viernes, 1 de junio de 2018

Las zapatillas de ballet

Hace unas semanas mi sobrino Fabricio de 3 años estuvo en casa. Es una bala; volteas 5 segundos y ya desapareció. Es aventurero, le encanta explorar, ensuciarse, saltar en los charcos, comer la galleta que se cayó al suelo. Uno de sus lugares favoritos es el jardín de mi mamá, que está pegado al cerro... a nosotros nos aterra que esté ahí porque se puede caer por tratar de treparse o golpearse con alguna piedra. Pero cuando le preguntas qué está haciendo, te dice que está en búsqueda de huesos de dinosaurios...

En cierto momento se portó mal y le dije que ya no podía subir a explorar. El berrinche típico de esa edad comenzó y me gritó que quería ver los huesos de dinosaurios, y en un acto desesperado y frustrado por tener disciplina le dije "No existen los huesos de dinosaurio". Me miró decepcionado y se fue.

Después me puse a pensar, ¿cuántas veces hemos dicho cosas por decir, de impulso, del momento y no nos damos cuenta que, literal, matamos las ilusiones? Y no me refiero solo a los niños, en general y de la manera más inocente. 

¿Para qué quieres un carro si ni manejar sabes?
No creo que llegues a ganar.
No es que seas malo, pero de repente no te da para más.
Ni cagando.
¿Por qué no te dedicas a otra cosa?
Papa Noel no existe.

Y así, así, así... una lista interminable de cosas que decimos para frenar las acciones. Y claro, es cierto, a veces no somos buenos para algo o los sueños son muy grandes o irreales o ilógicos pero, ¿quiénes somos nosotros para determinar hasta dónde pueden llegar los sueños de los demás?

Cuando estaba en el nido mi mamá me metió a hacer ballet. Creo que es algo "natural" que las niñas a partir de los 3 años se pongan a estudiar ballet. La verdad es que nadie me preguntó, simplemente me metieron porque las otras niñas también estaban en eso y como siempre he sido muy soñadora pues yo estaba feliz. Tenía un leotard celeste con una cinta azul en la cintura (porque a esa edad sí tenía una), también uno rosado y varias falditas de tul. Mis medias también eran rosadas y mi red para el cabello negra. Al inicio usaba unas zapatillas negras que eran solo para práctica.

Al principio era súper divertido, estaba con mis amigas del nido, podía bailar, me relajaba y conocía otras cosas... Además, era algo muy de niñas y yo estaba acostumbrada a estar con mis hermanos hombres entonces me sentía en el lugar destinado a mi.

Un buen día le dijeron a las mamás que tendríamos la primera presentación, creo que era en La Gata Caliente, y todas nos emocionamos porque actuaríamos frente a mucha gente y además tendríamos vestuarios lindos. El día de comprar las zapatillas de ballet oficiales había llegado. Todas las niñas se probaban las suyas y torpemente trataban de pararse de puntas. ¡Se veía tan lindo! Mi turno llegó. Sacaron los modelos y me los probaron, mi mamá no estaba. Cuando tenía los zapatos puestos, que me dolían como la mierda, la profesora y la vendedora dieron unos cuantos pasos hacia atrás y se quedaron mirándome...

Mis ojotes estaban abiertos tratando descifrar por qué me miraban tanto. Luego me di cuenta. No se fijaban en mí, se fijaban en mis pies. "Tienes los pies chuecos, muñeca. Nunca podrás bailar ballet". Y mientras una murmuraba a la otra y las otras mamás me miraban con pena y las otras niñas se reían, yo me quitaba las zapatillas y las dejaba a un costado. Nunca más regresé.

No me acuerdo qué excusa le di a mi mamá; si no me gustaba o ya no quería ir o no sé, no lo recuerdo... solo recuerdo que las demás se presentaron en La Gata Caliente y yo no.

Y así igual fue con las clases de charango, de guitarra, de piano, de aeróbicos, de basket, de volley y etc, etc, etc... Por un lado siempre había un pero y por otro mi papá me decía que yo podía hacer cualquier cosa. ¿Quién tenía la razón entonces?

Nunca terminé algo en la vida, nunca pude concluir muchas cosas porque siempre algo me lo impedía y después de muchos años me di cuenta de qué era ese algo: ERA YO. Yo misma me ponía las trabas, los impedimentos... no se trataba de no tener la capacidad para hacer las cosas, la habilidad, las herramientas, no se trataba de no tener los pies. Si yo hubiera querido, lo hubiera podido hacer a pesar de las deficiencias.

¿Te has preguntado cuántos sueños has dejado de cumplir solo por miedo? ¿Por miedo de ser la diferente? ¿Por miedo a que se burlen de ti o te critiquen? Creo que nos hace mucha falta aprender a decir YA QUÉ CHUCHA y simplemente lanzarnos a nuevas aventuras. 

Cuando empecé a creer en mí terminé mi carrera, aprendí a hacer las recetas de Tasty, armé mis freelos, me compré un carro, conseguí mi asenso... logré publicar este blog ♥

Y aunque a veces me falta el aire y siento que no sirvo o que mis sueños son muy irreales, al menos ya no veo los peros, ya no veo las limitaciones, solo veo nuevas oportunidades. Más difíciles tal vez, pero cuando llegue a la meta... se sentirá como tener las zapatillas de ballet bien puestas en mis pies chuecos. Mis pies perfectos para mí.

domingo, 15 de abril de 2018

Una cita conmigo

Cuando terminé con Diego, hace 10 años, no podía hacer nada sola. Era súper difícil el simple hecho de sentir que, desde ese momento, todo lo tenía que hacer sola. Tenía que estar buscando a alguien para que me acompañe todo el día, ¡hasta para ir a un cajero! Me sentía una inútil. ¿Les ha pasado? Ese feeling de que no puedes hacer nada si es que no tienes a alguien al costado, que no puedes resolver problemas, que no puedes enfrentarte a situaciones. Literal, yo me sentía una huevada sin sentido y dependiente al grado máximo.

Poco a poco empecé a "enfrentar al mundo" pero no porque me daba cuenta de mi error sino porque no había otra; o hacía yo misma las cosas o me jodía. Así que ni modo.

Varios años después me fui a almorzar con una amiga y ella me contaba que a veces, cuando tenía que hacer tiempo para esperar a su novio, se iba al cine sola. Yo pensé, una cosa es hacer tus cosas sola, que es lo más normal, y otra es ir al cine sola, no seas pendeja. Pero ella me decía que no tenía nada de malo ni de raro, ella disfrutaba mucho estar con ella misma, tener su espacio, su tiempo y hacer lo que le gustaba, ver la película que le gustaba y comer lo que a ella le gustaba. Y luego me miró y me dijo "¿no te gusta pasar tiempo contigo misma? ¿no te gustas?"

Todo el camino a mi casa me quedé pensando. ¿Me gusto? ¿Disfruto de estar conmigo misma? ¿Me quiero? ¿Me acepto? Todas mis respuestas eran negativas. Por mucho tiempo yo viví pensando que el problema del mundo era yo, que todas las cosas que no funcionaban eran por mi; yo no era suficiente, no valía la pena, no era perfecta, no era flaca, no era bonita y así y así y así... entonces, ¿cómo podía yo disfrutar de estar conmigo? Mis momentos de soledad eran los peores del mundo y vivía deprimida, ya no era un tema de hacer cosas sola sino un tema de aprender a convivir conmigo misma. Yo me odiaba.

Fui a terapia por mucho tiempo, me ayudó en muchas cosas, en otras me quedé a la mitad del camino. No sabía por dónde tenía que empezar a aceptarme y me cuestionaba mucho por qué no podía relacionarme con las peronas y la típica pregunta "¿por qué chucha no tengo enamorado?"

Una tarde saliendo de dar clases tenía que hacer varias cosas y me sobraba mucho tiempo, entonces decidí empezar a caminar... caminé como media hora con mis audífonos, de ahí me dio hambre, entré a comer una hamburguesa, no tenía Internet así que, básicamente, no podía hacer otra cosa que estar conmigo misma. ¡Y no estuvo nada mal!

Al tiempo conocí a Renzo, él siempre me decía si no estoy bien conmigo, no voy a estar bien con nadie. Yo trataba de entenderlo pero me costaba, pensaba ¿por qué no quiere estar conmigo en sus momentos libres? ¿Qué hay de malo en mí? Hasta que me di cuenta que querer estar con uno mismo NO TIENE NADA DE MALO. 

Empecé a pensar mmmm... de repente no es taaaaan malo ser yo misma. Comencé a reirme de mis defectos, ¡me di cuenta que soy divertida! Me empezó a ir mejor en el trabajo, conocí a nuevas personas, empecé a socializar y me daba cuenta que cada vez sonreía más. Cada vez era más fácil todo y entendía lo que Renzo me decía y cuando dejé de ahogarme por las huevas, los dos empezamos a respirar y empezamos a crecer. 

Entonces llegó la prueba de oro; fui al cine sola. Estaba en el micro y simplemente dije bájate ahora mismo y anda al cine. Entré y en la boletería me dijeron "solo tenemos lugares de 1 porque está lleno" Sí está bien, vengo sola. Toooodo el mundo volteó a verme. La gente habrá pensado qué tal loser esta chica que viene sola al cine. Pero, ¿saben qué? Que me chupen un huevo. Yo entré feliz con mi cancha tamaño gigante para comérmela sola sin que nadie me quiteeeeeeee y disfruté como nunca de una pela de Disney, de las que me gustan, de las que me encantan. Sin que nadie me diga que por qué las veo o por qué elijo esas películas. Puta madre, fue la mejor cita.


Y así, aunque me digan que estoy loca, cada cierto tiempo disfruto de ir al cine sola, de salir a comer sola, al teatro sola, caminar, ir en auto o lo que sea... aprendí que estar conmigo y estar bien es lo más bonito del mundo. Me encantan mis momentos conmigo misma, hasta disfruto de estar en el micro con mis audífonos. Algunos me dicen que ya estoy tocando los límites de lo antisocial porque no me gusta convivir con otros jajajajaja pero ya pues, ¡qué chucha! Lo que importa es que ya me acepto, pero más importante es que ya sé que soy una chica de la puta madre. ❤

jueves, 15 de febrero de 2018

Esta vez le toca a mamá

La mayoría de mis aventuras son con mi papá, es más, por él nació el nombre de este blog; no suelo escribir mucho sobre mi mamá. Creo que hoy es una buena oportunidad para hacerlo. Les voy a contar de Juanita.

Cuando me preguntan cuál es el primer recuerdo que tengo de mi mamá siempre voy a responder: mis cumpleaños. Es por ella que yo amo tanto celebrar mi cumple, ese afán de querer hacer algo super bonito, de decorar, de la torta, los complementos, la planificación. ¡Ella es la causante! 

La preparación empezaba meses antes; ella iba guardando los conos de papel higiénico y los vasitos de yogurt Milkito. Como es una destroyer tejiendo, se ponía a armar fundas para los conos, que luego se convertían en curiosos cocodrilos y los vasitos tomaban la forma de perritos, conejos, ratones y gatitos. Yo la ayudaba a pegarle los ojos y las lenguas. Una vez listos los llenaba de golosinas y esas eran las sorpresas para los invitados. También hacía mini carteritas y las colgaba todas en una canasta de mimbre a la salida de la casa, para que al irse, los invitados se lleven una.

Algunos años fueron más ajustados que otros pero yo siempre tenía un vestido nuevo ese día. ¡Mi mamá me lo hacía! Obviamente estaba lleno de bobos y encajes, pero yo resaltaba, me lucía, era la princesa del cumpleaños. Con mis medias rojas cubanitas y mis zapatos de charol con correita. Con mis dos colas y mi cerquillo horrendo. La felicidad total a los 5 años.



Pero el tema no terminaba ahí; toda la comida que se servía era preparada en casa. La gente ya no se acuerda cómo era antes, ahora simplemente contratas un catering que compra Sublimes, les quita la envoltura y les pone una nueva con el nombre del critter y su personaje favorito. ¡No señores! Antes toda la familia se juntaba para preparar TODO. 

Se preparaba gelatina, mazamorra, arroz con leche, chicha morada -de verdad, no de sobre-, y a los adultos se les ofrecía comida: bien podía ser un escabeche, arrocito con pollo, ají de gallina o ravioles en salsa roja. Las únicas cosas que se compraban eran: Chizitos -que antes tenían tamaño decente-, arrocillo, marshmellows de colores, chupetes Picolines, canchita preparada en olla con aceite y galletitas Miami. ¡No había gaseosa! Todo lo preparabas o te ibas al Mercado Central a comprar todo a granel, al por mayor, sin miedo de pensar que podían venir con salmonela o con algún virusillo.

La torta también era preparada en casa y siempre de chocolate, ¡obvio! Lo típico era ponerle coco rallado encima, ése era un "upgrade", el toque de clase que diferenciaba tu torta de cualquier otra. Pero este cumpleaños fue distinto, entre mis hermanas mayores me prepararon una torta alucinante: era una casita hecha de dulces, ¡como la de Hanzel y Gretel CSM!



Mi mamá dirigía: tú la torta, tú la chicha, tú limpia aquí, tú pon los globos, tú decora... todo tenía que salir perfecto y así era, porque todo lo hacía mi mamá.

Mi mamá se aprendía las coreografías que pasaban en Yola para enseñármelas. Me llevaba a mis clases de natación, baskett y computación. Se la pasaba conmigo en los juegos, en la piscina del club, comíamos helado en La Vaca Jacinta y mientras ella regaba yo paseaba con mi bicicleta de esquina a esquina. Mi mamá siempre, siempre, estuvo ahí. Gracias, má.

domingo, 4 de febrero de 2018

La la land



No, no me creo Emma Stone ni tampoco me creo una artista de Hollywood. A lo mucho puedo llamarme cantante de ducha, escritora de crónicas divertidas, catadora profesional de pollo frito. Pero hoy, mientras miraba el techo de mi cuarto en plena oscuridad, solo acompañada del sonido del ventilador y los suspiros de mi perro al dormir abrazado de mi pierna, recordé una mini versión de La la land en mi vida, hace unos cuantos pero no tantos años.

Nos conocimos muchos años antes de esta historia, aunque nos veíamos poco nos hicimos muy buenos amigos, hasta llegamos a viajar juntos una vez. Nunca pasamos de un par de besos, siempre acompañados de un vaso de Whisky y buena música. Honestamente nunca nos vimos como "algo más"; éramos grandes amigos, disfrutábamos la compañía del otro, ambos extraños, ambos soñadores, ambos locos.

En cierto momento yo estaba bastante flaca -sí, créanlo, era flaca, iba al gym, IBA AL GYM- y decidí hacerme una sesión de fotos, como él era la única persona que conocía que estaba metida en todo este asunto pues le pedí que las tomara. Así comenzó todo...

Primero fueron las fotos, luego fue "hay que revisar las fotos", luego un "¿me recoges más tarde?" Sin darme cuenta pasaba, literal, todo mi día y todos mis días con él. Esto ya no era un tema de solo amigos. 

Creo que deberíamos empezar a salir. Esa frase me aterró, no por el hecho de salir con alguien sino porque no nos conocíamos bien. Como dije, las veces anteriores fueron efímeras, siempre salíamos solo a divertirnos, siempre tomando, siempre en joda, en tontería. Nunca hubo algo serio. Y en ese momento, nuestros tiempos juntos eran de diversión, de compañía. Yo no quería que realmente me conozca.

Él era el típico soñador, futuro director de cine, artista innato, con una imaginación y creatividad increíbles. Yo no tenía en claro qué hacer con mi vida, recién estaba empezando a cantar y él me ayudaba en todo lo que podía. Para mí él era perfecto y yo lo era para él. 

Una noche no podía más con mi vida, me sentía abrumada, exhausta, ansiosa y sola. Pensaba en cómo haría para resolver todos mis problemas, todas mis dudas existenciales y lo peor es que no tenía con quién hablar. ¿Cómo iba a contarle a él todos mis problemas? Se enteraría de quién realmente era; una chica depresiva, ansiosa, que llora de todo y que se hace un mundo de la nada. Ya no sería perfecta.

Aún así, tomé el teléfono y le dije para ir a su casa. Siempre con una sonrisa y un abrazo fuerte me recibía preguntándome ¿y, hoy qué vamos a hacer? No había nadie en casa, los vasos de whisky listos, hielo listo, dos ceniceros y dos encendedores. Nos sentamos en el suelo y me preguntó cómo estaba. Rompí en llanto y riéndome de mi desgracia le conté todo, punto por punto, detalle por detalle, prendiendo cigarro tras cigarro y tomando sorbos de mi vaso. 

En ese momento pensé, estoy segura que mañana que me calme me va a decir que mejor lo dejamos todo aquí no más. Él me miró todo el tiempo, en silencio, solo fumaba, bebía, me miraba, suspiraba y me seguía mirando. 

Cuando ya no había más lágrimas me dijo "tengo exactamente lo que necesitas". Se fue por un momento y cuando regresó, tenía una radio en la mano. La conectó y puso un CD. La verdad, no recuerdo qué CD era ni qué canción era ni quién cantaba, porque lo único que recuerdo era su sonrisa escondida en su cabello rizado dorado. 

Se puso a cantar y a bailar por toda la casa, interpretó cada palabra de esa canción, haciéndome reír como nunca antes. Tomó mi cigarro, lo apagó en el cenicero y extendió su mano hacia mí. Realmente parecía que estábamos en ese monte junto a la luna, donde el galán saca a bailar a la dama y aunque los dos no son bailarines, no se equivocan en ningún paso, flotan por el suelo al ritmo de la canción y ella, tras dar un giro y volver a sus brazos, cae rendida ante su encanto y recibe ese beso que borra todo problema que en algún momento la atormentó.

Y tal como la película, él terminó conociéndome y yo terminé conociéndolo. No funcionó. Cada uno siguió su vida, ya pasaron casi 10 años y hemos vuelto a ese punto del inicio; el de amigos que se ven, se adoran, se abrazan y ríen como locos. Claro que yo ya no soy flaca y ahora él tiene novio. Él es director y yo grabé algunas cuántas canciones. Supongo, que tal como Emma y Ryan, ambos influimos en la vida del otro, pero nuestras historias debieron crecer separadas, para que ahora cada uno tenga su propia historia de amor de película. Y creo que en eso los dos sí atinamos, porque ambos somos muy felices.

Ah, por cierto, la canción es Slowly de Luis Eduardo Auté, ¿creyeron de verdad que no me iba a acordar? Buenas noches, a soñar todos.



jueves, 14 de diciembre de 2017

¿Cuál es nuestro destino?

¡Tranquilos que no hay spoiler!

Nunca fui fan de Star Wars, lo que conocía sobre la película era lo básico: Luke, Leia, Chewie y Han Solo. Que unos eran Jedi y había un tipo de negro que era un chucha y era el papá de Luke. Que en algún momento los buenos vencieron y después sacaron los primeros episodios porque los primeros fueron los últimos y los últimos serían los del medio... ¡No entendía nada!

Cuando conocí a Renzo lo primero que me dijo fue "Soy Darth Vader"... ¡Ok! Me contó que era súper fanático, me mostró su máscara, sus polos, sus muñecos, los discos, los libros. Yo le dije que amaba Disney... Pero, aquí entra el poder del amor, que es tan grande que me hizo ver las 6 películas, en 2 días.

En mi papel de buena novia me aprendí los nombres, la historia, la cronología, el color de los sables, el significado de la fuerza y literal me obsesioné con Star Wars. Al principio era solo querer ser parte de un gusto loco, pero después, simplemente, se volvió todo.

Entonces, ¿qué eres? ¿Qué te dice tu fuerza?... ¿Eres Jedi o eres Sith? Miedo mi corazón sentía pero fuerte la fuerza conmigo estaba. Si mi novio era Darth Vader y yo soy princesa por naturaleza, mi respuesta se basaba en una nueva situación. Lógicamente tenía que ser la versión oscura de Amidala. Y así fue como decidí mi destino, nuestro destino... siempre seríamos del Imperio.

Mucha gente mete su cuchara y opina que somos unos imbéciles, que llevamos al extremo nuestro gusto por la película, que de repente yo solo sigo la onda por Renzo y no porque realmente me guste, que gastamos nuestra plata en huevadas... Hay gente que simplemente no entiende qué es tener un thing.

Hace un tiempo pasamos un mal momento donde no sabíamos exactamente qué hacer o hacia dónde íbamos. Tuvimos un desbalance en la fuerza. Entonces, cuando necesitas sabiduría, acudes a tu maestro lógicamente para que aclare tus dudas y tus pensamientos... En ese momento mi maestro fue un amigo muy cercano quien, dentro de su experiencia, trató de hacerme entender cosas que yo no veía y ayudarme a tomar una decisión. La verdad es que sentía que no me entendía al 100% pero mucho de lo que decía tenía sentido así que dejé entrar todos esos pensamientos en mí y sentí miedo, ira, venganza y decepción. Pero antes de irme con una decisión tomada, quise poner a prueba mi instinto, lo que yo sabía de mí, de mi relación y lo que yo sentía que sí tenía sentido.

¿Sabes qué es lo que más me da pena? Que si seguimos distintos caminos Star Wars ya no va a tener sentido para mí. Porque Star Wars es él, somos nosotros. Es lo que nos hace quienes somos, lo que nos define. Es nuestro thing.

Lo primero que me dijo fue Ay por favor, ni que no pudieras ver una pela de Star Wars de nuevo... Entendí entonces que yo tenía que confiar en lo que yo conocía, en mi experiencia y en lo que yo sabía de mi relación, ¡porque es mi relación! Los demás nunca sabrán lo que pasa entre dos personas, lo que hay entre ellos, lo que los une o define.

Cuando me encontré con él para decidir qué iba a pasar, antes de decir cualquier cosa, yo tenía que saber que él sentía igual que yo; sentir que el haberme conocido había definido una parte de su vida, había construido una historia y que, así como yo me sentía, su vida no sería igual sin mí... Y fue entonces cuando se sentó más cerca de mí y me dijo: Prométeme una cosa, no importa lo que pase hoy, lo que decidamos en este momento, prométeme con el pinky que vamos a ir juntos a ver Star Wars The Last Jedi... porque no puedo verla sin ti.

¡Me caso con él CSM! ¿Entienden ahora? Podrá ser una cojudez para muchos, pero esta peliculita huevona -como algunos la llaman- esta idea absurda de la fuerza y el lado oscuro y tu sable y tu navecita, ha sido una de las cosas más alucinantes que me ha podido pasar y soy tan feliz de tener a alguien con quien compartirlo. 

Así que anoche en el estreno mundial de The Last Jedi, nos emocionamos como la gran puta, lloramos, nos sorprendimos y nos quedamos conmocionados con el giro de la historia, con ganas de saber ya qué pasará en el siguiente episodio... ¿Cuál es nuestro destino? Simple: seguir creciendo juntos, seguir mejorando juntos. Seguir siendo uno con la fuerza y que la fuerza, por siempre, nos acompañe.


domingo, 10 de diciembre de 2017

Para verla cruzar el puente

Todos saben que soy llorona, es algo natural en mi existencia, es algo que, podemos decir, me define. Lloro en los conciertos, lloro en las celebraciones, lloro viendo videos de UPSOCL, lloro viendo películas... ¡Lloré viendo Matrix! Es obvio que tengo problemas... pero el viernes, honestamente, lloré del recuerdo.

Me animé a ir al cine con mi amiga Sara y como nunca decidimos ir a una función de la tarde. La película elegida: Coco. Ya sabíamos que es una película emotiva y que habla de la familia, la tradición y del amor de un niño por la música. Y yo me preguntaba, ¿qué tanto tiene que ver esta señora viejita llamada Coco en la película, si en ningún trailer se le toma como "lo principal"?

Tranquilos, no voy a spoilearlos si es que no la han visto. Tampoco quiero escribir para contarles la película, sino, qué chiste tiene. Quiero dedicarle esta crónica a la Coco de mi familia; mi abuela Lala.

He tenido la bendición de crecer junto a ella y definitivamente mi infancia -y la de mis hermanos- está marcada por la presencia de María Eulalia Santillán, una mujer piurana que se rebeló ante la sociedad y sus creencias, juntó sus chivas, sus moneditas, agarró a su hija, dejó a su esposo y se vino a Lima. ¡Estamos hablando de hace 70 años! Y que se levantó sola a criar una familia. Luego vino mi abuelo y juntos formaron los más bonitos recuerdos que puedo tener.

Cuando ya se puso muy malita, nos esperaba sentada en su sillón con una mantita. Yo metía la cabeza por la reja de su casa y ella me veía por la ventana y sonreía feliz porque habíamos llegado. La abrazaba, le preguntaba cómo estaba y nunca me decía que estaba mal, siempre tuvo el ánimo arriba y siempre pensó en cómo hacernos sentir bien en su casa.

El último día de la madre que pasamos juntas le regalé un cuadro con una foto nuestra. Sus ojos se llenaron de lágrimas y lo abrazó fuerte. Me miró, me tomó la mano y suspiró. Luego puso el cuadro en la cómoda, junto a todas las fotos que guardaba con tanto cariño y nos abrazamos. No había necesidad de decir algo.

Coco me hizo acordar la importancia de mantener los recuerdos de los que ya no están con nosotros. No conocía la verdadera historia del Día de los Muertos ni qué significaba colocar una foto en este tipo de altar con ofrendas. No sabía que por una noche, los muertos pueden cruzar un puente hacia nuestro mundo para acompañar a sus seres queridos. Honestamente, no sabía que podía extrañar tanto a mi abuela.

Estas son unas cortas líneas, solo para decirle, que la pienso, que la extraño y que siempre la recordaré así, como en esta foto... una foto que nunca sacaré, que nunca botaré, ni guardaré... una foto llena de esperanza, para verla cruzar el puente y sentirla siempre junto a mí. Recuérdame, Lala. Donde sea que estés.


Y si quieres llorar conmigo, escucha esta canción de la película: Recuérdame.

martes, 14 de noviembre de 2017

Te veo más tarde, ya regreso.

Llevábamos un tiempo hablando de tener un perro, no necesariamente uno de los dos, pero de tener "nuevos hijos". Él me propuso un chihuahua pero para mí, ¡no es un perro! Demasiado pequeños, demasiado delicados, demasiado chillones. Yo necesitaba un perro fuerte, cazador, aventurero, con elegancia y espíritu de pantera. Me moría por un rottweiler.

En mi casa teníamos una cocker cruzada con setter, negrita llamada Phoebe Anne, nuestra fiel compañera, una señorita que disfrutaba pasar las tardes echada en la cama de mi papá sirviendo de mesita de noche (mi papá le ponía el control remoto en el lomo, ¡y ella no se movía para nada!) Tocaba la puerta para salir, se sentaba cruzando las patitas... era simplemente hermosa. Necesitaba un amigo y yo no lograba convencer a mis papás de llevar un nuevo perro.

Un buen día Brian se apareció con el chihuahua. Su nombre es Che y es argentino, viteh. Yo dije, un hijo nuevo, jugaré con él todo el tiempo, lo amaré con todo mi ser, seremos los mejores amigos y viviremos mil y un aventuras... El perro simplemente me odiaba, desde que me vio se escondió debajo de la cama y no paraba de ladrar, al extremo que me tuve que ir de la casa para que el pequeño Che saliera de su escondite y se callara. Han pasado más de 10 años y me sigue odiando.

Entonces, la situación me pareció completamente injusta. Phoebe ya había pasado su etapa juguetona, si bien era mi compañera, yo quería un pequeñito que también disfrutara jugar conmigo, además de darme nuevos bebés. Ese día convencí a Brian de ir por un nuevo perro.

Yo no tenía ni un puto sol, así que bajo la sabia utilización de mis encantos convencí a Brian de prestarme la plata para comprar el perro. Nos fuimos a la tienda y no podía esperar las horas para tener a mi rottweiler conmigo. La verdad no me importaba si mis papás me decían que no, es que claro, mi casa no es tan grande como para un perrote que necesita espacio para correr y destruir, mi Phoebe era enana, ¡cómo los iba a cruzar! No había planeado nada pero no me importaba, mi perro macho alfa lomo plateado cazador de venados estaba esperando por mí.

No tenemos rottweilers señorita. Así me recibieron en la veterinaria. ¿Y ahora? ¿Qué se suponía que iba a hacer? Los que me conocen saben que si algo se me metió en la cabeza no paro hasta conseguirlo, si yo tenía ya planeado comprar un perro ese día, LO IBA A COMPRAR. Brian me dijo que busque otras opciones, además que un rott me salía carísimo y él no tenía tanta plata para prestarme (ni yo para devolverle) así que empecé a ver a los perros... mismo mercado, viéndolos, eligiendo, comparando, mirando precios.

De pronto nuestros ojos se cruzaron; era una cosa gorda llena de pelo con unas orejas increíbles negras y patas blancas. Tenía la mirada triste y la cabeza hacia abajo, arrinconado en su cajón como una persona que, además de sentirse sola, todos la han rechazado. Hola, perrito. ¿Cómo estás? Parecía que alguien había encendido el switch y su cola empezó a moverse de manera histérica; el perro literal saltó a mí. Fue amor a primera vista.

Milko era el nombre de mi nuevo hijo, un cocker americano gorrrrrrdo, color vaca y lleno de pelo. Desde el momento en que tocó mis brazos supe que sería amor por siempre. Me besó, me mordió la nariz, la manga de la blusa, su ropa nueva, la correa, la cartilla de vacunas... puta madre mordió todo lo que había en el mostrador, hasta la boleta de su compra. La mejor compra que hice.

Mis papás casi se desmayan cuando llegué con el bebe, sobre todo cuando al día siguiente le dije a mi mamá me voy a trabajar acá te quedas con la criatura. Destruyó la sala, mis zapatos, meó toda la alfombra del comedor, rompió todo lo que había a su paso y cada vez crecía y comía más. Era definitivamente un Yataco.

Los años pasaron, Phoebe y él se convirtieron en padres dos veces. De la primera camada nos quedamos con Blondie Marie (totalmente blanca y con orejas rubias) y de la segunda nos quedamos con Junior (más conocido en mis historias como "Perro Tonto"). Phoebe se sentaba en la escalera de la lavandería, cruzaba sus patas y tomaba sol. Abajo, Milko mordía una botella de plástico por el pico y corría de un lado a otro con sus cachorros, ¡les enseñaba a jugar! Adoraban correr por todo el patio con sus botellitas de plástico en la boca. Un padre ejemplar, obviamente supervisado por la madre ejemplar, que luego los llamaba para comer y limpiarlos.

Phoebe nos dejó y al poco tiempo llegó Axel. Se convirtió en el mejor amigo de Milko, le encantaba dormir sobre su cuerpo gordo y peludo y morderle las orejas hasta hartarlo. Blondie creció y se hizo pareja con Junior, por lo que tuvimos que separar a los machos para evitar peleas territoriales y amorosas.

Milko enfermó, empezó a tener problemas del hígado. A la par, Blondie también estaba enferma, tenía un tumor y a pesar de la operación y los cuidados de mis papás no se curaba, la diabetes que tenía por ser gorda no le permitía cicatrizar la herida. No entendíamos cómo de pronto dos de nuestros perros estaban tan enfermos y no mejoraban... ya sabíamos lo que un día iba a pasar.

Morena, los perros ya no dan más, por favor llama a tu amiga y dile que estamos en camino. Llamé a la prima de una amiga que es veterinaria y tiene un hospedaje de perritos en Pachacamac. Nos dio la opción de poder llevarlos ahí, despedirnos y ahí mismo enterrarlos. Mi mamá no quería cremarlos y era imposible que caváramos en el jardín. No quedaba otra que llevar a los bebes a un mejor lugar.

El viaje se hizo eterno, los dos estaban en sus jaulitas completamente alterados y nerviosos, no se calmaban con nada. Cuando llegamos les pusimos las correas y no sabía qué hacer, qué esperar, cómo sería el proceso.

Nunca he conocido a alguien tan humano, Sonia nos explicó que los perros se alteran por no conocer el lugar así que nos llevó a conocer todo el hospedaje para que los bebes se relajen. Caminamos, vieron a otros perritos, corrieron un poco y de pronto estaban tranquilos, calmados y hasta sonrientes. El momento había llegado.

Nos sentamos en unas banquitas y yo los sostuve para que les pusieran la primera inyección, un calmante para que puedan dormirse. Nos explicaron que se iban a marear y de repente vomitarían, a causa del mareo. Milko vomitó un hot dog. Papá, ¿por qué Milko ha vomitado un hot dog? Es que le di un premio, para despedirlo de la casa y por haber sido un gran perro...

Todos rompimos en llanto. Los dos estaban echados en la tierra ya dormidos. Mis papás se despidieron y se fueron al carro a esperarme, no podían ver lo que iba a pasar. Tomé a mi Blondie en los brazos y le aplicaron la inyección, se quedó quietita y la acomodé nuevamente en el suelo con su juguete. Luego me acerqué a mi hijo y puse su cabeza en mis piernas, estaba bien flaco, se bajó muchísimo de peso y su semblante no era el mismo. Me acerqué a su orejita y le dije lo que siempre le decía cuando me iba y lo dejaba detrás de la reja: te veo más tarde perrito, ya regreso. Sonia le puso la inyección, mi gordo dio un intenso suspiro y se fue.

Ya no trajimos más perros, nos quedamos con Junior y Axel que se odian... luego gemelo malvado llegó con dos perros pero lógicamente no son bienvenidos por mí... Ningún perro se podría comparar a mi gordo, ni a mi rubilinda. Nos quedan los mejores recuerdos, las mejores aventuras y travesuras que alguien puede tener.

Hoy Facebook me recuerda este Halloween del 2010, cuando mi gordo se disfrazó de diablo y asustó a todos los niños del condominio. Te extraño un montón perrito, ya nos veremos pronto para jugar con una botella de plástico.