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jueves, 8 de junio de 2017

"Menos mal, soy ingeniero"

Una mañana me levanté y fui a la cocina buscando comida. Usualmente me hago el desayuno antes que mis papás así que aproveché en sacar la papaya, calentar el pan y ver qué podía chorearme de la comida "premium" de mi señor padre. Sin embargo, a la mitad de mi batida de huevos y con la sartén bien caliente, noté que algo no estaba bien. Algo no estaba como siempre.

Silencio. La casa estaba en completo silencio. ¿Mamá? ¿Papá? Nada. Silencio. Ni siquiera los perros ladraban, ni siquiera la cosa para los bichos que ponen en el enchufe sonaba con ese ruido tan agudo espantoso que me rompe los oídos. (Nota mental: se supone que solo las ratas escuchan ese ruido y se alejan... Conclusión: soy rata)

Lo más extraño es que los pájaros no cantaban. Acompáñenme en este cuento de amor humano-animal... cuando yo entraba a la cocina en las mañanas una pareja de pajaritos negros, bautizados como LOS CUERVOS por mi padre, se paraba en el borde de la casa exactamente frente a la ventana de la cocina y empezaban a cantar de manera insistente. El chiste al principio era que venían a darme los buenos días, pero no, no señores; la verdad es que Los Cuervos llegaban a pedir su comida.

Mi papá bajaba apresurado ante este reclamo con tan dulce melodía y les ponía migajas de pan en el borde. Ésa era la rutina todas las mañanas y los putos pájaros no se callaban hasta que el señor saliera con sus migajas.

¡Pero en toda historia siempre hay un enemigo! Las pinches palomas. ¡Ah! Palomas del mal, todas grandotas metiéndose con la comida de unos pajaritos. Llegaban todas alborotadas y los botaban, se tragaban todo y luego; cuando les poníamos más comida, regresaban y así una y otra y otra y otra vez. Algo teníamos que hacer y necesitábamos la ayuda de alguien con una inteligencia súper extrema; necesitábamos a un ingeniero.

Volviendo entonces a esa mañana creepy. Ante el terrible silencio salí temerosa hacia la terraza a ver a mis perros. La escena que encontré fue alucinante.

"Morena, he ideado un plan infalible. Mira, en vez de ponerle la comida a Los Cuervos en el borde se la voy a poner al centro de esta repisa, PERO, primero voy a colocar una cartulina encima. Lo importante es que la dimensión de la cartulina debe ser mayor que la superficie de la repisa, debe superarla lo suficiente como para crear un piso falso. Pongo la comida al centro y luego rodeo la zona de alimento con botellas con agua. Tienen que tener agua porque si están vacías se las lleva el viento o las palomas las pueden botar. Otro punto importante es que deben estar muy juntas para que así, cuando las palomas bajen no puedan entrar entre ellas a coger la comida, ¡porque son gordas! La distancia entre las botellas debe ser proporcional a la dimensión del cuerpo de los cuervitos. Ahora, como las palomas no podrán simplemente agarrar la comida en el aire, querrán bajar y pararse en la superficie, pero como son estúpidas, se pararán en el borde y, ¡a la mierda! Al suelo porque la cartulina es doble piso. Jamás podrán agarrar la comida de mis cuervos. Menos mal, soy ingeniero".



Nunca me había cagado tanto de risa. NUNCA. "Eres un pavo, papá". Y con esa sonrisota en la cara, detrás de la ventana vi como iba cayendo paloma tras paloma, todas intentando siempre lo mismo: tomar la comida en el aire, botar las botellas, pararse en el borde. Misión imposible, todas desertaron y se fueron. Felices los amiguitos de mi papá bajaron y se dieron un gran festín.

Feliz día del ingeniero pá, qué bueno es tenerte. 

lunes, 20 de junio de 2016

Hola, soy Fátima y yo... robaba comida

No me estoy presentando ante un grupo de comedores compulsivos anónimos, tampoco estoy tratando de justificar mi obsesión por la chatarra; simplemente, hoy, comparto con todos ustedes algo "curioso" de mí. Yo robaba comida.

Creo que todo comienza con el tan recordado grito de mi madre "¡Cinthya María!" que se escuchaba por toda la casa, pero no era cuando me portaba mal o estaba fastidiando a mis hermanos, era cuando faltaba comida en la olla. 

Mi madre siempre decía: ya sé cuántos pedazos de pollo he dejado, tu plato está servido, ya no hay más, por favor no me toques la olla. Y no estoy hablando de mi época adolescente o de adulta... Yo tenía menos de 10 años cuando mi mamá se llevaba la olla de ají de gallina a su cuarto después de almorzar, para que yo no pase por ahí como choro y del mismo cucharón con el que ella servía, yo sacaba como puré y me lo metía todo a la boca. Luego ¡A correr!

Al principio yo pasaba desapercibida, de chica era flaquita porque en el colegio valoraban mucho la educación física así que me tenían en forma, lo lógico era tirarle la culpa a mis tres hermanos mayores, porque comían como unos salvajes. Pero cuando me cambiaron de colegio y me EXPANDÍ, lo más obvio era tirarle la culpa a la gordita.

Si faltaba pan... fue Cinthya María. Faltaban hot dogs... fue Cinthya María... faltaba un 1/4 de pollo a la brasa... fue Cinthya María. ¡Pobre de mí! ¿Si olía a pedo también le tiraban la culpa a la gordita? No pues, no podía ser posible, así que yo tenía que mejorar mis tácticas de sobrevivencia. Si era ají de gallina primero le ponía un chorrito de leche para que suelte y así podía sacar más cucharadas y la cantidad parecía la misma ante los ojos de la comandante. Si era hot dog, lo cortaba en varios pedazos, cosa que así era imposible saber cuántos había originalmente. ¿Chocolate? cortaba pedacitos pequeños como si se hubiera roto y si se trataba de pedazos de pollo, los deshilachaba para suponer que se habían deshecho por pasarse de cocción. ¿Qué tal pendeja no?

Hubo una época donde, por el cargo profesional de mi papá, nos llegaban a la casa muchas canastas navideñas... MUCHAS. La sala estaba llena de canastas y en esa época recién estaban de moda las Pringles, los panetones Perugina y las cajas de galletas de mantequilla. La comandante se encargaba de vigilar a muerte las canastas, abría una y no abría nada más hasta que se acabara lo que ésa tenía. Lo típico: ketchup, duraznos en conserva, atún, sardinas, de repente el champagne pero siempre el chocolatito caliente Sol del Cuzco. ¿Cómo iba a chorearme las Pringles?

Pasos para chorearte las Pringles de una canasta navideña sin que se den cuenta:
  1. Busca en tu cocina algo de la misma altura, no necesariamente dimensión, pero sí altura. Pueden ser 2 latas de leche por ejemplo o varias latas de conserva.
  2. Ten una tijera muy afilada o una cuchilla si es posible.
  3. Consigue cinta adhesiva transparente y que sea del mismo tamaño que la usada en la canasta.
  4. Busca la unión del papel celofán, porque siempre en las canastas un pliego no alcanza, entonces hay que pegar dos.
  5. Corta con muuuuuuucho cuidado esa unión siguiendo el sentido del papel. No la cagues cortando en otro sentido.
  6. Saca las Pringles.
  7. Mete el elemento falso.
  8. Junta el celofán pegando exactamente igual como lo encontraste.
  9. ¡CORRE HUEVÓN!

Así fue como me tragué todas las cositas ricas que estaban en las canastas. Pero claro, a la comandante no se le podía engañar. Primero ¿Cómo iba a deshacerme de la evidencia? Yo era chiquilla, mi mamá todavía entraba a mi cuarto a limpiar, todavía revisaba mi mochila y mis cajones, dónde se suponía que iba a ocultar tantas latas y cajas y envolturas. Mmmmm... había que mejorar la táctica.

Una buena mañana me la quise dar de Misión Imposible y decidí sacar un panetón. La cosa era cómo iba a igualar algo tan grande. No solo en altura, si no en dimensión, además un panetón se nota. Era muy peligroso. Honestamente no sé qué metí ahí, creo que dejé la caja vacía y corrí sin mirar atrás a mi cuarto. Me tragué medio panetón sola.

Esa tarde una tía fue a casa con sus hijas de visita. Mi mamá siempre ayudaba a su familia con víveres o en general con lo que se pudiera y qué mejor idea navideña que armarle una súper canasta sacando cosas de todas las canastas. PUTA MADRE. 

Yo sudaba frío desde la escalera. "Cinthya María, ¿No vas a bajar a saludar a tu tía?" Bajé, saludé y me encerré en mi cuarto, esperando, impaciente, ansiosa, temerosa. Me iban a sacar la mierda.

Lo lógico y estoy segura que lo que están esperando es el grito de ¡Cinthya María! pero no, no fue así; mi mamá no gritó, no hizo un escándalo. Fue algo peor: el silencio. No se escuchaba absolutamente nada... me acerqué despacito a la puerta y cuando la abrí ahí estaba ella, con los brazos en la cintura y su cara de grumpy cat. "¿Dónde está la comida?" -Qué comida mamita ☺-

De un chancletazo me sacó del camino y empezó a buscar; cajones, ropero, tacho de ropa sucia, debajo de la almohada, en el closet de mi hermana... nada. -¿Qué pasa mamita, se perdió algo?- Hasta que de pronto lo escuché, ahora sí queridos lectores, ahora sí viene... ¡CINTHYA MARÍA DE FÁTIMA! (puta madre mi nombre completo). Y sacó la bolsa de panetón y las 20 latas de Pringles que estaban debajo de mi cama, estratégicamente protegidas por mis muñecas.

Y así fue como las medidas de seguridad se volvieron extremas en casa. Yo seguí gorda, pero había aprendido mi lección. Ya cuando crecí y tenía dinerillo me compraba mil Pringles y varios panetones y mucho más ricos y me lo comía con mi papá ¡Ja!

Espero que esta historia haya alegrado un poco sus vidas. Yo, me iré a comer mi ensalada de lechuga tomate y pepino, porque tanto panetón y papitas ahora me cobran factura. Buena suerte, y buen provecho. Cierren su refri cuando los visite.

jueves, 25 de febrero de 2016

Come gelatina... y no jodas!


Cuando la gente se entera que estoy en un plan nutricional y que en la primera semana bajé 4.3kg, la primera reacción que tiene es «¡Qué chévere yo quiero!» me sonríen, me abrazan, me felicitan, me dan ánimos porque en su mente la idea de hacer dieta es divertido.

Yo me quedo callada, solo sonrío y digo «Sí, es bastante esfuerzo y no la estoy pasando fácil» y ahí vienen otra vez los consejos y tips, como no mezcles tal con tal, cómete un ajo en las mañanas, corre 5 vueltas a La Planicie. Acto seguido: quieren copiar mi dieta. Emocionadas mis amigas -que dicen estar cerdas y solo tienen 5-10 kilos de sobrepeso- sacan su celular para tomarle fotos a mi plan semanal y lo realmente divertido es ver la metamorfósis de sus rostros cuando empiezan a leer...

PROHIBIDO COMER:
Arroz
Pan
Camote
Choclo
Pasta
Papa
Palta
Gaseosas
Frutas como chirimoya, uva, mango
Y sobre todo... NO DULCES!!!!

«¿Tampoco puedo tomar alcohol?» No estúpida, tampoco puedes tomar alcohol, ni gaseosa light o zero, ni comerte una cucharita de arroz ni una papita frita con ketchup. ¡No! Tienes que comerte el pollo a la brasa sin pellejo ni papas ni alita y tomar todo jugo con Splenda. Ah, tampoco puedes fumar, así que cuando empiezas a sudar de la desesperación por un Sublime lo único que te queda es tomarte 2 vasos de agua. «¿Limonada puede ser?» ¡No carajo! Agua sola todo el puto día... 2 litros como mínimo, hasta que te salga el agua por las orejas. ¿Todavía te parece espectacular mi dieta huevonaaaaaa? Tu único placer será comer gelatina light y cerrar el hocico.  

Ahora, no todo es magia, yo tengo una condición médica y tengo que medicarme y no, no son pepas aceleradoras ni quemadores de grasa. Es una pastillita hermosa ella, fabulosa, que me ayuda con mi insulina. ¡Vamos a la parte médica del post!

Digamos que mi cuerpo bota 10/10 de insulina cada vez que como; entra la comida, que usualmente es alta en azúcar: KFC, Burger King, Papa Johns, Las Canastas, Mis Costillitas, etc. entonces usaba mi 10/10 de insulina. ¿Qué pasa cuando comía «normal»? Arroz con pollo, lomo saltado, tallarines verdes. Usaba 7/10 y ese 3/10 no era absorbido por mi cuerpo, asi que se quedaba flotando en mi sangre alterando sabe Dios cuántas partes de mi bello ser. Lo normal es que el cuerpo se chupe esa insulina extra para que termine de hacer su función: comerse el azúcar, ¿Y dónde hay azúcar acumulada en el cuerpo? En la grasa, y de esa me sobra.

¿Fabulosa mi pastilla que ayuda a que mi cuerpo se coma mi grasa no? ¡No, no es fabulosa! Porque uno siempre tiene que leer la letra pequeña: «Efectos secundarios que se presentan con mayor frecuencia: diarrea, náuseas, hinchazón, dolor de estómago, flatulencia, indigestión, sabor metálico desagradable en la boca, acidez, dolor de cabeza, dolor muscular» ¿Bacán no?... ¡No!

Ya se imaginan que a estas alturas mis amigas están completamente asqueadas y mi dieta la tiraron por ahí y se pidieron otra cerveza mientras yo sigo tomando agua -o voy al baño-.Pero bueno, los buenos deseos siempre están ahí y con muchos ánimos para que no desista de mi meta, que no es estar flaca, sino estar por fin SANA.

La próxima semana les cuento cómo me fue en el control con el doctor más cool del mundo Gerardo Bouroncle y tengo que ir a conocer a mi endocrinólogo para verme la tiroides -sí, otra pastillita fabulosa seguro me va a mandar ese huevón- así que ahí les cuento ¡Mándenme muchas buenas vibras! Permiso, me voy al baño.