domingo, 16 de abril de 2017

Un cuento, una camisa y una taza de chocolate

Nunca logré descifrar el por qué, qué lo causaba, por qué me sentía así.. ¡es más! Ni siquiera me acuerdo cómo comenzó. Solo recuerdo que me sentaba en la escalera, metía mi carita llorosa por las barandas y gritaba ¡papá!.

El primer recuerdo que se me viene a la mente es cuando tenía 5 años; uno de mis hermanos dijo "ay no, otra vez la negra está llorando". Mi mamá gritaba desde la cocina "Cinthya María, baja. No te quedes sentada en la escalera" pero yo no quería bajar, y me senté ahí con mi cara de poto escondida entre las piernas, con mis colas horrendas y mis medias cubanitas, abrazada de la camisa beige que mi papá me había regalado.

"¿Qué pasa, Morena? ¿Por qué no quieres bajar?" Mi papá siempre subía las escaleras y se sentaba conmigo. Qué tanta huevada le debo haber dicho, seguro que alguno de mis hermanos me pegó o no querían jugar conmigo o me quitaron mi muñeca, en fin... tantos dramas que podemos vivir a los 5 años. Pero eso no importaba, mi papá siempre subía y me hacía la misma pregunta. 

Después de mis largas quejas -siempre acompañadas de un llanto incontrolable- mi papá me cargaba, me llevaba a mi cuarto y me decía que lo espere. Si el roche fue con mis hermanos entonces mi papá hacía que les gritaba y se pegaba en la pierna y ellos gritaban "au, au, no papá, au"... luego se cagaban de risa, ¡y yo los escuchaba! Si era con mis hermanas él solo decía, "es la más chiquita..."

Luego subía con una taza de chocolate caliente; esperaba que me la tomara, acomodaba mi mantita a mi lado y sacaba del primer cajón un cuento. "¿Qué cuento toca hoy, Morena?" Pinocho siempre fue nuestro favorito, lo leíamos una y otra vez... Esa era la única forma de sacarme de las escaleras y hacerme dormir. Al día siguiente siempre todo estaba mejor.

Los viejos hábitos son difíciles de quitarse, ¿no? Ya no hay mantita ni chocolate, tampoco le cuento mis dramas existenciales a mi papá, nos encanta pasar tiempo juntos pero nos decimos muy poco, solo cantamos canciones del ayer en el carro y rajamos de los demás. Aún así, a veces, un cuento ayuda a combatir esas noches de insomnio, esas donde los pensamientos y "las voces" te acosan. Un cuento siempre viene bien. 

Tal vez ahora no me siente en las escaleras esperando que alguien me rescate, pero ese feeling de vacío a veces regresa y sigo sin explicarme el por qué. Lo que he aprendido, 30 años después, es que siempre viene bien tener alguien cerca que te abrace, te escuche y sin importar el motivo, siempre llegue con una taza de chocolate o un cuento para dormir... así sea por teléfono o mensaje.

Gracias tú, por estar siempre ahí. ¿Qué cuento toca hoy?

jueves, 20 de octubre de 2016

Los miércoles usamos rosa.

Ayer, miércoles 19 de octubre, no fue un día normal. Desde temprano me sentí extraña, más sensible de lo habitual, llorosa totalmente, con ganas de quedarme en mi cama tapada y abrazando a mi perro. Ayer fue un día terrible.

Desde temprano las noticias nos indignaban con muertes absurdas e injustas, me la pasé revisando cada actualización, cada detalle, qué pasaba, qué novedades tenían. Tres personas murieron en un incendio, un incendio posiblemente ocasionado. Mi mañana empezaba de la peor forma, yo que ando moqueando por todo, no sé, lo sentía demasiado mío.

Entre cosas del trabajo se te distrae la mente así que pensé que mi día mejoraría un poco; riendo con todos en la oficina, comiendo uno que otro chocolatito -bueno está bien, tragando azúcar a montones- y enfocando mi concentración en cosas buenas. Hasta que Facebook me recordó mis memorias...

En el 2009 ingresé a trabajar a una agencia de medios como practicante. Los que me conocen saben que al inicio es muy difícil para mí adaptarme a nuevas personas, nuevos ambientes... en general a hacer amigos. Un buen día decidí invitarme a almorzar con dos chicas; con una tenía más trato porque estábamos en el mismo piso, con la otra casi nada. Igual aceptaron ir conmigo y nos fuimos al típico menú de la cuadra donde te peleas por una silla y siempre pides más maracuyá.

Ellas conversaban cosas que no entendía, yo seguía comiendo y de tanto en tanto trataba de seguir la conversación, pero era extraño. De pronto una -la que no conocía bien- comentó de la enfermedad de su mamá. ¿Qué tiene tu mami? pregunté con intriga y con ánimos de unirme al tema y de repente aportar con algún remedio casero porque obviamente pensé que seguro la señora tenía gripe, qué sé yo. -Tiene cáncer de mama.- Me quedé helada, no sabía exactamente cómo reaccionar. ¿Qué podía decir? Lo siento mucho, pucha qué feo, en qué etapa está, cómo así... No había nada que yo pudiera decir o hacer para que ella se sintiera menos mal. Imposible que se sintiera bien.

A las pocas semanas su mamá falleció. Ambas seguíamos sin ser cercanas aunque ya habíamos conversado un poco más, pero solo por temas de trabajo. Lo sorprendente fue lo que pasó cuando fui al velorio; ella me vio, sonrió, me abrazó fuerte y me dijo gracias por estar conmigo. Nos volvimos inseparables.

Almorzábamos siempre con toda la mancha, a veces bajaba a su piso y nos quedábamos conversando, éramos las pinky friends y era irónico porque ella criticaba mi obsesión por el rosado pero me imitaba cuando me ponía en plan niñita-fresa-rosa-princesa-escarcha. Chateábamos, nos llamábamos por teléfono y obviamente rajábamos de todo el mundo. Aprendí a conocer bien su trabajo, era una periodista reconocida no sólo por su desempeño, sino por su calidad de persona. La admiraba muchísimo.

Un día nos contó que ella también tenía cáncer, que lo esperaba por el tema de su madre pero que no pasaba nada. Con una frialdad y fuerza indescriptible nos explicó lo que tenía, qué iba a hacer, cuál era el plan, los pasos a seguir y que bueno, nada, le tengamos paciencia cuando vaya a trabajar de mal humor. ¿Trabajar? Yo nunca había tenido un acercamiento con esa enfermedad, todo el tiempo pensaba a mí nunca va a darme... Nunca me informé, nunca busqué más datos, pero lo que tenía claro era que la quimioterapia te tumba, tiene muchos efectos negativos en el cuerpo y te hacía bastante daño; entonces, cómo esta mujer pensaba venir a trabajar después de la quimio, era absurdo.

Su explicación era la siguiente: si estoy en mi casa me voy a aburrir y desesperar. Así que ahí la teníamos, entrando de madrugada para monitorear las noticias de diarios, dirigiendo a su equipo, cumpliendo con todo y con todos, de mal humor ¡Ja! pero ahí estaba ella. Todos cuidábamos lo que comía, si estaba abrigada, cómo se sentía, tratar de animarla, de acompañarla. Nunca perdió la sonrisa, en ningún momento.

Después de un tiempo me pidió un favor, quería que la acompañe a que se corte el cabello para que le hagan una peluca. Ella era una morena hermosa y como se imaginan tenía un montón de cabello, crespo y negro; precioso. Me dijo para ir con otras dos chicas de la oficina y luego salir a celebrar comiendo algo rico. Puta madre qué respondes a eso. Solo dije que sí y nos metimos todas a mi carro. Yo manejaba en silencio pero tratando de no revelar mi cara de confusión, creo que ha sido unas de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Entramos, ella se sentó y yo estaba con la cámara lista, ella quería que le tome fotos y yo cumplía con cada deseo. Yo pensé que le harían una trenza y cortarían y le dejarían el cabello corto, pero ella dijo "Desde arriba, todo, que me quede pelona". Y así fue.

Una señora que llegó la miraba atentamente. ¿No tienes ganas de llorar?, le dijo. Vieja de mierda pensábamos con mis amigas, cómo se le ocurre preguntar algo así. Pero ella solo sonreía y decía que no, que era solo cabello y que pronto le iba a crecer. Vi caer hasta el último mechoncito de rulo y luego empezamos a buscar una peluca provisional. Creo que con esta me parezco a Beyoncé. ¡Y nos quedamos con ésa! Luego terminamos la celebración comiendo tacos en Mi Carcochita, entre muchas risas y bailando Crazy in Love.

Pasamos juntas muchas quimios, almuerzos en el menú, en mi casa, en su casa. A veces discutíamos por el trabajo y luego entendía que ella se sentía mal pero lo ocultaba... otras veces era difícil ocultarlo, ella no estaba bien. 

Ése día ella subió a mi piso, no recuerdo con exactitud qué me dijo pero no tenía buena cara, había bajado de peso, tenía su clásico pañuelo la cabeza con su peluca en una trencita; la noté triste pero tratando de sonreír para su pinky friend. Lo que necesitas es un abrazo. Ella me extendió los brazos, nos abrazamos súper, súper, súper fuerte, la apachurré lo más que pude, tratando de que en mí ella encontrara algo de consuelo, así sea el mínimo. Ésa fue la última vez que la vi.

No fue a trabajar al día siguiente, sabíamos que estaba en la clínica pero pensamos que era solo un malestar y que se recuperaría pronto. Luego en la noche me llamaron y me dieron la noticia. Salí en mi carro a comprar cigarros, no sabía qué hacer, quería gritar de desesperación, era simplemente imposible de creer.

Y así, pasaron los días en la oficina, le hicimos misas, fiestas, recuerdos, todo... tratando siempre de no olvidarnos de ella, de no perder el contacto. El cáncer se llevó a mi amiga en 1 año.

Así que ayer, miércoles 19 de octubre, en el día contra el cáncer de mama, Facebook me jugó un mal rato recordándome esta foto y es extraño porque la foto fue tomada en diciembre del 2009 ¿Por qué me apareció ayer? Para que no me olvide de ella, para que no me olvide que a cualquiera le puede pasar, para que no me olvide de autoexaminarme siempre, de quererme y de cuidarme. Gracias por todo, porque sé que todavía sigues conmigo, pinky friend.


martes, 23 de agosto de 2016

El último-primer beso

El primer beso. ¿Se acuerdan cómo fue? Vamos a retroceder unos cuantos añitos y pensemos en nuestro primer-primer beso, pero no contemos en los típicos piquitos de jugar Botella Borracha pues ¡Nada que ver! Espero que todos cuando piensen en eso sonrían y tengan un bonito recuerdo.

Yo tenía 14 o 15, estaba en 4to de secundaria y eran los Juegos Florales. Como todos los años, yo ganaba el concurso de literatura y me hacían leer un poema frente a todos; estaba en falda y en blusa de vestir y nerviosa a más no poder, no por leer, sino porque el chico súper churro que había conocido hacía un tiempo iría a verme.

Un poco más alto que yo, de ojos claros, cabello negro y linda sonrisa. -Un re patán, pero estaba bueno- Llegó temprano, se sentó y se comió toda la presentación del evento; cuando terminé de leer y bajé del escenario me lo encontré en la puerta y me dijo para "ir a caminar". ¡Aló! Estábamos dentro del colegio a dónde se suponía que iríamos a caminar. Él estaba en la universidad, creo que tenía 22, y yo era reeeeeeecontra pavaza (más) así que cruzamos la cancha de fulbito y nos sentamos en las escaleras del patio de primaria.

Conversamos un montón, honestamente creo que hablábamos huevadas pero yo estaba encantada porque OBVIAAAAA era un chico mayor que iba a verme al colegio. A mí, a la lorna del salón #Winner. De pronto, el señor que cuidaba la puerta desapareció, estábamos literalmente solos. "¿Quieres bailar?" Yo como imbécil con mis ojitos de babosa 😍 me paré, lo abracé y empezamos a bailar. No sé qué me hablaba, yo solo pensaba "que no venga mi papá, que no venga mi papá". Me miró y me besó. De ahí llegó el de la portería le contó a mi papá, él a mi mamá, ella me gritó. Castigada.

Todos los primeros besos tienen algo mágico y distinto entre ellos. O sea, cuando te besas con alguien siempre es el "primer beso" pero nunca sientes lo mismo. ¿Cuál es entonces el verdadero verdadero primer beso? Pues la respuesta es fácil, tu verdadero primer beso es el último que das.

No recuerdo exactamente cómo fue. Tengo clarísimo el antes y el después pero el preciso momento pues, es un nubarrón de sentimientos locos y latidos acelerados de, no solo el primer beso, sino, de la primera cita. Me recogió de la casa de una amiga y nos fuimos a un barcillo a tomar unas chelas y conversar, literalmente nos estábamos conociendo y a pesar de estar re nerviosa me sentía muy cómoda; esa comodidad de estar relajada sin pensar en etiquetas ni poses ni nada, algo tan transparente que querías mantenerlo por muchas horas. Cuando cerraron el bar cerca de las 3am no queríamos despedirnos así que nos sentamos en las bancas de un parque y seguimos conversando; de la vida, de nosotros, de los ex, de los planes, qué te gusta, qué no te gusta... qué te gusta de mi...

Él estaba cansado, en un momento se agarró los ojos y empezaron a lagrimear. "Pobrecito, no llores please". Hasta ése momento el único acercamiento fue para saludarnos, ni siquiera me había agarrado la mano ni abrazado ni nada, estábamos los dos sentados en la banca cada uno en su "espacio de protección". A la mierda, ¿A qué hora me va a besar? Le sequé las lágrimas con mis dedos y al tocarlo todo se congeló. Él solo me miró con esos ojotes bellos y dijo: me encanta cómo me tratas. Y ya. ¡Lo siento señores no me acuerdo lo demás!


Ése fue mi último-primer beso. El verdadero. El único que vale. El único que cuenta. ¿A ustedes ya les pasó?

lunes, 20 de junio de 2016

Hola, soy Fátima y yo... robaba comida

No me estoy presentando ante un grupo de comedores compulsivos anónimos, tampoco estoy tratando de justificar mi obsesión por la chatarra; simplemente, hoy, comparto con todos ustedes algo "curioso" de mí. Yo robaba comida.

Creo que todo comienza con el tan recordado grito de mi madre "¡Cinthya María!" que se escuchaba por toda la casa, pero no era cuando me portaba mal o estaba fastidiando a mis hermanos, era cuando faltaba comida en la olla. 

Mi madre siempre decía: ya sé cuántos pedazos de pollo he dejado, tu plato está servido, ya no hay más, por favor no me toques la olla. Y no estoy hablando de mi época adolescente o de adulta... Yo tenía menos de 10 años cuando mi mamá se llevaba la olla de ají de gallina a su cuarto después de almorzar, para que yo no pase por ahí como choro y del mismo cucharón con el que ella servía, yo sacaba como puré y me lo metía todo a la boca. Luego ¡A correr!

Al principio yo pasaba desapercibida, de chica era flaquita porque en el colegio valoraban mucho la educación física así que me tenían en forma, lo lógico era tirarle la culpa a mis tres hermanos mayores, porque comían como unos salvajes. Pero cuando me cambiaron de colegio y me EXPANDÍ, lo más obvio era tirarle la culpa a la gordita.

Si faltaba pan... fue Cinthya María. Faltaban hot dogs... fue Cinthya María... faltaba un 1/4 de pollo a la brasa... fue Cinthya María. ¡Pobre de mí! ¿Si olía a pedo también le tiraban la culpa a la gordita? No pues, no podía ser posible, así que yo tenía que mejorar mis tácticas de sobrevivencia. Si era ají de gallina primero le ponía un chorrito de leche para que suelte y así podía sacar más cucharadas y la cantidad parecía la misma ante los ojos de la comandante. Si era hot dog, lo cortaba en varios pedazos, cosa que así era imposible saber cuántos había originalmente. ¿Chocolate? cortaba pedacitos pequeños como si se hubiera roto y si se trataba de pedazos de pollo, los deshilachaba para suponer que se habían deshecho por pasarse de cocción. ¿Qué tal pendeja no?

Hubo una época donde, por el cargo profesional de mi papá, nos llegaban a la casa muchas canastas navideñas... MUCHAS. La sala estaba llena de canastas y en esa época recién estaban de moda las Pringles, los panetones Perugina y las cajas de galletas de mantequilla. La comandante se encargaba de vigilar a muerte las canastas, abría una y no abría nada más hasta que se acabara lo que ésa tenía. Lo típico: ketchup, duraznos en conserva, atún, sardinas, de repente el champagne pero siempre el chocolatito caliente Sol del Cuzco. ¿Cómo iba a chorearme las Pringles?

Pasos para chorearte las Pringles de una canasta navideña sin que se den cuenta:
  1. Busca en tu cocina algo de la misma altura, no necesariamente dimensión, pero sí altura. Pueden ser 2 latas de leche por ejemplo o varias latas de conserva.
  2. Ten una tijera muy afilada o una cuchilla si es posible.
  3. Consigue cinta adhesiva transparente y que sea del mismo tamaño que la usada en la canasta.
  4. Busca la unión del papel celofán, porque siempre en las canastas un pliego no alcanza, entonces hay que pegar dos.
  5. Corta con muuuuuuucho cuidado esa unión siguiendo el sentido del papel. No la cagues cortando en otro sentido.
  6. Saca las Pringles.
  7. Mete el elemento falso.
  8. Junta el celofán pegando exactamente igual como lo encontraste.
  9. ¡CORRE HUEVÓN!

Así fue como me tragué todas las cositas ricas que estaban en las canastas. Pero claro, a la comandante no se le podía engañar. Primero ¿Cómo iba a deshacerme de la evidencia? Yo era chiquilla, mi mamá todavía entraba a mi cuarto a limpiar, todavía revisaba mi mochila y mis cajones, dónde se suponía que iba a ocultar tantas latas y cajas y envolturas. Mmmmm... había que mejorar la táctica.

Una buena mañana me la quise dar de Misión Imposible y decidí sacar un panetón. La cosa era cómo iba a igualar algo tan grande. No solo en altura, si no en dimensión, además un panetón se nota. Era muy peligroso. Honestamente no sé qué metí ahí, creo que dejé la caja vacía y corrí sin mirar atrás a mi cuarto. Me tragué medio panetón sola.

Esa tarde una tía fue a casa con sus hijas de visita. Mi mamá siempre ayudaba a su familia con víveres o en general con lo que se pudiera y qué mejor idea navideña que armarle una súper canasta sacando cosas de todas las canastas. PUTA MADRE. 

Yo sudaba frío desde la escalera. "Cinthya María, ¿No vas a bajar a saludar a tu tía?" Bajé, saludé y me encerré en mi cuarto, esperando, impaciente, ansiosa, temerosa. Me iban a sacar la mierda.

Lo lógico y estoy segura que lo que están esperando es el grito de ¡Cinthya María! pero no, no fue así; mi mamá no gritó, no hizo un escándalo. Fue algo peor: el silencio. No se escuchaba absolutamente nada... me acerqué despacito a la puerta y cuando la abrí ahí estaba ella, con los brazos en la cintura y su cara de grumpy cat. "¿Dónde está la comida?" -Qué comida mamita ☺-

De un chancletazo me sacó del camino y empezó a buscar; cajones, ropero, tacho de ropa sucia, debajo de la almohada, en el closet de mi hermana... nada. -¿Qué pasa mamita, se perdió algo?- Hasta que de pronto lo escuché, ahora sí queridos lectores, ahora sí viene... ¡CINTHYA MARÍA DE FÁTIMA! (puta madre mi nombre completo). Y sacó la bolsa de panetón y las 20 latas de Pringles que estaban debajo de mi cama, estratégicamente protegidas por mis muñecas.

Y así fue como las medidas de seguridad se volvieron extremas en casa. Yo seguí gorda, pero había aprendido mi lección. Ya cuando crecí y tenía dinerillo me compraba mil Pringles y varios panetones y mucho más ricos y me lo comía con mi papá ¡Ja!

Espero que esta historia haya alegrado un poco sus vidas. Yo, me iré a comer mi ensalada de lechuga tomate y pepino, porque tanto panetón y papitas ahora me cobran factura. Buena suerte, y buen provecho. Cierren su refri cuando los visite.

viernes, 10 de junio de 2016

Rojo significa pare... idiota.

Ya acabaron las elecciones y estoy simplemente saturada de tanta publicación pleitista e hipócrita en todas las redes sociales. Por un lado en mi casa hasta la colchita para taparse mientras ves televisión es naranja, entro a Facebook y tengo a los Ppkausas, los VeroLovers, los KeikoNoVa y los que primero eran moraditos y ahora solo comparten las noticias de La República. Estoy harta.

No importa que ya tengamos presidente, la gente se desgasta hablando de que no fue elegido por la mayoría de la población, que fue el mal menor, que ganó para que la otra no gane. Hagámonos una pregunta ¿Qué mierda hago por mi país? Porque para señalar los errores de los ex o futuros gobernantes ufff... somos muy buenos. Ponemos toda nuestra fe en una persona y su gabinete, cosa que si algo sale mal ya tenemos a quién tirarle la piedraza.

A continuación yo te voy a dar unos ejemplitos bien didácticos de lo imbécil que eres cuando te portas de esta manera, pero después sales a marchar "por el bienestar de tu país"

  • Cuando hay solo un carril para doblar a la derecha pero tú eres vivo y te metes como sea primerito bloqueando el otro carril y creando un tráfico del orto.
  • Llegas a algún centro de atención, sacas tu ticket, te sale el número 500 y van en el 85. Te metes como sea a la ventanilla "porque estás apuradito"
  • Cuando el semáforo está en rojo y faltan 02 segundos para cambiar... ya estás acelerando y tocando la bocina al de adelante.
  • Le gritas a tu hijo por que en la universidad no citó y le anularon el examen pero tú jalas el wifi del vecino o te llevas el papel higiénico de los restaurantes. 
  • Rajas de tu jefe, te quejas de tu trabajo, de tus horarios, de que es muy lejos, de que todos están en tu contra y encima, como eres rebelde, haces tu trabajo sin ganas y mal.
  • Le robas al turista. No solo sus pertenencias sino también su plata con tus precios "para extranjeros"
  • Te quedas con el vuelto de más.
  • Te callas cuando te cobran menos.
  • Te estacionas en lugares con línea amarilla, en la calle, frente a cocheras y para discapacitados. ¿Por qué? porque te cagas en la noticia.
  • Le bajas plata al tombo que te paró. Por más que no hayas cometido falta y te quieran estafar, caes, permites, atracas.
  • Cruzas por la mitad de la calle.
  • Cruzas cuando está en rojo.
  • Ves que le están pegando a alguien y te quedas callado. Así sea a tu vecinito.
  • Agredes físicamente a cualquier ser vivo.
Si te sientes identificado con alguna de las tantas cojudeces que la gente hace, entonces qué piensas hacer tú por tu país de ahora en adelante. Empieza saludando cuando llegas a algún lugar, pide por favor, da las gracias. Valora tu trabajo, a tu familia, a los lugares públicos. ¡No escupas en la pista puta madre! Métete tu cáscara de mandarina o plátano en el sostén si no tienes dónde botarla. Empieza a leer, búscate tú una oportunidad para crecer y enséñale a tus hijos a cruzar por las esquinas, porque la próxima que te encuentre saltando el divisor central con un peque de 3 años en plena Javier Prado... te voy a perseguir.

Con muuuuuuuuuuuucho amor,

Fátima ♥

jueves, 26 de mayo de 2016

¿Qué te gusta de mí?

«Todo.» Ésa fue mi respuesta, una de las mentiras más grandes que he dicho en la mismísima cara de la persona. «¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? Obviamente me gusta todo de ti. Me ofendes.» Y después de mi respuesta hipócrita, falsa, mentirosa y descarada nos pusimos a planear la boda.

«En la esclavitud -amor obsesivamente autodestructivo o sometimiento masoquista, o ambos-, las metas pueden ser las mismas, pero la profundidad y la insatisfacción de la necesidad condena al amante a una casi inevitable derrota.»

Aquí pues, retomando la lectura en este libro fabuloso que compré hace unos años, Sueños de Amor y Encuentros Decisivos de Ethel S. Person; llego a la conclusión de que a veces el amor nos vuelve unos pelotudos. Personas con un grado de necesidad nivel master-daster-baster con un único propósito: amor; sin darse cuenta que el resultado de esa búsqueda insaciable es el sufrimiento. Diferencia entre dolor y sufrimiento: el dolor es automático, orgánico y natural. Te golpeas y te duele. El sufrimiento es adquirido, es opcional. Tú eliges sufrir. 

Creo que teníamos 10 meses de estar comprometidos y a pesar de que mi papá se oponía totalmente al matrimonio yo estaba decidida a casarme. Me tenía que casar. ¡TENÍA QUÉ! Así que empecé a organizar todo; la iglesia, el vestido, las damas, la recepción, quiénes irán, dónde van a sentarse, qué orquesta tocará, dónde será la luna de miel y etc, etc, etc. ¿Cuánta ilusión trae un matrimonio no? Buscas en todas las revistas, ves Say Yes To The Dress temporadas 1 - 500 y empiezas la dieta máxima. Llamas a todos tus contactos para ver qué servicios pueden darte y si te dan la rebajita, sacas la cuenta de cuánto debes ahorrar mensualmente para poder costear una boda de ¿10? ¿20? ¿30? mil dólares porque la fiesta lo es todo y porque todos deben asistir. La luna de miel en Grecia, la recepción en hacienda, el vestido de diseñador, la familia del extranjero, los amigos artistas...

Para que entiendan un poco mi cerebro retorcido. Cuando tenía 6 años nos fuimos de vacaciones a Disney, el lugar de la magia, las princesas y la "belleza", el lugar donde los sueños se hacen realidad. Un día paseando por algún mall de Miami, mi mamá y yo nos topamos con una tienda llena de Barbies, de piso a techo, de extremo a extremo. Yo, la niña medio regordeta de cabello oscuro y un cerquillo espantoso, me quedé enamorada de la Barbie Novia; perfecta, impecable, de blanco, feliz. Lloré y acompañé mi llanto con una rabieta pero no me la compraron y a mi tan corta edad juré algún día tenerla o ser como ella. A mis 33 solo diré que más parezco Barney. ¡Pero bue!

Volviendo al tema central, después de una pelea -la décima o la enésima- él me hizo esa pregunta y más pudo el miedo a la soledad,el miedo a cancelarlo todo, a decir que ya no había boda, que ya no había nada a decir la verdad de la milanesa. No me gustaba ni mierda de él. No había algo de lo que pudiera sentirme orgullosa, de lo que pudiera alardear. Ni como persona, ni físicamente, mucho menos de manera intelectual. ¿Qué me gustaba de él? Pues nada.

Son situaciones como ésta que te hacen pensar qué es más importante. Todos en algún momento queremos aparentar algo; yo aparentaba felicidad pura con una rocaza en el dedo. ¿Y en qué acabó? En desastre, engaño, deudas y más deudas. 

¿Qué te gusta de mí? Una pregunta básica en toda relación. Mientras más larga la lista en la respuesta SINCERA mucho mejor ¿No creen? Ahora no vayas corriendo a preguntársela a tu pareja, no todos son expresivos, pero si cuando pasan las 11.30pm y no te escribe avisándote que ya llegó a su casa, o si le mandas una Bembos a su trabajo solo porque sabes que no almorzó o si haces la ruta Narnia - Magdalena solo por verlo 5 minutos... tal vez, ésta vez, sí te gusta todo de él. Y mucho. 

martes, 3 de mayo de 2016

Mamá por un día

Esta crónica la escribí el 12 de mayo, 2012 y ahora la comparto por aquí con todos. 


El embarazo siempre fue una pastilla difícil de tomar. Nunca he sido una persona maternal y me gustan los niños de lejos. Tengo muchas amigas con niños pero siempre he mantenido mi distancia, sobre todo cuando son pequeños. Si son hijos de extraños peor aún. No soporto estar en lugares donde hay mucha bulla, niños corriendo, niños llorando. Detesto las rabietas, los vómitos, los "no me gusta", "no quiero comer", "no me quiero lavar los dientes". 

Muchos piensan que estar cerca de los 30 ha activado mi chip maternal y que es por eso que últimamente me han escuchado hablar de pañales, babitas, biberones y donantes de semillitas. Lo que muy pocos saben, y es la primera vez que me atrevo a contarlo abiertamente, es que hace unos 6 años aproximadamente yo estaba más que segura, más que lista y más que decidida, a ser mamá.

Mi mamá cursaba el último año de psicología y tenía que hacer sus prácticas en una casa hogar para niños que quedaba en La Molina y un buen día me pidió que por favor fuera a ayudar a una niña que estaba en 5to de secundaria e iba a jalar inglés en el colegio. Mi respuesta fue rotunda: NO. Como dije al inicio, no me gustaban los niños y menos si eran ajenos. Pero me acosó tanto que terminé aceptando y recuerdo muy bien que un miércoles que no tenía que trabajar, subí al carro y llegué a la casa amarilla.

Desde afuera se escuchaba el griterío de niños jugando y eso me ponía muy nerviosa. Si bien iba como voluntaria y no tendría por qué tener relación mayor con ellos, no quería estar con mala cara o que se sintieran rechazados por mi poco feeling maternal. Tenía en claro que eran niños que habían pasado por abuso, por tristezas, por traumas y no podía venir yo con mi burbuja anti critters a hacerlos sentir peor. Respiré profundo y me abrió la puerta la Señora Luisa. Me abrazó tan fuerte que me dejó sin palabras y con una sonrisa agradeció que yo estuviera ahí.

Crucé el patio que tenía unos columpios y pelotas gastadas. Al ver el suelo vi dibujado con tiza el clásico juego de "mundo" que me hizo acordar cuando estaba chiquita y lo jugaba con mis amigos de la cuadra. Mirando al cielo, en las ventanas veía ojitos asustados que me miraban fijamente y se escondían al encontrar mi mirada, que también estaba asustada. Algunos niños corrían alrededor mío, yo trataba de mantener una sonrisa "natural" y que mi corazón acelerado no delatara mi nerviosismo e incomodidad.

Cuando entré me presentaron como la Miss Fátima, quien iba a ayudar a Luz Elena con sus clases de inglés una vez a la semana. Por suerte, la niña tenía 17 y como a los 18 años debía salir de la casa hogar, estaba preocupada por no jalar el curso y que pierda el año escolar. Una señorita linda, morenita, con una trenza y muy ordenada. Con mucha educación me saludó y me dijo que me iba a mostrar el salón donde estudiaríamos. Cuando quise avanzar escuché un "hola" muy agudo que venía del suelo. Al voltear, una nena de 4 años jalaba a duras penas un banquito hacia mí; se subió en él y con sus ojos gigantes preguntó mi nombre. Le respondí y le pregunté el de ella. Se llamaba Carina y tenía la sonrisa más linda que he visto en el mundo. Se bajó del banquito y se fue.

A las dos horas salí del salón y me despedí de Luz Elena, quedando en verla la próxima semana. En las escaleras me esperaba Carina y muy triste me preguntó si ya me iba. Le contesté que sí pero que volvía la próxima semana y me preguntó si yo era profesora de otra cosa, porque a ella no le enseñaban inglés, entonces, cómo podía ella estar conmigo si no hablaba inglés. Me mató. Me reí y le dije que encontraríamos algo para hacer juntas. Una oración tan simple, que de repente en ese momento la dije por compromiso, la dije por decir, salió y ya, no me la tomé en serio. Una oración que le hizo la vida a una niña, que feliz se fue saltando a jugar y que cuando llegó el siguiente miércoles, la hizo sentarse en la puerta a esperar a que yo llegara.

A pesar de mi antipatía por los niños, Carina y yo nos hicimos amigas. Siempre corría a abrirme la puerta y cuando me iba me miraba por la ventana muy triste. Poco a poco nos acercábamos más. Yo misma le pedía que me dé un beso o que me abrace, era como si quien necesitaba cariño fuera yo y no ella, pensaba en ella cuando no iba, la extrañaba. A veces trataba de ir más temprano para poder jugar un ratito antes de empezar la clase, para que me enseñe la única muñeca que tenía y que, sin embargo, cada semana tenía un nombre diferente y se ponía más linda.

Dos años después me pidieron ser su madrina de bautizo y sin dudar acepté. A ella no la podían adoptar porque en algún lugar del mundo tenía una abuela, que no se decidía a recuperarla o dejarla ir. Ella veía que los niños regresaban a casa, que otros eran adoptados y venía un papá y una mamá y estaban tiempo con ellos y luego, se iban a casa, felices. Ella no tenía eso y se daba cuenta que mientras más pasaba el tiempo, los niños más grandes no tenían a un papá o una mamá que se los lleve a casa; sabía que mientras más crecía, menos posibilidades tenía de ser adoptada.



Todavía me emociona pensar en ese día de mayo cuando llegué al hogar. Corrió a mis brazos, la cargué, la llené de besos y cosquillas, entramos de la mano a la casa, almorzamos juntas, luego hicimos tareas, le llamé la atención por no portarse bien y luego vimos un rato dibujos con los demás niños en la sala común. Cuando era tarde y me tenía que ir muy tímida me dijo que quería decirme algo pero a solas, así que nos fuimos a la cocina. Me senté y me dijo: yo no tengo mamá, pero tú eres lo que yo conozco como mamá, así que quiero saber, si puedes ir a mi actuación del día de la madre y ser mi mamá por un día.

¿Cómo explicar lo que sentí en ese momento? Yo, la cero niños, me sentí la persona más bendecida en el mundo entero. Había alguien que me admiraba, que quería que yo sea su familia, ese pedazo que faltaba en su vida, así sea por un día, estaba frente a mí con tan solo 6 años. Por supuesto que acepté la invitación y ese día de mayo, estuve en primera fila, aplaudiendo a mi nena en su actuación, escuchando la poesía mil veces con mi cartulina en forma de corazón hecho por fideos codito, conociendo a su profesora, el lugar donde ponía su lonchera, el lugar donde se sentaba, a su mejor amiga, a su mejor amigo, a la señora del kiosco, al señor que cuida la puerta. Yo recién los conocía pero todos ellos me conocían porque ella no dejaba de hablar de mí y de las ganas que tenía que yo fuera su mamá todos los días.

Por más que luego su abuela la dejara apta para adopción, por más que presenté papeles y por más que sustenté que yo era la persona indicada para ella, no la pude adoptar. Y cómo es la vida, si bien yo hubiera podido darle un buen futuro, ella ahora vive en España, con unos padres maravillosos que le pueden dar un futuro 7 veces mejor al que yo le hubiera dado. Y aunque no hemos vuelto a hablar y la despedida fue muy triste, siempre pienso en ella y conservo la foto que le tomé en secreto un día -porque estaba prohibido- la llevo siempre conmigo en un lugar donde nadie la puede ver. 

Esta crónica va para todos los que tienen una mamá; biológica o de cariño o madrastra o tía o abuelita que los cría. Mamá al fin y al cabo, que los quiere, que los cuida, que les deja la comida servida, que les manda taper al trabajo, que les plancha la camisa, que les da la bendición cuando salen, que siempre piensa en nosotros. Abrácenla, porque no tienen idea de lo importante que es tener una cerca. Que tengan todas sus mamás y sobre todo la mía por soportarme, un excelente día el domingo.