboratorio tiene ofertas y todas las pruebas te salen muy cómodas. Es un lugar cómodo, limpio, te atienden bien -la mayor parte del tiempo- y queda cerca a mi casa. Pero esta vez que fui, para mi mala suerte, la posta estaba cerrada ¿qué iba a hacer? No podía ir a una clínica normal, tenía S/ 50.00 soles en mi bolsillo y mis padres no pagarían otra ida al doctor. Estaba jodida.


Esa mañana desperté con 39.4 de fiebre y no me pasaba con las pastillas que tenía yo en casa, así que en un acto heróico me fui a la posta médica de la Zona Este. Llegamos y me sentí bicho raro, pues todos nos miraban de manera extraña. Estaban las señoras con sus 4 ó 5 hijos con diferencia de edad de 1 año, contando sus céntimos para que todos puedan atenderse. Las adolescentes, todavía en uniforme de colegio con sus barrigas esperando su control natal. Los ancianos que esperan alguna vacuna y nunca falta la señora con su bebe amarrado en la espalda pidiendo que la atiendan, pero que no tiene cómo pagar la consulta; una consulta que costaba, aunque no puedan creerlo S/ 5.00

Entré a triaje y me pusieron el termómetro bajo el brazo y mientras esperaba iban pasando los otros pacientes, en un habitación de 3x3. El ancho de la habitación era el largo de una camilla, yo a un lado sentada en una silla y al frente una niña con varicela y una pequeña mesa con los utensilios médicos. ¿Es usted alérgica a alguna medicina? -Sí, a la penicilina.- ¿Y ya tuvo varicela? -No, no me ha dado.- Su cara de "oops" me puso muy nerviosa mientras la niña me miraba y sonreía, la tenía a muy poca distancia y había mucha gente en el mismo cuartito.

Me pidieron que me sentara afuera y esperara que llamaran mi nombre. Eran unas bancas de madera en pobre estado y no había techo, era un toldo que no filtraba bien el frío. Muchos niños enfermos esperaban también en las bancas, con chompitas que poco les cubrían, gorros, alguna manta. Todos esperando por un doctor, todos iguales, sin preferencias, ni urgencias. Más de una hora pasó para que me llamen y me atienda la doctora en una cuerto tan pequeño como el primero; con su escritorio, camilla y una repisa. Me mandó una inyección de Antalgina para bajarme la fiebre, porque ya habían pasado cerca de 2 horas y yo seguía en 39. Mi mamá fue a comprar la medicina y la jeringa. ¿Cuánto creen que costó?

Antalgina inyectable de 1 grm S/ 0.20 c/u (tenía que comprar dos)

Jeringa S/ 0.30

Aplicación S/ 1.00

Ya en casa, sana y feliz recuperada de la peor bronquitis del mundo me puse a hacer mi investigación y llamé a las 3 principales boticas de Lima. En Fasa la misma Antalgina cuesta S/ 8.90 c/u, la jeringa S/ 0.60 y la aplicación es gratis. En BTL S/ 9.20 c/u, la jeringa S/ 0.30 y no aplican inyecciones. En Inkafarma S/ 7.10 c/u, la jeringa S/ 0.30 y tampoco aplican inyectable. Estamos hablando de un promedio de S/17.20 comparado a S/ 1.70 un equivalente a más del 1000% del precio. El análisis de orina que me mandaron me costó S/ 3.00, el vasito para entregar la muestra S/ 0.40 y el certificado para el descanso médico S/ 2.00. En el Laboratorio ROE un examen de orina completo te cuesta S/ 38.00

Más fue lo que gasté en comprar el antibiótico que me recetaron, que lo que gasté en la consulta y análisis. Pero si nos ponemos a pensar ¿Valió la pena esperar más de 3 horas para recibir una atención promedio y medicinas a bajo costo? En este invierno frío, en un lugar poco abrigador, expuesta a otras enfermedades y con fiebre alta. ¿Lo vale?

viernes, 6 de julio de 2012

Marankiari: con M de Masato




Lo primero que hice fue abrir Google Maps y bus­car: La Merced. Luego calculé el tiempo que nos íbamos a demorar en llegar a la comunidad, revisé la página web de la compañía de trans­portes y procedí a la lista: zapa­tillas, repelente, gorra, cámara, caramelos de limón, linterna y pastillas para la alergia. Estaba muy nerviosa y continuamen­te llamaba a mi compañera de viaje para preguntarle si ella te­nía todo listo, si a mí me faltaba algo. La selva nos esperaba.

Llegué a la estación con 3 ca­jas pesadas llenas de útiles es­colares, con lluvia, cansancio y ansiedad. No siempre la paso bien cuando tengo que cruzar los 4,818 metros de altura de Ticlio, no había podido dormir la noche anterior pensando en eso, pensando en las cosas ra­ras que seguro me darían de comer y que obviamente debía aceptar. Pensando en el propó­sito de nuestro viaje, en que no sólo llevábamos útiles, no sólo llevaba repelente, pastillas y caramelos de limón; llevaba ilu­sión, alegría, educación y pro­greso empaquetados alfabéti­camente en 3 cajas embaladas con mi nombre.

Una vez en el bus, mientras todos dormían y yo golpeaba mi mp3 para que funcione y no morir de aburrimiento las 9 ho­ras de viaje pensé en el inicio de todo. Esa tarde cuando la profe­sora llegó y nos dijo que nues­tro examen parcial era realizar una campaña de responsabili­dad social para los niños de la Comunidad Ashaninka San Mi­guel, en Marankiari. Eran 48 los niños de 3 a 14 años a quienes ayudaríamos y que, a pesar de todas las necesidades que tie­nen en la vida, sólo quieren una cosa: estudiar. Es difícil llevar a cabo una campaña así, sobre todo cuando es un trabajo de todo el salón de clase donde, debo mencionar, yo no conocía a nadie.

Tenía muchas ganas de llegar y conocer a Jayki, él es el Pre­sidente Ejecutivo de Ecomun­do, organización conformada por los mismos jóvenes ashá­ninkas para promover el turis­mo en sus comunidades. La comunidad de San Miguel es la más organizada y sirve como modelo a otras comunidades, pues ya está comprobado que su manera de proceder trae beneficios para todas las fami­lias partícipes. Yo me contacté con Jayki al inicio de nuestra campaña, cuando nos dieron el nombre pero no teníamos dato alguno y era necesario que la página web sea lanzada para empezar a promocionarla. Me metí horas en el bosque curio­so de Google y llegué a su nú­mero de celular. Sin conocerlo, sin conocerme, llegamos a un entendimiento que fue más allá del saludo cordial, fue un inter­cambio de teléfonos, emails y facebooks dándome todos los datos que necesitaba. Sobre todo recuerdo cuando me acla­ró el nombre del distrito: Maran­kiari señorita, Marankiari, con M, con M de masato. Eran 72 familias, y sólo 24 eran partici­pantes y eran esas 24 familias, quienes nos esperaban.

Russell nos esperaba con la camioneta en La Merced. Un jo­vencito muy risueño de 21 años que nos recibió con un abrazo y con mucho sueño, pues nos estuvo esperando desde las 6 de la mañana y llegamos pa­sadas las 9. Tuvimos que via­jar otros 45 minutos para poder llegar a Marankiari y creo que nunca me había maravillado tanto con el paisaje; las nubes tan blancas resaltando en el cielo tan celeste, era imposible no emocionarse, no quedarse sin palabras. En silencio, el so­nido de nuestras cámaras de fotos reinaba y el color verde de los montes reventaba en las pantallas. ¿Cómo es que hay lugares así en nuestro país y nosotros pagamos cientos de dólares por ir a otros países? Por algo estamos aquí, por algo nos eligieron.

A medida que íbamos avanzan­do me daba cuenta que cada vez estábamos más arriba, lite­ralmente la camioneta subía el monte entre angostos caminos rodeados de vegetación. En ese momento yo pensaba que llegaríamos a la comunidad, entregaríamos las donaciones y luego, calabaza calabaza al hotel a bañarnos, descansar y luego a comer en el restauran­te. Pero no era así. Bajamos de la camioneta y dos amigos ves­tidos con cushmas nos dieron la bienvenida y nos invitaron a subir al monte hacia la casa de reuniones. De inmediato me di cuenta que mi físico de rellenita no me ayudaría en este viaje, pero tenía que ponerle buena cara a la situación, no podía ser descortés.

Luego de la ceremonia de bien­venida nos instalamos en nues­tro cuarto, dentro de la misma comunidad en la punta del mon­te y luego bajamos a la casa de Ana y Teófilo para tomar desa­yuno. Ellos eran la familia de­signada a atendernos durante nuestra visita. Nos sirvieron un rico pescado de río frito con yuca y té de hierbaluisa bien caliente para reponernos del viaje. Me contaba Teófilo que cada vez que va un turista es una familia diferente la que los atiende, de esa manera todos se benefician y respetan siem­pre el orden. Ellos se encargan del alimento y el hospedaje si es que el turista no quiere que­darse en la cabaña del monte. Me enseñó un cuaderno donde llevan registro de todos los vi­sitantes y me pidió mi teléfono, le prometí que cuando venga a Lima lo llevaría a comer pollo a la brasa. También me contaba que no reciben ayuda del Go­bierno, ni siquiera de las autori­dades de su provincia, que las personas en la ciudad se burla­ban de ellos por estar vestidos con cushmas, ahí van los indí­genas les dicen.

Han tenido que organizarse en­tre ellos, ver la forma de mejorar la infraestructura de su comuni­dad para poder recibir turistas y ofrecerles una experiencia única Asháninka pero a la vez, ofrecerles las comodidades que necesitan; agua, desagüe, electricidad. Mientras me con­taba eso y yo me chupaba los dedos comiendo mi pescado frito nunca lo vi entristecerse, al contrario, lo veía contento por­que estábamos ahí, porque lo escuchábamos, porque comía­mos en su casa, en su mesa, en sus platos.

Pasadas unas horas fuimos a la sala común y abrimos las cajas, contamos todos los úti­les mientras veíamos las caras de emoción de todos los niños. Nunca vi a alguien abrazar con tanta felicidad una caja de tém­peras, una lonchera, un cuader­no. Todo el malestar de la cam­paña, de la organización, las amanecidas, las peleas, todo eso se fue al olvido con esas caritas, con esas ilusiones.

Una vez que se fueron todos, me quedé sentada en la mesa con Norma, representante de los padres de familia, mamá de Gladys y de Marcos. Señorita, ¿tú sabes hacer animales con globos? –No- le dije y pregunté a qué se debía la pregunta. Me contó que le gustaba aprender cosas nuevas que incentiven la creatividad de los niños, cosas que veía en la tele y que pudie­ran darle un poquito de alegría. ¿Qué necesitas Norma? Aga­chó la cabeza y agarrándome la mano me pidió medicinas, herramientas para hacer mejor las manualidades y poder ven­der más cosas a los turistas, me pidió tiempo, tiempo para volver y enseñarle a los niños inglés, enseñarles a escribir, a leer, a sumar. ¿Quién te pide tiempo en esta época? Cómo decirle que no si me lo pide con el corazón de madre y también con el compromiso a su comu­nidad.

Jayki llegó con Nacho, otro jo­ven que me llevó al bosque a enseñarme cómo hacer una choza para poder cazar anima­les. No creo que para mí sea vi­tal saber cómo se caza un ani­mal, pero lo que sí fue vital fue nuestra conversación. Nacho tiene 23 años y está ahorran­do para poder ir a la universi­dad a estudiar ciencia forestal. Es el cuarto de seis hermanos y sabe que después de dar­le educación a los tres prime­ros es más difícil que sus pa­dres puedan darle educación. Además, él piensa en los más pequeños que tendrán menos oportunidades que él, por eso quiere estudiar, para encargar­se él de la familia. Y uno aquí, con todas las comodidades re­clamando por qué papá no nos presta la camioneta el fin de se­mana para salir a almorzar con las amigas.

De vuelta a la comunidad y lle­gada la hora de despedirnos, Jayki me abraza fuerte y me agradece todo lo que hemos hecho por ellos. Me pinta la cara de rojo con achiote y me regala un tzarato, un collar y una pulsera hechos por Norma que me mira con cara de tris­teza. Abrazo fuerte a Ana y a Teófilo agradeciéndoles todo lo que ellos me enseñaron y pro­metiendo que volvería pronto.

Siento mucha pena de dejar­los, pero al voltear siento que todos se ríen de mí a escon­didas. Nacho, con su cara de travieso, me dice que la estrella que me pinté en el brazo con el jugo transparente del huito se pondrá color azul en unas horas y que, no sólo con eso, me durará cerca de dos sema­nas el tinte. ¡Menos mal que no te pintaste la cara Fátima! Me olvidé de todo y solté una carcajada, me habían hecho la trampa y a sabiendas me deja­ron pintarme el brazo; llegaría a Lima con una mancha –que yo sigo afirmando tenía forma de estrella- gigante en el brazo. La mancha de la travesura.

Y así, subiendo al mototaxi y despidiéndome de todos los ni­ños empezó la bajada del mon­te hacía la civilización. Entre los arbustos, el travieso Nacho nos miraba con una sonrisa de nos­talgia, como si se despidiera de los amigos de la vida, de los amigos de años, de la familia. Y cargando mi saco de paltas, mandarinas, plátanos y mucho café famoso de Chanchamayo, mirando por el espejo me des­pedí de ellos. Me despedí de la comunidad, de los amigos, de los niños ju­guetones, de Teófilo, de Ana, de Jayki y de Norma. Me des­pedí de mi familia. Mi viaje no fue sólo un examen parcial, no fue sólo una nota; fue una clase privada de cómo ser humano.


viernes, 29 de junio de 2012

En La Ceguera Y En La Verdad

Cuando estás gileando a alguien y estás en el típico cuestionario sobre tu color favorito, qué películas ves y cuántas relaciones has tenido, siempre sale la frase soy súper honesto, nunca miento y no me gustan las mentiras. El marketing personal es increíble en la primera cita, todos editamos nuestros pensamientos para que nuestras respuestas lleguen sólo con "la verdad" y lo peor viene cuando la otra persona te dice ¿Es en serio? a ver, cuéntame algo que nadie sepa y tú dices ¡Ah!, cuando llueve, me encanta salir y caminar y pensar en la vida. Ni tu mamá te cree eso.

Hace unas semanas en una de mis clases nos dejaron ver una película, Los Ojos de Julia, un thriller psicológico español con la grandiosa Belén Rueda. Para variar mis carismáticas amigas dijeron que era malísima y se burlaron de mis gustos cinematográficos por Facebook. Pero como soy picona -y digo la verdad- no podía quedarme con los brazos cruzados ante "el ataque" y como tampoco me tomaron el examen pues entonces ahora ustedes, mis queridos lectores, pagarán el pato y se comerán mi apreciación.

No quiero hablar de Julia, de su ceguera, de la muerte o del engaño de las situaciones de la vida. Quiero hablar del asesino. ¿A caso tú sabes lo que es ser invisible, pasar por el lado de alguien y que nadie te mire, que se tropiecen contigo? Y mientras escribo esta crónica y recuerdo esta pregunta y en mi mente veo sus ojos vacíos en la oscuridad y llenos de dolor, agonía, ira y venganza, pienso y me quedo sin aire, porque sí, sí sé que es eso y quien no sabe lo que es, estoy segura, ya hubiera dejado de leer estas líneas.





Ser invisible. ¿Nunca han visto esas películas americanas donde el chico lorna está en el gimnasio y es el último en ser elegido para el equipo y que encima el que lo elige pone una cara de por la puta madre y al final es el lorna quien recoge todas las pelotas y aun así está feliz porque es parte del equipo? Y cuando ves esa película comiendo canchita no te cagas de la risa del pobre loser y lo señalas y gritas ¡loser! y tu enamorada o enamorado te dice no te burles ¿Nunca te ha pasado? y tú respondes a mí nunca me ha pasado eso y te sigues carcajeando. A mí una vez me hicieron esa pregunta, la diferencia es que yo no me estaba riendo y nadie en el grupo de amigos que veía la película emitió sonido ante mi respuesta. Nunca más me vieron igual.

Una vez estaba en el colegio y estaban haciendo equipos para los partidos de volley. Yo nunca fui gran deportista, me gustaban los deportes sí, pero siempre fui más gordita que el resto y mi problema bronquial no era de gran ayuda en mi físico. No sé si tenía amigas, no sé si la palabra amiga en ese momento existió o fue comprendida como debería ser comprendida. No recuerdo si éramos muchas, si éramos pocas, si fue un lunes o un jueves, si fue a la hora de educación física o si fue para las olimpiadas. Lo que recuerdo es la cara de por la puta madre de la hija de puta que tuvo que chantarse mi presencia en su equipo.

Junto con la película nos dejaron leer el súper entretenido cuento de Mario Benedetti “Los Pocillos” que trata sobre un ciego cuernudo, la pendejita de su mujer y el sin vergüenza del cuñado y me dijeron que mi análisis estaba ahí no más. Bueno, volviendo a la verdad de mi piconería y que me la agarro con ustedes, haré mi comentario respectivo que va de la mano con la invisibilidad pero del otro lado, del lado de los que no quieren ver lo que pasa frente a sus narices.

No es necesario que tengamos una condición física para que no veamos las cosas que suceden, porque suceden y están ahí y no se irán y cuando las tapamos con un poquito de tierra, o las hundimos bajo un terral, en algún momento el viento se lleva todo y aparecen y cómo las evitas, cómo las vuelves a tapar sin que esto no te atormente. Como la película del niño loser, que la ves en todo momento. Es verdad -otra vez la verdad- tenemos muchas cosas y muchos secretos, no queremos darnos cuenta de nuestros errores y seguimos saliendo con el mismo chico que nos causa dolor, seguimos perdonando al que se tropieza con nosotros y no se disculpa, seguimos frecuentando el mismo trabajo que no nos gusta, comemos grasa cuando nos ataca el colesterol, mentimos, sí, mentimos a los demás y peor aún, a nosotros mismos.

Pedimos honestidad al mundo y mentimos siempre. Pedimos que nos vean, que nos reconozcan y le hacemos la ley del hielo al chico nuevo del trabajo o de la clase porque no lo conozco y se ve medio pavo. Pedimos que nos escuchen, que nos entiendan, que se pongan en nuestro lugar y cuando nos piden un almuerzo para conversar, un mensaje de texto o simplemente ir a un paseo familiar, decimos que estamos muy ocupados o que tenemos muchas cosas en qué pensar como para cargarte con otras. Soy honesta, al menos esta vez. Porque todos somos ciegos y todos somos invisibles y el que diga que cuando llueve le gusta salir, caminar y pensar en la vida, es un huevón. Ésa, es la verdad.


sábado, 23 de junio de 2012

Tenedor y cuchillo: de afuera hacia dentro



Siempre he sido tosca, un poco ruda, medio lorna y hay un lado al que le llega todo. Cuando era chica, siempre tenía las rodillas raspadas porque andaba por el piso jugando. Moretones porque jugaba a las mechitas con mis hermanos. Si bien me encantaban las muñecas, maquillarme y cambiarle los pañales a mi chichobello, no me podía perder un capítulo de GI Joe.

A mis casi 29 años me sigo tirando un chancho después de tomar gaseosa. Pongo los codos en la mesa. Camino sin zapatos y subo los pies al mueble. Si me pica, me rasco; si me da risa, me carcajeo; si me molesto, grito y te mando bien lejos. No pienso cambiar quien soy, pero he de admitir que aunque tanto me molestaba hacerlo de niña, saber un poco de etiqueta no hace daño a nadie.

A veces pensamos que no es importante, que si uno aprende la manera correcta de cómo sostener una copa de vino entonces se cree pituco o se cree más que los demás, que es posero o ridículo. Digamos que, si la sostengo mal, mi vino se calienta, entonces si la sostengo bien, lo disfrutaré más. Además, ¿a caso pituco es equivalente a tener modales? Le podemos preguntar a Celine Aguirre a ver qué opina.

Una vez hace unos años fui a un matrimonio donde sólo conocía a la novia, me acompañó un amigo. Nos sentamos en la mesa donde compartimos con los familiares de la novia. Como llegamos un poco tarde, si me siento en una mesa llena, es señal de respeto saludar al resto, pero ¿y si no me devuelven el saludo? El caballero de mi derecha levanta el vaso de whisky y le pide al mozo que le sirva más vino. El mozo, muy atento, le hace una señal para que baje el vaso y procede a servirle en la copa correcta. El "caballero" indignado le dice que si no ha estudiado en el colegio, que él le está poniendo el vaso y en cambio le sirven en copa. El mozo sonríe, sirve en el vaso y se lleva la copa.

Mientras veíamos que todos bebían vino en vaso y gaseosa en copa para agua, nosotros poníamos la servilleta de tela en nuestras piernas. Una dama sentada frente a mí se ríe al verme hacer eso y cuelga la suya en su escote. Nos traen una entrada y otro caballero le pide al mozo que "se lleve tanto cubierto, con uno basta" Tomé un poco de agua para poder pasar el nudo en la garganta. Nosotros tomamos el tenedor y cuchillo que estaban hacia afuera y procedimos a comer poniendo al terminar, ambos cubiertos juntos de manera diagonal. Los demás encajaron el cuchillo dentro del tenedor y los pusieron como una gran X sobre el plato.

¿Sería posible que nosotros éramos los bichos raros y la gente, realmente rajaba de nuestra manera de comportarnos en una mesa? Un poco ofendidos nos retiramos temprano después de saludar a los novios.

En mi casa como con cuchara, echo el arroz dentro de la olla para que se moje bien con el juguito del pollo, tomo gaseosa del pico de la botella y lamo el cuchillo. Repito, EN MI CASA.

Tips para que podamos causar una buena impresión cuando estemos en una reunión de trabajo, cena familiar o peor aún, cena con los suegros:

- Si te sirven pan, te lo pondrán a tu lado izquierdo. No lo abras y le metas todo adentro como sanguchito. Rompe un pedazo, le pones la mantequilla y te lo metes todo a la boca. No lo muerdas como si fuera tu francés con dorina.
- El vaso chato redondo es de whisky, el vaso redondo largo es de ron o de gaseosa, si te ponen dos copas, la pequeña es para el vino, la más grande es para el agua.
- Si ves más de un cubierto en la mesa, los de afuera son para el primer plato, los que están adentro (es decir, más cerca al plato) son para el plato de fondo.
- Cuchillo con serrucho es para carne.
- La servilleta de tela es de adorno, no te limpies el ketchup que derramaste en tu polo con eso. 
- Si te limpias la boca, limpia los lados, no te pases la servilleta por toda la boca como si te faltara pinesol.

El único caso salvable es el pollo a la brasa. Ahí sí, chúpate el dedo comiendo el alita y lámete la mayonesa del codo.